La Modelo y el Exorcista: Una Promesa de Mil Años

Capítulo 5: El Descenso al Corazón de la Bestia

El amanecer en el Sanctuary of Eternal Rest no trajo la luz, sino una penumbra grisácea que parecía filtrarse a través de las paredes de piedra como un veneno lento. Eran las seis de la mañana del sexto día de mi ayuno. Mi cuerpo físico estaba en un estado que la medicina convencional llamaría "colapso inminente", pero mi espíritu estaba en su apogeo. Mis sentidos estaban tan dilatados que podía escuchar el flujo de la sangre en mis propias venas y el pulso agitado de Paulina en la habitación contigua. Cada fibra de mi ser trigueño estaba tensa, afinada como la cuerda de un piano antes de un concierto magistral.

Había pasado la madrugada de rodillas, en una esquina de la habitación que me habían permitido ocupar bajo estricta vigilancia. No me importaban los enfermeros que me observaban por la mirilla de la puerta; mi conversación no era con este mundo. Estaba sometiendo los últimos vestigios de mi ego. "El espíritu manda, la carne obedece", repetía como un mantra que vibraba en mi diafragma. El hambre se había transformado en una claridad mental aterradora. Ya no veía solo los objetos físicos; veía las intenciones, las marcas del pecado y las grietas por donde los entes como el íncubo se filtraban a nuestra realidad.

El Enfrentamiento con el Espejo de la Culpa

Antes de bajar al sótano, busqué a Elena. La encontré en la cafetería del hospital, rodeada de un lujo que parecía ridículo en aquel ambiente de dolor. Se veía demacrada, con las ojeras ocultas tras capas de maquillaje que no podían tapar su derrota. Al verme entrar, con mis hombros anchos y mi mirada "apagada" pero fija, dejó caer la cuchara de plata sobre su taza de porcelana.

—No puedes hacerlo, Francisco. Te van a arrestar. El director no permitirá que bajes a las áreas restringidas —dijo ella, intentando recuperar su tono de mujer de negocios.

—Tu hija se está muriendo, Elena —dije, sentándome frente a ella sin pedir permiso. Mi voz era un susurro cargado de autoridad—. No por un brote psicótico, sino porque tú permitiste que alguien entrara en su vida para "impulsar su carrera" a cambio de cosas que no entendías. Ese exnovio de Caracas, el que tiene influencias en el mundo del ocultismo... tú le abriste la puerta para que la "protegiera".

Elena bajó la mirada, y por primera vez en siete años, vi una lágrima genuina rodar por sus mejillas. El silencio fue su confesión. La ambición de una madre había sido el portal.

—Yo solo quería que fuera la mejor —sollozó—. Él me prometió que ella sería la cara de las marcas más grandes del mundo. Pero luego empezaron los susurros, las sombras... y cuando intenté sacarla de allí, ya era tarde.

—Nunca es tarde mientras el espíritu respire —respondí, poniéndome de pie. Mi barba con hilos de plata parecía brillar bajo la luz mortecina—. Quédate aquí y ora, si es que todavía recuerdas cómo se hace. Yo voy a cerrar el contrato que tú firmaste con sangre y orgullo.

El Camino a las Entrañas

Caminé hacia el ala oeste del edificio, donde las escaleras de servicio descendían hacia los niveles inferiores. El ambiente se volvía más frío con cada escalón. El olor a humedad y hierro oxidado era insoportable, pero para mi olfato espiritual, era el rastro de la bestia. Saqué mi grabadora y activé el audio. No eran auriculares esta vez; puse el volumen al máximo para que la frecuencia de 528Hz inundara el pasillo.

Las notas del piano, grabadas con la intención de la limpieza espiritual, resonaban contra las paredes de concreto, creando un escudo de sonido. Los entes menores que habitaban en las sombras —las larvas espirituales que se alimentan del dolor de los pacientes— chillaban y se disolvían al contacto con la armonía.

Al llegar al sótano, la neblina negra que había visto en mi visión era tan densa que apenas podía ver mis propias manos trigueñas. Saqué la pequeña botella de aceite de unción y vertí una cantidad generosa en mis palmas, frotándolas hasta que el calor de la fricción activó su esencia.

—Cuerpo de Francisco, prepárate —susurré—. Hoy no peleas por tu vida, peleas por la promesa de mil años.

La Cámara del Pacto

Llegué a una puerta de metal pesado que crujió al abrirse. Adentro, el sótano no era solo una bodega; era un nido. En el centro, sobre un altar improvisado con restos de camillas viejas, estaba una representación grotesca de Paulina hecha de sombras y ropa vieja. El íncubo estaba allí, manifestado en su forma más pura: un ser de pura oscuridad con ojos que ardían con un hambre milenaria.

—Has llegado, pequeño músico —la voz del ente no venía del aire, sino de la tierra misma, haciendo que el suelo bajo mis pies vibrara—. ¿Crees que tu ayuno de unos días puede vencer a un hambre de siglos? Ella es mía. Me la dieron en sacrificio por su fama.

—Su fama fue comprada con mentiras, pero su alma fue sellada por el Creador —respondí, dando un paso adelante. Mis ojos "apagados" se encendieron con una luz interior—. No vengo a negociar. Vengo a ejecutar la sentencia de libertad.

El íncubo se lanzó contra mí. Sentí el impacto físico de su presencia, un frío que amenazaba con detener mi corazón. Pero mi entrenamiento de calistenia y mi disciplina física me permitieron mantener el equilibrio. No usé mis puños; usé mis palmas ungidas. Cada vez que tocaba la masa de sombras, una descarga de luz roja emanaba de mis dedos, quemando la oscuridad como si fuera papel al fuego.




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