Durante semanas, mi teoría del destino había funcionado casi a la perfección.
Cada mirada, cada roce, cada comentario estratégico encajaba en su lugar.
Todo parecía una coreografía invisible que yo dirigía con precisión.
Pero ese día… algo cambió.
Claudia y Ricardo coincidieron en la sala de reuniones.
Sus ojos se cruzaron.
Y… nada.
Ninguna chispa. Ninguna tensión. Ninguna reacción inesperada.
—Marta —susurré, con una mezcla de incredulidad y preocupación—. Esto no debería estar pasando.
—¿Qué no debería estar pasando? —preguntó ella, mirando por encima de su computadora.
—Mi teoría del destino… empieza a fallar.
Cada intervención que había planeado parecía producir efectos contrarios.
Los mensajes estratégicos que deberían haberlos acercado los mantenían en silencio.
Los roces “accidentales” que antes provocaban sonrisas ahora solo generaban miradas frías.
—Tal vez —dijo Marta lentamente—. Esto significa que no siempre puedes controlar todo.
Suspiré.
—Sí… pero el destino también necesita algo de guía.
Mientras Claudia y Ricardo se sentaban en extremos opuestos de la mesa, parecía que el universo mismo se estaba rebelando.
Incluso el nuevo abogado, silencioso como siempre, me miraba con esa calma calculadora que hacía que todo fuera más difícil.
Me recosté en la silla.
—Creo que mi experimento más grande… está fallando.
Marta se inclinó hacia mí.
—O tal vez solo está enseñándote que incluso Cupido tiene límites.
Asentí lentamente.
Porque, después de todo…
cuando la teoría del destino empieza a fallar, solo queda improvisar y esperar lo inesperado.
Editado: 18.03.2026