Nunca pensé que llegaría este momento.
No porque fuera imposible…
sino porque, en el fondo, siempre creí que yo era necesaria.
Que sin mí, las historias no avanzaban.
Que sin mis empujones, las personas no se encontraban.
Que sin mis teorías… el amor se perdía.
Qué equivocada estaba.
Ese día, la oficina estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
No había discusiones.
No había tensiones.
No había miradas de tres segundos que analizar.
Por primera vez…
no había nada que arreglar.
—Esto se siente raro —dijo Marta.
—¿Qué cosa?
—La paz.
Sonreí levemente.
—No es tan mala.
—No sé si confiar en eso viniendo de ti.
Reí un poco.
Pero no respondí.
Porque estaba ocupada mirando algo más.
O mejor dicho…
a alguien.
Ricardo estaba en su escritorio, concentrado, como siempre.
Pero ahora ya no era un misterio.
No era un caso.
No era una teoría.
Era… mi realidad.
Respiré profundo.
Y me levanté.
Sin excusas.
Sin planes.
Sin estrategias.
Solo caminé hacia él.
—Ricardo.
Levantó la mirada.
—Alessandra.
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
Pero esta vez… no conté.
No analicé.
No esperé.
—Tengo que decirte algo —dije.
—Ok.
Mi corazón estaba haciendo todo lo que antes yo criticaba en otros.
Rápido.
Desordenado.
Real.
—Yo no sé hacer esto perfecto.
Ricardo sonrió suavemente.
—Yo tampoco.
—No tengo un plan.
—Mejor.
—Y probablemente voy a cometer errores.
—Seguro.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—Bien.
Pausa.
Y entonces, por primera vez en toda esta historia…
no hablé como Cupido.
No hablé como observadora.
No hablé como alguien que controla.
Hablé como yo.
—Pero me gustas.
Silencio.
Uno.
Dos.
Tres.
Ricardo no dudó.
—Lo sé.
Rodé los ojos.
—Tenías que arruinar el momento.
—Un poco.
Sonreí.
Pero no me moví.
No retrocedí.
No escondí nada.
Porque ya no tenía sentido.
Ricardo se levantó.
Se acercó.
Sin prisa.
Sin presión.
Sin juegos.
—A mí también me gustas —dijo.
Simple.
Claro.
Suficiente.
Y en ese momento lo entendí todo.
No hacía falta más.
No hacía falta una gran escena.
No hacía falta una estrategia final.
Porque el amor… cuando es real…
no necesita ser empujado.
Solo necesita ser dicho.
Sonreí.
Y por primera vez en mucho tiempo…
sentí algo completamente nuevo.
No era control.
No era análisis.
No era intervención.
Era paz.
Una paz que nunca encontré siendo Cupido.
Porque para encontrarla…
tuve que hacer lo más difícil de todo:
Bajar el arco.
Editado: 18.03.2026