El trayecto hacia el Aeropuerto Internacional de Maiquetía siempre me había parecido un descenso hacia otro mundo, pero esa mañana, bajo el efecto del tercer día de ayuno, la autopista Caracas-La Guaira se sentía como un puente entre dimensiones. El sol comenzaba a filtrarse por las montañas de El Ávila, bañando la ciudad con una luz naranja que, para cualquier otro, sería hermosa. Para mí, era un recordatorio de la piel morena de Paulina bajo el sol de nuestra juventud.
Me recosté contra el asiento del taxi, cerrando mis ojos "apagados" para evitar que el brillo exterior distrajera mi visión interna. El taxista, un hombre mayor que no dejaba de mirarme por el retrovisor con una mezcla de curiosidad y respeto, finalmente rompió el silencio.
—¿Viaje de negocios, señor? Se ve usted muy... concentrado. —Algo así —respondí con una voz que sonó más profunda de lo que pretendía—. Voy a recuperar algo que me pertenece.
El hombre asintió y guardó silencio. Mi presencia, forjada en la meditación y el entrenamiento físico, solía imponer esa clase de respeto silencioso. Nadie imaginaría que este hombre trigueño, de hombros anchos y barba cuidada, llevaba en su maleta de cuero negro los instrumentos para una guerra que no se libra con balas.
Mientras el coche serpenteaba las curvas de la montaña, mi mente fue arrastrada, sin poder evitarlo, al día en que mi mundo se detuvo. Siete años atrás.
El Recuerdo de la Herida
La iglesia de San Pedro estaba impregnada del olor a incienso y flores frescas. Yo tenía treinta y tres años y mis manos eran extensiones de las teclas del piano. Paulina tenía veintiocho. Recuerdo cómo la luz de la tarde entraba por los vitrales, pintando de colores su piel morena mientras ella me esperaba al final de la práctica. Ella no era solo una modelo en ascenso; era la mujer que reía con mis chistes malos y que encontraba refugio en mis composiciones.
—Francisco, mi tontica siempre será tuya —me había dicho esa tarde, rodeando mi cuello con sus brazos después de que yo terminara una sonata dedicada a ella.
Pero la sombra ya estaba allí. En la puerta de la iglesia, la figura de su madre, doña Elena, nos observaba con ojos cargados de un juicio gélido. Elena no veía a un hombre que amaba a su hija; veía a un músico de recursos limitados que "estorbaba" el destino de grandeza que ella había diseñado.
—Paulina, nos vamos. Ahora —la voz de su madre cortó el aire como un látigo.
Esa noche, la confrontación fue definitiva. Fui a su casa, todavía con el traje de la iglesia, dispuesto a hablar, a suplicar, a demostrar que mi amor era una roca. Pero Elena me recibió en el umbral, sin dejarme pasar.
—Escúchame bien, Francisco —me dijo con una sonrisa cruel—. Mi hija tiene un contrato en Nueva York y una carrera que tú no puedes ni soñar. No voy a permitir que la encadenes a este país y a tus salmos. Paulina se va mañana. Y si intentas contactarla, me encargaré de que sepa que solo eres un lastre para su éxito.
Recuerdo haber visto a Paulina detrás, en las sombras de la sala, con los ojos hinchados de tanto llorar, pero incapaz de rebelarse contra la autoridad de la mujer que la había moldeado desde niña. Fue la última vez que sentí el calor de su presencia física. Al día siguiente, su teléfono estaba apagado, su cuenta de redes sociales cerrada para mí, y su casa vacía. El vacío que dejó fue un agujero negro que casi me consume, hasta que el "don" despertó para recordarme que el vínculo no se había roto, solo se había vuelto invisible.
El Primer Ataque en el Umbral
Un frenazo brusco del taxi me sacó del recuerdo. Estábamos llegando a la terminal internacional. Bajé del coche y sentí de inmediato una presión en la base del cráneo. El aire se sentía pesado, como si estuviera cargado de electricidad estática. Mis sentidos, agudizados por el ayuno, detectaron un cambio en la frecuencia del ambiente.
En la entrada de la terminal, entre la multitud de viajeros, vi a una figura. Parecía un hombre común, vestido con un traje elegante de color gris oscuro, pero mi visión espiritual me mostró la verdad: no tenía rostro, solo un vacío humeante donde debería estar la cara. Era un vigía, un enviado del íncubo que custodiaba a Paulina, enviado para interceptarme antes de que saliera del país.
Sentí que mi cuerpo respondía por instinto. El entrenamiento de años se hizo presente. Ajusté la correa de mi bolso de cuero negro, donde guardaba el aceite ungido, y caminé directamente hacia la entidad.
—No eres bienvenido en este plano —susurré mientras pasaba a su lado.
El ente se giró con una rapidez sobrenatural, intentando rozar mi brazo con su mano intangible para drenar mi energía. Pero mi ayuno me había convertido en un conductor de luz. Al tocarme, una descarga de energía roja —la misma que había visto en mi sueño— emanó de mi piel. El ser emitió un chillido sordo que solo yo pude escuchar en mi mente y se disolvió en una nube de ceniza espiritual.
La gente a mi alrededor no notó nada, pero yo sentí un ligero mareo. Mi cuerpo físico, privado de comida por tres días, estaba llegando a su límite, pero mi espíritu nunca había sido más fuerte. Me dirigí al mostrador de la aerolínea, entregué mi pasaporte y esperé el boleto que me llevaría hacia el norte.
El Vuelo hacia la Oscuridad
Ya en el avión, el ronroneo de los motores se convirtió en una base rítmica para mi meditación. Saqué mi grabadora y mis auriculares. Le di al play. La melodía que llenó mis oídos era una que había compuesto en las noches más oscuras de mi encierro. Era una pieza de piano lenta, cargada de melancolía pero con un subtexto de victoria.