Las coincidencias existen.
Pero cuando empiezan a repetirse demasiadas veces… dejan de ser coincidencias.
Esa mañana fui a la máquina de café.
Ricardo estaba ahí.
Coincidencia número uno.
—Buenos días, Alessandra —dijo con naturalidad.
—Buenos días.
Tomé mi taza, intentando parecer completamente casual.
Luego fui a la sala de archivos.
Ricardo entró treinta segundos después.
Coincidencia número dos.
—Vaya —comentó—. Parece que tenemos el mismo horario.
Sonreí con educación.
Pero mi cerebro ya estaba trabajando.
Cuando regresé a mi escritorio… lo vi pasar otra vez por el pasillo.
Coincidencia número tres.
—Marta —susurré—. Esto ya no es normal.
—¿Qué pasó ahora?
—Ricardo aparece en todos lados.
Marta miró hacia el pasillo.
—Trabaja aquí.
—No así.
—¿Cómo así?
—Como si estuviera… calculando mis movimientos.
En ese momento, levanté la mirada.
Y ahí estaba él.
Otra vez.
Apoyado en la pared, con una expresión tranquila.
—Cuarta coincidencia —murmuré.
Ricardo se acercó lentamente.
—Creo que tenemos un problema, Alessandra.
—¿Ah sí?
—Seguimos encontrándonos.
Incliné la cabeza.
—Las coincidencias pasan.
Él sonrió un poco.
—No tantas.
Silencio breve.
—¿Estás insinuando algo? —pregunté.
—Todavía no.
—¿Todavía?
Ricardo se encogió ligeramente de hombros.
—Pero estoy observando un patrón interesante.
Mi corazón hizo algo extraño en ese momento.
—¿Qué patrón?
Se inclinó un poco hacia mí.
—Que tú observas a todo el mundo…
pero no te gusta cuando alguien te observa a ti.
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
Luego sonrió otra vez y siguió caminando.
Marta apareció a mi lado.
—Bueno.
Suspiré.
—Esto es nuevo.
—¿Qué cosa?
—Creo que alguien está usando mis propias técnicas contra mí.
Y debo admitir algo inquietante:
Lo estaba haciendo… muy bien.
Editado: 18.03.2026