Después de esa conversación con Ricardo, decidí algo muy importante:
Mantener distancia.
Distancia emocional.
Distancia estratégica.
Distancia… visual, si era posible.
Duré exactamente… veinte minutos.
Porque a las 10:43 de la mañana, me encontré con él en la máquina de café.
Otra vez.
—Esto ya parece intencional —murmuré.
—¿El café? —preguntó Ricardo, sirviéndose con total calma.
—Las coincidencias.
Él sonrió ligeramente.
—Ya hablamos de eso.
Suspiré.
—Claro.
Intenté concentrarme en mi taza, en el azúcar, en cualquier cosa que no fuera él.
Pero entonces pasó algo completamente inesperado.
Se me cayó la cucharita.
Un pequeño desastre.
Nada grave.
Excepto que en mi intento de recogerla, choqué ligeramente con la mesa… y casi derramo el café.
Perfecto.
Elegante.
Digno de una observadora profesional.
—Esto no está pasando —murmuré.
Y entonces lo escuché.
Ricardo… se rió.
Pero no una risa discreta.
No una sonrisa contenida.
No.
Una risa real.
Espontánea.
Sincera.
Me quedé congelada.
Levanté la mirada lentamente.
—¿Te estás riendo de mí?
Él trató de recuperar la compostura.
—Un poco.
—¿Un poco?
—Está bien… bastante.
Crucé los brazos.
—Qué profesional.
Ricardo negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Perdón.
—No lo parece.
Silencio.
Pero algo había cambiado.
Porque esa risa no tenía análisis.
No tenía estrategia.
No tenía intención oculta.
Era… natural.
Y eso, por alguna razón, me desconcertó más que cualquier mirada de tres segundos.
—Marta no puede enterarse de esto —dije.
—¿De qué?
—De que acabo de hacer el ridículo frente a ti.
Ricardo sonrió otra vez.
—Creo que eso ya es información pública.
Suspiré.
Pero no pude evitar una pequeña sonrisa.
Porque, por primera vez en todo este caos…
algo no fue planeado.
No fue calculado.
Y aun así…
no salió mal.
Editado: 18.03.2026