Uno de los riesgos de intervenir en el destino romántico de otras personas…
es que a veces el resultado es exactamente el opuesto al esperado.
Ese parecía ser el caso de Claudia y Ricardo.
Donde antes había miradas de tres segundos, ahora había silencios de cero.
Donde antes había sonrisas incómodas, ahora había… frialdad absoluta.
Esa mañana coincidieron en la sala de reuniones.
Yo estaba sentada al fondo, observando con atención científica.
Ricardo entró primero.
Claudia llegó treinta segundos después.
Sus ojos se cruzaron.
Un segundo.
Dos.
Y luego Claudia giró la cabeza como si hubiera visto un fantasma.
Ricardo suspiró y se sentó lo más lejos posible.
—Esto no es bueno —murmuré.
—Esto es exactamente lo que te advertí —respondió Marta desde mi lado.
La reunión comenzó.
El jefe hablaba sobre números, reportes y fechas límite, pero yo estaba concentrada en algo mucho más importante: la dinámica emocional de la mesa.
Claudia evitaba mirar a Ricardo.
Ricardo fingía revisar documentos.
La tensión era tan visible que incluso dos compañeros comenzaron a mirarlos con curiosidad.
—Antes había química —susurré—. Ahora hay hostilidad.
—Progreso inverso —dijo Marta.
—No puede terminar así.
—Tal vez sí.
Sacudí la cabeza.
Porque en mi experiencia, cuando dos personas pasan tan rápido del interés al enojo…
eso no significa que se odian.
Significa algo mucho más peligroso.
Significa que les importa demasiado.
Ricardo dijo algo durante la reunión.
Claudia respondió de forma seca.
Los dos se miraron otra vez.
Esta vez la mirada duró un segundo más de lo necesario.
Sonreí ligeramente.
Marta me miró con cansancio.
—No me digas que ves algo positivo.
—Claro que sí.
—¿Qué cosa?
Apoyé el codo en la mesa.
—Las personas que realmente se odian… no se miran tanto.
Marta suspiró.
—Algún día vas a causar un desastre romántico irreparable.
Sonreí.
Porque, honestamente…
ese día todavía no había llegado.
Editado: 18.03.2026