Nunca había subestimado a mi hija.
Hasta ese momento.
Estaba revisando notas sobre Claudia y Ricardo cuando escuché su risa detrás de mí.
—Mamá —dijo con una sonrisa traviesa—. Esto es mejor que cualquier serie que vea en la tele.
—¿Qué es mejor? —pregunté, medio preocupada.
—Todo esto que haces con la oficina —respondió, señalando mis notas y los diagramas de miradas, roces y tensión emocional.
Marta, que estaba cerca, se inclinó y susurró:
—Tu hija tiene talento para esto.
—No es talento —contesté—. Es observación. Y disciplina.
Mi hija se sentó frente a mí y cruzó los brazos.
—Mamá, deberías grabar todo. Esto es demasiado divertido.
—Divertido… para ti —dije, medio riendo, medio nerviosa—. Para mí es investigación científica.
—Claro, claro —dijo ella—. Investigación científica con romance de oficina.
Mientras tomaba notas, levantó la vista hacia mí y agregó:
—No entiendo cómo tú puedes estar tan tranquila mientras todos se ven tan incómodos.
—Porque alguien tiene que mantener la calma —respondí—.
Ella sonrió.
—Yo creo que disfruto viendo cómo les funciona el “destino” que estás manipulando.
Suspiré, divertida y resignada.
—Bueno… sí, probablemente lo disfrutes demasiado.
—Demasiado —repitió, con los ojos brillando—. Y no me importa.
En ese momento, entendí algo importante:
aunque mis experimentos emocionales fueran complicados…
al menos alguien en mi vida disfrutaba cada caos, cada roce, cada mirada… y eso hacía que todo valiera la pena.
Editado: 18.03.2026