El silencio en mi habitación en Caracas no era un silencio de paz; era esa quietud densa y cargada de estática que precede a las tormentas eléctricas en el valle. Me senté de golpe en la cama, con el corazón martilleando contra mis costillas como un animal salvaje que busca escapar de su jaula. El sudor frío me bajaba por la nuca, empapando la camiseta de algodón desgastada que solía usar para dormir. Mis manos, esas que alguna vez arrancaron melodías celestiales de un piano de cola bajo la luz de los vitrales de la iglesia, temblaban ahora con una vibración que no pertenecía a este plano físico.
Había sido demasiado real. El olor rancio a medicina, antiséptico y moho de aquel hospital psiquiátrico todavía me llenaba los pulmones, asfixiándome. En el aire de mi cuarto aún flotaba el eco de su grito, un sonido que no viajaba por el aire, sino que desgarraba el espíritu. Podía sentir el peso del cuerpo de Paulina en mis brazos, su piel morena —esa que siempre recordé con el brillo del sol del Caribe— ahora se sentía gélida y marchita contra la blancura enfermiza de su camisón de fuerza.
—Paulina... —susurré, y su nombre salió de mi boca como una brasa ardiente, quemándome la garganta con el peso de siete años de silencio.
Me levanté de la cama con movimientos lentos, casi ceremoniales. No encendí la luz. No la necesitaba. Mis ojos, habituados a escudriñar las sombras del mundo espiritual durante mis largas horas de vigilia, ya no dependían de las bombillas amarillentas del techo. Al pasar frente al espejo del baño, me detuve. En la penumbra, vi el reflejo de un extraño de cuarenta años que cargaba con el peso de mil vidas. Mi piel trigueña se veía más curtida, marcada por las líneas de expresión que no eran producto de la edad, sino de las batallas invisibles que libraba cada noche. Mi barba, espesa y salpicada de hilos de plata, me daba un aire de ermitaño o de guerrero retirado, una imagen muy lejana al joven músico que alguna vez fui. Pero lo que más me pesaba eran mis ojos. Unos ojos "apagados", profundos como abismos, que ya no buscaban la belleza superficial de este mundo, sino que escaneaban las frecuencias del "otro lado".
Siete años habían pasado desde que su madre, una mujer consumida por un orgullo religioso ciego y una ambición social que no dejaba espacio para el amor verdadero, decidió que un músico de iglesia no era "suficiente" para su hija. Ella quería luces, cámaras y prestigio para Paulina, no un hombre cuya única riqueza era su fe y su talento en las teclas. La alejó de mí, la sacó de Venezuela hacia las pasarelas del norte, pensando que la distancia física mataría lo que Dios mismo había sellado en nuestros espíritus. Paulina se convirtió en una modelo de fama internacional, un rostro perfecto en carteles luminosos de Times Square, mientras yo me hundía en un encierro voluntario. Pero lo que su madre no sabía es que, en ese encierro, mi dolor se transformó en algo más. El vacío que dejó Paulina fue llenado por un "don" que se activó como un incendio.
Descubrí que podía ver más allá del velo. Descubrí que los demonios no siempre son monstruos de cuentos; a veces son sombras elegantes, como el íncubo que acababa de ver en mi sueño, seres que se alimentan de la luz de las personas hermosas. Y ahora, ese ser estaba sobre ella.
—Cuerpo, tú no mandas aquí —dije con una voz gélida, mirando fijamente mis pupilas en el espejo.
Era hora de someter la carne. Comencé mi rutina de entrenamiento en la penumbra de la sala, rodeado de mis instrumentos musicales que ahora parecían reliquias de otra era. Comencé con calistenia intensa, sintiendo cómo mis músculos se tensaban y quemaban. Cada flexión era un acto de guerra. Cada sentadilla era un recordatorio de que mi cuerpo debía ser un templo de acero para soportar la energía que fluía a través de mí cuando intercedía. No entrenaba por vanidad; entrenaba para que mis nervios no estallaran cuando invocara la luz roja de la redención.
Llevaba tres días de ayuno absoluto. El hambre era un rugido constante en mis entrañas, un animal que intentaba distraerme, pero yo lo ignoraba con la frialdad de un asceta. Al privar a mi cuerpo de alimento, mis sentidos espirituales se agudizaban hasta volverse dolorosos. Ya no escuchaba solo el tráfico lejano de la autopista; escuchaba el llanto de Paulina cruzando océanos. Escuchaba el aleteo de las sombras en el sótano donde la tenían cautiva.
Me arrodillé en el centro de la habitación, justo sobre una alfombra vieja donde había pasado miles de horas en meditación. Mis manos se unieron y, casi de inmediato, la atmósfera del cuarto cambió. El oxígeno pareció volverse más pesado, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara.
—Creador, soberano del universo —comencé a orar en un susurro que vibraba en las paredes—, tú que conoces los rincones más oscuros donde el enemigo se esconde, revélame el mapa. El íncubo la tiene marcada. Siente su rastro pútrido sobre su piel morena, esa piel que yo juré proteger hace siete años en el altar de la iglesia de San Pedro. No soy solo un hombre herido; soy el centinela que has designado.
En ese estado de trance profundo, provocado por el ayuno y la concentración extrema, el mundo físico desapareció. Una visión nítida golpeó mi mente con la fuerza de un rayo. Vi un edificio grisáceo de arquitectura gótica, rodeado de pinos altos y una neblina que nunca se disipaba. El letrero de hierro decía: “Sanctuary of Eternal Rest”. Sentí el frío del sótano. Vi a Paulina, tratada como una enferma mental, drogada con sedantes para que no pudiera defenderse mientras el ente la torturaba cada noche.