Hay algo más inquietante que un abogado haciendo preguntas.
Un abogado que deja de hacerlas.
Eso fue exactamente lo que pasó con Ricardo.
Durante toda la semana… silencio.
No comentarios irónicos.
No observaciones sobre mis teorías.
Ni siquiera miradas de análisis incómodo.
Nada.
Y eso era profundamente sospechoso.
—Marta —susurré mientras organizaba unos archivos—. Algo está mal.
—¿Qué cosa?
—Ricardo ya no me observa.
Marta levantó una ceja.
—¿Te estás quejando?
—No.
—Suena como que sí.
Me incliné un poco hacia su escritorio.
—Antes analizaba todo lo que hacía. Ahora… nada.
Marta miró hacia el otro lado de la oficina.
Ricardo estaba sentado en su escritorio, concentrado en su computadora.
Demasiado concentrado.
—Tal vez decidió ignorarte —dijo ella.
—Los abogados no ignoran cosas que les interesan.
—Tal vez ya no le interesas.
—No lo creo.
En ese momento, Ricardo levantó la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Solo un segundo.
Luego volvió a su pantalla.
Fruncí el ceño.
—Eso fue extraño.
—¿Qué cosa?
—Antes hubiera sostenido la mirada.
Marta suspiró.
—Tal vez aprendió tu técnica.
Me quedé pensando en eso.
Porque algo en ese silencio no era casual.
Era estratégico.
Era el tipo de silencio que alguien usa cuando está pensando demasiado.
—Marta…
—No.
—Creo que Ricardo está planeando algo.
—O tal vez solo está trabajando.
Negué con la cabeza.
Porque después de semanas observando a todos en esa oficina…
había aprendido algo importante.
Las personas que están tramando algo…
siempre parecen demasiado tranquilas.
Editado: 18.03.2026