Cuando una persona es descubierta haciendo algo cuestionable, tiene tres opciones:
Negarlo.
Escapar.
O intentar justificar lo injustificable.
Yo elegí la tercera.
Lo cual, en retrospectiva, fue una decisión… cuestionable.
Esa tarde Ricardo apareció otra vez frente a mi escritorio.
Con la misma calma sospechosa de alguien que disfruta demasiado tener razón.
—Alessandra.
—Ricardo.
—Necesitamos hablar.
—Esa frase nunca trae buenas noticias.
Él señaló la pequeña sala de reuniones.
—Cinco minutos.
Suspiré.
—Esto se siente como un interrogatorio.
—No exactamente.
Caminamos hacia la sala.
Marta levantó la mirada desde su escritorio con una sonrisa que decía: esto va a ser interesante.
La puerta se cerró.
Ricardo se apoyó en la mesa.
—Entonces —dijo—. Hablemos de tu… sistema.
—No tengo un sistema.
—Claro que sí.
—Solo observo.
—Y luego intervienes.
Respiré profundo.
—No intervengo.
—Creas situaciones.
—Casualmente.
—Envías correos analizando miradas.
—Error técnico.
Ricardo sonrió.
—Ese “error técnico” fue muy revelador.
Crucé los brazos.
—Mira, yo solo trato de ayudar un poco.
—¿Ayudar?
—Sí.
—Manipulando circunstancias.
—Facilitando conversaciones.
—Empujando personas.
—Guiando el destino.
Ricardo levantó una ceja.
—¿Guiando el destino?
Me di cuenta demasiado tarde de lo que había dicho.
Suspiré.
—Eso sonó peor de lo que pretendía.
Ricardo soltó una pequeña risa.
—Mucho peor.
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
Luego me miró con curiosidad real.
—¿Por qué lo haces?
Esa pregunta era más difícil.
—Porque… —empecé— algunas personas no se dan cuenta de lo que sienten.
—¿Y tú sí?
—A veces.
—¿Siempre?
Negué con la cabeza.
—No.
Ricardo me observó unos segundos.
Luego dijo algo inesperado.
—Sabes que esto es completamente injustificable, ¿verdad?
Asentí.
—Sí.
—Pero también es… interesante.
Parpadeé.
—¿Interesante?
—Sí.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Porque ahora quiero saber algo.
—¿Qué cosa?
Sonrió.
—Si Cupido es tan buena emparejando a todos…
Pausa.
—¿Por qué todavía está sola?
Mi cerebro se quedó completamente en blanco.
Ricardo se enderezó.
—Piénsalo.
Y salió de la sala.
Me quedé ahí un momento.
Marta abrió la puerta lentamente.
—Bueno.
Suspiré.
—Creo que acabo de perder el control de esta conversación.
Marta sonrió.
—No.
—¿No?
—Creo que acabas de entrar en tu propia historia romántica.
Y honestamente…
no estaba segura de estar preparada para eso.
Editado: 18.03.2026