Hay tensiones que entiendo perfectamente.
Las miradas largas.
Los silencios incómodos.
Los roces “accidentales”.
He pasado años estudiando ese tipo de cosas.
Pero la tensión que había empezado a surgir entre Ricardo y yo…
esa no la entendía.
Y eso era profundamente molesto.
Aquella mañana estaba organizando unos documentos cuando sentí su presencia frente a mi escritorio.
Levanté la mirada.
Ricardo.
Otra vez.
—Buenos días, Alessandra.
—Buenos días.
Silencio.
Él no se iba.
Solo estaba ahí… observándome.
—¿Necesitas algo? —pregunté finalmente.
—Tal vez.
—Eso suena ambiguo.
Ricardo sonrió un poco.
—Estaba pensando en tu teoría.
—¿Cuál de todas?
—La de las miradas.
Me quedé quieta.
—No es una teoría oficial.
—Pero existe.
Apoyó una mano en el escritorio.
—¿Cuántos segundos eran?
—Tres.
—Interesante.
Entonces me miró directamente.
No de forma casual.
No de forma breve.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Parpadeé.
—Eso ya es incómodo —dije.
Ricardo soltó una pequeña risa.
—Pensé que era científico.
—Lo es… cuando otras personas lo hacen.
—¿Y cuando lo hago yo?
Abrí la boca.
La cerré.
Porque por primera vez en semanas…
no tenía una respuesta lista.
Marta observaba la escena desde su escritorio con una sonrisa peligrosa.
Ricardo se enderezó.
—Solo quería comprobar algo.
—¿Qué cosa?
Se inclinó un poco hacia mí.
—Tu reacción.
Luego se dio la vuelta y caminó hacia su oficina.
Marta se acercó lentamente.
—Bueno.
—No digas nada.
—Cupido…
Suspiré.
—No.
—Cupido está confundida.
Porque después de semanas analizando las emociones de todos en la oficina…
había una tensión nueva en el aire.
Y por primera vez…
yo no era capaz de explicarla.
Editado: 18.03.2026