Después del incidente del correo, era evidente que necesitaba una explicación.
No una explicación lógica.
Una explicación convincente.
La diferencia es importante.
Ricardo volvió a acercarse a mi escritorio esa tarde, con la calma sospechosa de alguien que todavía estaba pensando en mi “informe”.
—Alessandra —dijo—. Tengo una pregunta.
—Temía que dijeras eso.
—Sobre tu correo.
—Error técnico.
—Lo mencionaste tres veces hoy.
—Porque fue muy técnico.
Ricardo apoyó una mano en mi escritorio.
—En el correo analizabas miradas, gestos, tensión emocional…
—Observaciones generales.
—Y también sugerías escenarios románticos posibles.
Respiré profundo.
Era el momento.
—Ricardo… ¿alguna vez has estudiado comportamiento humano?
Él parpadeó.
—No.
—Yo sí.
Marta levantó la cabeza lentamente.
—¿Cuándo? —susurró.
Ignoré completamente esa interrupción innecesaria.
—Desde hace años —continué con seguridad—. Me interesa cómo interactúan las personas en ambientes laborales.
Ricardo frunció ligeramente el ceño.
—¿Estás diciendo que esto es… investigación?
—Exactamente.
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
—¿Investigación de qué?
Sonreí con serenidad académica.
—Dinámicas sociales.
Marta dejó caer la cabeza sobre su escritorio.
Ricardo me observó unos segundos más.
Luego, sorprendentemente, asintió.
—Interesante.
Parpadeé.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia su oficina.
Antes de entrar, se detuvo.
—Aunque tengo otra teoría.
—¿Ah sí?
Ricardo sonrió ligeramente.
—Creo que solo te gusta meterte en la vida amorosa de la gente.
Silencio.
No respondí.
Él entró en su oficina.
Marta levantó la cabeza.
—Eso fue la defensa más ridícula que he escuchado.
Suspiré.
—Pero funcionó.
Marta me miró.
—¿Funcionó?
Me recosté en mi silla.
Porque si algo había aprendido en años de observar relaciones humanas…
es que una explicación absurda, cuando se dice con suficiente confianza…
puede sonar sorprendentemente convincente.
Editado: 18.03.2026