La Modelo y el Exorcista: Una Promesa de Mil Años

Capítulo 9: El Umbral de los Dos Mundos

El paisaje a través del parabrisas se había transformado en una acuarela de blancos y grises profundos. La calefacción del coche de alquiler trabajaba al máximo, pero el frío que sentía en la base de mi nuca no era climático; era la persistente vibración de las sombras que aún nos pisaban los talones. Conducir por las carreteras secundarias hacia la frontera con Canadá exigía una concentración absoluta de mis ojos "apagados". Cada reflejo en el hielo, cada silueta de árbol que se mecía con el viento, era analizado por mis sentidos espirituales antes que por mi vista física.

A mi lado, Paulina se había quedado dormida, pero no era el sueño pesado y tóxico del hospital. Era un sueño ligero, de recuperación. Su perfil, esa arquitectura perfecta de pómulos altos y labios carnosos que la industria del modelaje había explotado hasta el cansancio, se veía ahora humano, frágil bajo la luz mortecina de la tarde. Me preguntaba cuánto tiempo más podría mantener este escudo sobre nosotros. Mis manos trigueñas apretaban el volante, sintiendo el hormigueo del aceite de unción que todavía impregnaba mis poros.

El Cruce del Pensamiento

Mis pensamientos retrocedieron a la noche en que todo cambió en Caracas, hace siete años. No a la separación, sino al momento exacto en que mi piano dejó de ser un instrumento musical para convertirse en un canal. Fue después de tres meses de su partida. Estaba en mi pequeño apartamento, rodeado de partituras rotas y botellas de agua vacías. No comía, no hablaba con nadie. Mi cuerpo se estaba consumiendo, pero en ese vacío absoluto, escuché una nota que no venía de las teclas. Era una frecuencia de oro puro que me decía: "Ella no se ha ido por voluntad propia. Ella está bajo una sombra".

Esa fue la primera vez que vi el velo rasgarse. Comencé a entender que la música que yo componía en la iglesia no era solo arte, sino una secuencia de comandos espirituales. El "don" no era una magia caprichosa; era una herencia de intercesión. Mi abuelo, un hombre que se perdía en las selvas del sur de Venezuela orando por las tribus, solía decir que "el hombre que domina su hambre, domina el mundo invisible". Siete años de entrenamiento, de calistenia para que mis nervios no estallaran ante el poder, y de meditaciones profundas, me habían preparado para este escape.

La Identidad de las Sombras

Paulina despertó justo cuando nos deteníamos en una pequeña gasolinera perdida en la neblina. Sus ojos morenos buscaron los míos de inmediato, buscando seguridad.

—Francisco, ¿cuánto falta? —preguntó, su voz todavía cargada de la somnolencia del rescate.

—Unas pocas horas para el cruce, tontica —respondí, dándole una pequeña botella de agua—. Pero antes de llegar a la aduana, necesito que entiendas algo. El hombre de Caracas... el que tu madre llama "el aliado". Su nombre es Adrián, ¿verdad?

Paulina se tensó. El solo nombre parecía actuar como una descarga eléctrica en su sistema.

—Sí —susurró—. Él... él no es un empresario común, Francisco. Mi madre creía que era un agente de modelos con conexiones mundiales, pero yo vi cosas. Lo vi quemar contratos en altares extraños. Lo vi hablarle a la nada y recibir respuestas. Él dice que mi belleza es un "portal" y que, mientras yo esté bajo su influencia, él tendrá poder sobre el mercado del lujo. Cuando intenté dejarlo, empezaron las pesadillas. Luego el hospital.

—Él envió al íncubo —dije con firmeza—. Lo que enfrenté en el sótano era una extensión de su voluntad. Adrián no es solo un hombre poderoso; es un ocultista que usa el éxito ajeno para alimentar sus propias entidades. Por eso mi barba se volvió gris, Paulina. Por eso mis ojos se apagaron. He estado peleando con sus enviados en el plano astral desde el día que te fuiste.

La Conversación en la Penumbra

Me bajé del coche para cargar combustible, pero antes de hacerlo, tomé sus manos. Sentí su pulso, acelerado pero rítmico.

—Mírame bien —le dije, obligándola a conectar con mi mirada "apagada"—. Adrián cree que el contrato es con tu cuerpo, pero el espíritu no firma papeles. El don que tengo me permite ver que tu alma sigue intacta, aunque tu mente esté herida. Para cruzar esta frontera, no solo necesitamos pasaportes falsos; necesitamos que tu espíritu se mantenga en una frecuencia alta. Si el miedo te domina, él podrá rastrearte de nuevo.

—¿Cómo lo hago? —preguntó ella, con una mezcla de desesperación y fe.

—Escucha la música que grabé —respondí—. Esas frecuencias no son solo piano. Son muros. Mientras esa melodía suene en tu mente, el "portal" que Adrián quiere usar estará cerrado.

El Obstáculo en el Umbral

Retomamos el camino. A medida que nos acercábamos al puesto fronterizo, la neblina se volvió tan densa que apenas podíamos ver el capó del coche. El "don" empezó a vibrar en mi pecho, una advertencia de que el enemigo había puesto un "cerrojo" espiritual en la aduana. No era un sicario físico esta vez; era una barrera de confusión.

Llegamos a la cabina de control. Un oficial de mirada cansada revisó nuestros documentos. Paulina llevaba una peluca oscura y gafas, bajo el nombre de "Elena Blanco". Yo era "Luis Gonzalez", un profesor de música en viaje de investigación.

El oficial dudó. Empezó a teclear en su ordenador con una lentitud exasperante. Sentí que el aire en el coche se volvía pesado, el mismo olor a ozono del hospital empezaba a filtrarse. El íncubo estaba intentando influir en la mente del oficial para que nos detuviera.




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