Después del “incidente Claudia”, tomé una decisión muy clara:
Un último emparejamiento.
Solo uno.
Para demostrar (principalmente a mí misma) que todavía tenía el control.
Que esto no se me había salido de las manos.
Que Alessandra seguía siendo… Alessandra.
Error.
Grave error.
—¿A quién vas a arruinar ahora? —preguntó Marta.
—No voy a arruinar a nadie.
—Ajá.
—Es un caso sencillo.
—Eso dices siempre.
Señalé discretamente a dos personas en la oficina.
—Míralos.
—No veo nada.
—Exacto.
—¿Y eso es bueno?
—Perfecto. No hay drama, no hay tensión, no hay historia complicada.
Marta frunció el ceño.
—Eso suena… aburrido.
—Eso suena seguro.
Y ahí estuvo mi segundo error.
Porque lo que es seguro… rara vez es interesante.
Activé el plan.
Pequeños empujones.
Conversaciones “casuales”.
Coincidencias cuidadosamente diseñadas.
Nada agresivo.
Nada sospechoso.
Nada… extremo.
O eso creía.
Porque a las 3:15 de la tarde, todo explotó.
Literalmente.
—¡Yo nunca dije eso! —gritó ella.
—¡Claro que lo dijiste! —respondió él.
—¡Eso fue un mensaje fuera de contexto!
—¡Fue un mensaje reenviado!
Silencio en toda la oficina.
Marta giró lentamente hacia mí.
—¿Qué hiciste?
—No fue mi intención.
—¿Reenviaste algo?
—Tal vez.
—Alessandra…
—Fue un pequeño ajuste estratégico.
—Eso no es pequeño.
—Se suponía que aclarara sentimientos.
—Bueno, los aclaró.
Miré la escena.
Ellos no se estaban acercando.
Se estaban… destruyendo.
—Ok —murmuré—. Esto no es ideal.
—¿No es ideal? —Marta cruzó los brazos—. Acabas de crear una ruptura antes de una relación.
Suspiré.
—Eso es… nuevo.
En ese momento, Ricardo apareció a mi lado.
—¿Intervención en progreso? —preguntó con calma.
—No.
—¿Intervención fallida?
—Tal vez.
Miró la escena unos segundos.
—Impresionante.
—No en el buen sentido.
—No —confirmó—. Definitivamente no.
Silencio.
Luego dijo algo que me golpeó más de lo esperado.
—¿Ves por qué no todo necesita ser empujado?
Bajé la mirada.
—Sí.
—¿Y por qué algunas cosas funcionan mejor sin intervención?
Asentí suavemente.
—Sí.
Ricardo me observó.
No con juicio.
No con burla.
Solo… con esa calma que empezaba a desarmarme.
—Entonces tal vez este era necesario.
—¿Un desastre?
—Una lección.
Suspiré.
Porque tenía razón.
Otra vez.
Y eso era peligrosamente frecuente.
Miré la oficina.
El caos.
Las miradas.
El drama.
Y luego lo miré a él.
—Ok —dije—. Este sí fue mi último emparejamiento.
Ricardo sonrió un poco.
—Eso dijiste antes.
Negué con la cabeza.
—No.
Pausa.
—Esta vez lo digo en serio.
Porque por primera vez…
no quería arreglar a otros.
No quería intervenir.
No quería jugar a Cupido.
Porque había algo mucho más importante que ya no podía ignorar.
Y no estaba en la oficina.
Estaba justo frente a mí.
Editado: 18.03.2026