El amanecer en la posada trajo consigo una claridad fría y cortante. Me desperté antes que el sol, un hábito arraigado por años de vigilia y oración. Mi cuerpo, aunque todavía algo entumecido, procesaba el caldo de la noche anterior con una eficiencia asombrosa. El ayuno había terminado físicamente, pero la sensibilidad espiritual que me había dejado permanecía intacta. Podía sentir la vibración del bosque circundante y, más importante aún, la respiración rítmica de Paulina en la cama de al lado.
A sus treinta y cinco años, durmiendo en esa habitación de madera, Paulina recuperaba la paz que le habían robado. Su piel morena se veía suave bajo las mantas, y la tensión que había endurecido sus rasgos en el hospital empezaba a ceder. Me quedé observándola unos minutos, no con el deseo de un hombre común, sino con la devoción de quien custodia un tesoro sagrado. Sabía que el tiempo era nuestro peor enemigo. Elena no se quedaría de brazos cruzados y el director del hospital, temiendo por su licencia, ya habría dado parte a las autoridades locales.
—Cuerpo, despierta del todo. La batalla ha cambiado de forma —susurré para mí mismo mientras me levantaba a realizar una serie de estiramientos rápidos.
El Plan de Escape
Cuando Paulina despertó, ya tenía un mapa extendido sobre la mesa de noche y mi teléfono satelital encendido. Mis ojos "apagados" estaban fijos en las rutas secundarias que nos llevarían hacia la frontera canadiense. Era demasiado arriesgado intentar volar directamente desde un aeropuerto internacional importante; los contactos de Elena y el poder de su "aliado" en Caracas habrían puesto alertas sobre el pasaporte de Paulina.
—¿A dónde iremos, Francisco? —preguntó ella, sentándose y frotándose los ojos.
—No podemos volver directamente a casa —respondí, señalando un punto en el mapa—. Tu madre habrá bloqueado tus cuentas y posiblemente haya denunciado tu "secuestro". Necesitamos movernos por tierra hasta Toronto. Tengo un viejo contacto de la iglesia allí, un hombre que entiende de estas guerras y que puede ayudarnos a conseguir un vuelo privado o una ruta marítima.
Paulina asintió, confiando plenamente en mi criterio. Siete años de separación habían creado un vacío, pero el evento en el sótano lo había llenado con una lealtad inquebrantable. Ella sabía que mi barba plateada y mi mirada cansada eran el precio que yo había pagado por estar allí.
El Primer Envío de Caracas
Mientras empacábamos lo poco que teníamos, una sensación de frío súbito recorrió mi espalda. No era el frío del invierno exterior, sino ese escalofrío metálico que indica la proximidad de una intención asesina. El "don" vibró en mis palmas.
—Paulina, quédate detrás de mí. Ahora —ordené, mi voz volviéndose profunda y autoritaria.
Caminé hacia la ventana y descorrí apenas la cortina. En el aparcamiento de la posada, un coche negro de cristales tintados acababa de detenerse. No era la policía. Eran dos hombres vestidos de civil, pero sus auras emitían un hedor a azufre y violencia organizada. No eran solo sicarios físicos; eran portadores de un "encargo" espiritual. El exnovio de Caracas, aquel hombre que Elena había usado para impulsar la carrera de Paulina, había enviado a sus propios "especialistas".
—¿Quiénes son? —susurró Paulina, su voz temblando ligeramente.
—Son sombras del pasado, tontica. Pero hoy no tienen jurisdicción sobre ti —dije, sacando mi pequeña botella de aceite y trazando una línea en el umbral de la puerta de la habitación.
La Confrontación en el Pasillo
Los pasos en el pasillo de madera eran pesados, deliberados. Se detuvieron justo frente a nuestra puerta. Sentí cómo intentaban forzar la cerradura, no con una llave, sino con una presión psíquica que buscaba quebrar mi voluntad. Pero mi entrenamiento de meditación me había dado una mente de diamante.
—Francisco Gonzalez —dijo una voz desde el otro lado, una voz con un acento caraqueño que me heló la sangre por su familiaridad—. Sabemos que la tienes ahí. El patrón solo quiere lo que es suyo. Entrega a la morena y podrás volver a tu piano. No te busques una muerte que no te corresponde.
—Lo que es de Dios, a Dios vuelve —respondí, abriendo la puerta de golpe antes de que pudieran reaccionar.
El impacto visual fue inmediato. Los dos hombres retrocedieron, sorprendidos por mi estatura y por la intensidad de mis ojos "apagados", que en ese momento parecían absorber la poca luz del pasillo. El hombre que hablaba, un tipo de unos treinta años con una cicatriz que le cruzaba la mejilla, intentó sacar un arma, pero mis manos fueron más rápidas. No lo golpeé con fuerza bruta; apliqué un punto de presión en su muñeca mientras liberaba una descarga de autoridad espiritual. El arma cayó al suelo como si estuviera al rojo vivo.
El segundo hombre intentó abalanzarse sobre mí, pero realicé un movimiento de calistenia que había perfeccionado en mi soledad: un giro rápido que usó su propio peso para lanzarlo contra la pared.
—Díganle a su patrón que el contrato ha sido rescindido por el tribunal más alto —sentencié, mi voz resonando con el poder del ayuno—. Paulina ya no es una moneda de cambio. Váyanse ahora, antes de que lo que vive en mí decida terminar con lo que vive en ustedes.
Los hombres, confundidos por una fuerza que no comprendían y aterrados por la luz roja que empezaba a emanar de mis manos ungidas, recogieron su arma y huyeron por las escaleras.