Hasta ese momento, yo era la observadora.
La que leía las miradas, interpretaba los gestos, calculaba la tensión emocional.
Pero algo había cambiado… y no podía ignorarlo.
Ese día, mientras revisaba unos documentos en mi escritorio, sentí una presencia detrás de mí.
No era Claudia. No era Marta.
Era Ricardo.
—Hola, Alessandra —dijo con esa calma que ahora me resultaba un poco peligrosa.
—Hola —respondí, tratando de mantener la compostura.
Y entonces lo noté: no solo estaba saludando.
Me estaba observando.
Cada movimiento mío. Cada leve sonrisa. Cada gesto inconsciente.
No como un amigo curioso, sino como alguien que intentaba descifrar un patrón.
—Marta —susurré—. Creo que estoy siendo estudiada.
Ella levantó una ceja sin mirar.
—¿Te estás preocupando demasiado?
—No es preocupación —dije—. Es fascinación. Y un poco aterrador.
Ricardo inclinó ligeramente la cabeza, cruzando los brazos.
—Interesante —comentó—. Siempre me pregunto cómo alguien puede ver tanto sin ser visto.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Bueno… —balbuceé—. Eso es lo que hago.
—Claro —dijo—. Lo veo ahora, en acción.
Y ahí estaba, parado frente a mí, sin apartar la mirada.
Sin comentarios irónicos. Sin distracciones. Solo observándome.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí lo que sentían mis “sujetos de estudio”:
expuestos, medidos, evaluados.
Marta me dio un codazo leve y susurró:
—Cupido… parece que alguien está usando tu propio juego en tu contra.
Suspiré y me recosté en la silla.
Porque había una verdad clara que no podía negar:
ser observada es mucho más desconcertante que observar.
Editado: 18.03.2026