Después del incidente de la risa, algo cambió.
No de forma dramática.
No como en mis “intervenciones estratégicas”.
Fue más sutil.
Más… real.
Esa misma mañana, cuando ya estaba de regreso en mi escritorio intentando recuperar mi dignidad, Ricardo apareció otra vez.
—Alessandra.
Cerré los ojos un segundo.
—Esto ya es un patrón confirmado.
—Probablemente.
Levanté la mirada.
—¿Ahora qué?
Ricardo levantó ligeramente su taza de café.
—Paz temporal.
Parpadeé.
—¿Paz?
—Sí.
Señaló la silla frente a mi escritorio.
—Cinco minutos. Sin análisis. Sin teorías. Sin intervención del destino.
Lo miré con sospecha.
—Eso suena… sospechoso.
—Lo sé.
—¿Y qué ganas tú con eso?
Ricardo se encogió de hombros.
—Ver qué pasa cuando no estás controlando nada.
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
—Eso es un experimento —dije.
—Exacto.
Suspiré.
—No me gusta cuando otros hacen experimentos.
—Bienvenida a mi mundo.
No pude evitar una pequeña sonrisa.
—Cinco minutos —acepté.
Nos sentamos.
Sin tensión.
Sin estrategias.
Sin que yo analizara cada movimiento… o al menos, lo intenté.
—Entonces —dijo Ricardo—. ¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Intensa.
—Soy detallista.
—Eso suena mejor.
Tomé un sorbo de café.
—¿Y tú siempre observas tanto?
—Solo cuando algo me interesa.
Esa respuesta…
no ayudó.
En absoluto.
Bajé la mirada a mi taza.
—Esto ya se está desviando del acuerdo.
—Tal vez.
Silencio.
Pero no era incómodo.
Era diferente.
Más ligero.
Más… humano.
Marta pasó por detrás de nosotros, nos miró, y siguió caminando con una sonrisa que claramente iba a convertirse en problema después.
—No mires a Marta —dije.
—Demasiado tarde.
Suspiré.
Pero algo dentro de mí se relajó.
Porque por primera vez desde que todo empezó…
no estaba tratando de arreglar a nadie.
No estaba empujando el destino.
No estaba analizando señales.
Solo estaba… ahí.
Tomando café.
Hablando.
Y, de alguna forma inesperada…
eso cambió completamente el tono de todo.
Editado: 18.03.2026