El aire del norte me recibió con una bofetada de hielo que caló hasta mis huesos, recordándome que ya no estaba bajo el sol protector de Caracas. Al bajar del avión, mi cuerpo trigueño, acostumbrado al calor del trópico, reaccionó con un escalofrío involuntario, pero mi espíritu permaneció imperturbable. Llevaba ya cuatro días de ayuno absoluto. El hambre había dejado de ser una molestia física para convertirse en un estado de conciencia alterado; me sentía ligero, casi etéreo, como si mis pies apenas tocaran el suelo del aeropuerto. Mis sentidos estaban tan agudizados que podía percibir el rastro emocional de la gente que caminaba a mi alrededor: el miedo de un viajero, la prisa de otro, la tristeza de una despedida.
Tomé un coche de alquiler y conduje durante tres horas hacia las afueras de la ciudad, siguiendo el mapa que el Creador había trazado en mi mente durante mis meditaciones. El paisaje cambió drásticamente. Los edificios de cristal dieron paso a bosques de pinos oscuros y una neblina perpetua que parecía devorar la carretera. Finalmente, frente a mí, emergió la silueta del Sanctuary of Eternal Rest.
Era un edificio de arquitectura gótica victoriana, con paredes de piedra gris cubiertas de hiedra seca que parecían venas negras trepando por un cadáver. Las ventanas eran altas y estrechas, como ojos vigilantes que ocultaban secretos inconfesables. Al cruzar la puerta de hierro forjado, sentí una vibración baja en mis oídos, un zumbido que conocía bien: era la frecuencia de la opresión espiritual. El lugar no era un hospital; era una jaula diseñada para contener almas cuya luz era demasiado brillante para el mundo exterior.
Estacioné el coche y me quedé un momento en silencio, agarrando el volante con fuerza. Mis manos, marcadas por el entrenamiento y la disciplina, estaban listas. Ajusté mi chaqueta oscura, ocultando el bolso de cuero donde residía mi autoridad, y caminé hacia la entrada principal.
El Guardián de Carne
Al entrar, el olor a cera de piso y a desesperación me golpeó. En la recepción, bajo una luz fluorescente que parpadeaba con una irregularidad molesta, estaba ella.
Elena. La madre de Paulina.
Había envejecido, pero su altivez seguía intacta. Vestía un abrigo de piel costoso que contrastaba con la esterilidad del hospital. Al verme cruzar la puerta, sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y desprecio. Se puso de pie de inmediato, como si mi sola presencia fuera un insulto personal.
—Tú... —su voz, una vez autoritaria, ahora temblaba ligeramente—. ¿Cómo te atreves a venir aquí, Francisco? ¿Cómo diste con este lugar?
Me detuve a dos metros de ella. Mis ojos "apagados" la recorrieron con una calma que pareció inquietarla más que cualquier grito. No sentía odio hacia ella; el ayuno había limpiado mi corazón de tales bajezas. Solo sentía una profunda lástima.
—Siete años después y todavía intentas esconder lo que no puedes controlar, Elena —dije, y mi voz resonó en el vestíbulo con una profundidad que hizo que la recepcionista levantara la vista—. No vine a pedirte permiso. Vine por Paulina.
—¡Ella está enferma! —chilló Elena, acercándose a mí—. Tiene un brote psicótico. Los mejores médicos del país la están tratando. No voy a permitir que un músico fracasado con delirios de misticismo arruine su recuperación. ¡Vete ahora mismo o llamaré a seguridad!
—Los médicos no pueden curar lo que no pueden ver —respondí, dando un paso hacia adelante. La presión espiritual que emanaba de mí la obligó a retroceder. A mis cuarenta años, mi presencia física, reforzada por el entrenamiento, era imponente—. Tú la trajiste aquí porque tienes miedo. Tienes miedo de que ella tenga razón. Tienes miedo de las marcas en su piel morena que no puedes explicar. Tienes miedo de que el "músico" sea el único que sepa qué le está pasando realmente.
Elena palideció. Sus labios temblaron, pero no pudo articular palabra. En ese momento, un médico de mediana edad, con una bata impecable y una expresión de arrogancia clínica, se acercó a nosotros.
—¿Hay algún problema aquí, señora Elena? —preguntó, mirándome con desdén.
—Este hombre dice conocer a mi hija. Exijo que lo saquen —ordenó ella, recuperando un poco de su compostura.
Miré al médico directamente a los ojos. No usé la fuerza física, sino mi don. Dejé que una fracción de mi autoridad espiritual fluyera a través de mi mirada. El médico parpadeó, confundido, como si de repente hubiera olvidado lo que iba a decir. El ambiente alrededor de nosotros pareció enfriarse diez grados.
—Soy Francisco Gonzalez —dije con calma—. Soy especialista en terapia de sonido y apoyo espiritual. Estoy aquí para ver a Paulina. Sus superiores en la administración ya han sido informados de que un consultor externo vendría a evaluar los casos de resistencia al tratamiento sedante.
Mencioné aquello porque, durante mi ayuno, el Creador me había mostrado que el director del hospital tenía vínculos con la misma fe que Elena profesaba, y que habían estado aceptando "donaciones" ilegales para mantener a Paulina bajo llave. El médico vaciló. La mentira, envuelta en mi autoridad, sonó más real que la verdad.
—Acompáñeme —dijo el médico, para sorpresa de Elena.
El Encuentro con la Belleza Herida
Caminamos por pasillos interminables donde los gritos amortiguados de otros pacientes formaban una sinfonía de dolor. Mis oídos espirituales captaban las sombras que se escondían en las esquinas, susurros de entes menores que retrocedían ante mi paso. El ayuno me permitía ver el rastro de humo negro que flotaba en el aire, guiándome hacia el origen de la infestación.