Después de escuchar a Ricardo, algo se quebró en mí.
No era un vidrio, ni un cristal… era una barrera que yo misma había construido.
Esa barrera que me mantenía segura detrás de mis teorías, mis observaciones y mis intervenciones.
—Marta —susurré mientras revisaba unos papeles que en realidad no leía—. Creo que… descubrí algo.
—¿Qué cosa? —preguntó ella, levantando una ceja.
Suspiré profundamente.
—Mi propia vulnerabilidad.
Marta me miró con una sonrisa traviesa.
—Eso suena muy dramático.
—Lo es —admití—. Pero también es real.
Porque hasta hoy, siempre he sabido qué hacer.
Siempre he sabido cómo emparejar a otros, cómo guiar conversaciones, cómo leer miradas.
Siempre he controlado… todo.
Excepto esto.
—¿Esto qué? —preguntó Marta.
—Lo que siento por él —dije con voz baja—. Lo que me provoca cuando lo veo, cuando me habla, cuando sonríe…
No hay teoría, no hay plan, no hay análisis que lo explique.
Silencio.
—Ah —dijo Marta—. Eso es peligroso.
—Sí —susurré—. Porque no puedo arreglarlo, no puedo manipularlo, no puedo empujarlo… Solo puedo sentirlo.
Marta se inclinó hacia mí.
—Entonces, ¿al final descubriste tu propia historia?
Asentí lentamente.
—Sí. Y me asusta un poco… pero también se siente increíble.
Porque lo entendí: no hay flecha que guíe lo que uno siente.
No hay teoría que controle los impulsos del corazón.
Y no hay estrategia que pueda reemplazar la verdad que emerge cuando uno mismo se descubre.
Miré la oficina y luego hacia Ricardo, que pasaba por el pasillo sin saber que lo estaba observando.
Sonreí levemente.
—Ahí está. Mi descubrimiento. Mi impulso. Mi historia.
Y por primera vez…
me sentí completamente humana.
Editado: 18.03.2026