Hay conversaciones privadas.
Hay conversaciones incómodas.
Y luego están las conversaciones que se vuelven públicas sin querer.
Ese miércoles estaba en la pequeña sala de descanso con Marta.
Era uno de esos momentos en los que el cerebro necesita café… y quejarse un poco.
—Esto se salió completamente de control —murmuré.
—Te lo advertí desde el capítulo diez —dijo Marta tranquilamente.
—No pensé que toda la oficina empezaría a llamarme Cupido.
—Porque básicamente lo eres.
Suspiré.
—Solo trato de ayudar a que las personas se den cuenta de lo que sienten.
—Manipulando situaciones.
—Guiando el destino.
—Empujándolo un poquito.
Tomé un sorbo de café.
—Marta, mis intervenciones son mínimas.
—¿Mínimas?
—Solo creo oportunidades.
—Y envías correos analizando miradas.
—Error técnico.
Marta empezó a reír.
—Admite algo, Alessandra.
—¿Qué cosa?
—Te encanta hacerlo.
Me quedé en silencio un segundo.
—Tal vez.
—Sabía que lo dirías.
Entonces una voz apareció detrás de nosotras.
—Eso explica muchas cosas.
Mi corazón se detuvo.
Marta y yo giramos lentamente.
Ricardo estaba apoyado en la puerta.
Con los brazos cruzados.
Y una sonrisa peligrosa.
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
—¿Cuánto escuchaste? —pregunté con calma falsa.
Ricardo levantó una ceja.
—Lo suficiente.
Marta me miró como diciendo: buena suerte.
Ricardo dio un paso dentro de la sala.
—Así que… creas oportunidades.
—No exactamente.
—Empujas el destino.
—Esa fue una mala elección de palabras.
—¿Y analizas las relaciones de la oficina?
Respiré profundo.
—Eso fue sarcasmo.
Ricardo me observó unos segundos más.
Luego sonrió.
—Interesante.
—¿Qué es interesante?
—Que finalmente confirmaste mi teoría.
Sentí un pequeño desastre emocional en proceso.
—¿Qué teoría?
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Que tú eres la razón por la que medio departamento está enamorado.
Silencio total.
Marta estaba disfrutando demasiado.
Ricardo se dio la vuelta para salir.
Pero antes de irse dijo algo que me dejó completamente expuesta.
—No te preocupes, Alessandra.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Tu secreto está a salvo conmigo.
Pausa.
—Por ahora.
La puerta se cerró.
Marta me miró.
—Bueno.
Suspiré profundamente.
Porque ahora había un nuevo problema en mi vida.
Uno muy grande.
Ricardo sabía exactamente lo que hacía.
Editado: 18.03.2026