El sótano de la casa del Padre Mateo en Toronto no se parecía en nada al sótano pútrido del hospital. Aquí, el aire estaba saturado de un aroma a incienso de sándalo y cera de abeja, y las paredes estaban revestidas de libros que contenían el conocimiento de siglos de lucha contra lo invisible. En el centro de la habitación, el piano vertical de Mateo esperaba, con sus cuerdas de acero listas para convertirse en el arma de esta noche.
Paulina estaba sentada en una silla de madera tallada, frente al piano. Llevaba una túnica de lino blanco que Mateo le había entregado, simbolizando la pureza que estábamos tratando de restaurar. Su piel morena resaltaba bajo la luz tenue de los cirios, pero sus ojos reflejaban una aprehensión profunda. Ella sabía que lo que estábamos a punto de hacer no era un simple rezo; era una operación a corazón abierto en el plano del espíritu.
—Francisco, tengo miedo —susurró, y su voz tembló como una nota fuera de tono—. Siento que hay hilos invisibles tirando de mí desde el sur. Siento que, si cortamos esto, una parte de mí se perderá para siempre.
Me acerqué a ella y puse mis manos trigueñas sobre sus hombros. La calidez de mi piel, reforzada por años de entrenamiento físico y la energía acumulada del ayuno, pareció calmar sus espasmos. Mis ojos "apagados" se fijaron en la base de su nuca, donde el "don" me permitía ver una serie de filamentos oscuros, como raíces de humo, que se extendían hacia el vacío.
—Esos hilos no son parte de ti, Paulina —dije con una firmeza que resonó en las vigas del sótano—. Son los grilletes que Adrián usó para drenar tu luz. No se perderá nada que sea tuyo; solo se irá el parásito que te ha estado consumiendo. Confía en el sonido. Confía en la promesa.
El Ritual de la Desconexión
El Padre Mateo se colocó detrás de nosotros, sosteniendo un crucifijo de plata y un antiguo manual de exorcismo melódico. Me hizo una señal con la cabeza. Me senté frente al piano. Mis dedos, largos y fuertes, se posaron sobre las teclas con la misma precisión con la que un cirujano toma un bisturí.
Comencé a tocar. No era una melodía de las que se escuchan en la radio. Era una secuencia de acordes en una escala no convencional, diseñada para resonar con el Speculum Animae de Paulina. Las notas bajas vibraban en el suelo, creando un campo de protección, mientras que las notas agudas cortaban el aire como cuchillas de cristal.
Con cada acorde, la atmósfera de la habitación se volvía más densa. Paulina cerró los ojos y su respiración se volvió errática.
—¡Lo veo! —gritó de repente, con una voz que parecía venir de otra persona—. Veo a mi madre en Caracas... está en una oficina oscura... hay un hombre con ella. ¡Es Adrián!
La Visión del Pacto
A través de la conexión armónica, yo también pude verlo. La visión se proyectó en mi mente como una película revelada en sangre. Era el despacho de Adrián en un rascacielos de Las Mercedes. El lujo era obsceno: mármol negro, oro y una vista panorámica de la ciudad que él creía poseer. Elena estaba sentada frente a él, firmando un documento que no estaba escrito con tinta común.
—"Ella será la reina de las pasarelas, Elena" —decía la voz de Adrián en la visión, una voz suave pero cargada de un veneno ancestral—. "Pero a cambio, su imagen no le pertenecerá. Me cederás el derecho de su sombra. Ella tendrá la fama, yo tendré el poder que esa fama genera".
Vi a Elena dudar por un segundo, pero la ambición y el resentimiento hacia mí ganaron la batalla. Firmó. En ese momento, vi cómo una parte de la esencia de Paulina era arrancada y encapsulada en un amuleto que Adrián llevaba al cuello. Esa era la razón de la enfermedad de Paulina; su alma estaba incompleta, una batería conectada permanentemente a la ambición de su madre y al hambre de su captor.
La Batalla de las Frecuencias
—¡Corta el hilo, Francisco! —gritó Mateo, su voz compitiendo con el rugido de la energía que empezaba a arremolinar en el sótano.
Aumenté la velocidad de mi ejecución. Mis manos trigueñas se movían sobre el teclado con una rapidez sobrenatural, fruto de mi entrenamiento físico. Los músculos de mis brazos ardían, y el sudor bajaba por mi frente, perdiéndose en mi barba plateada. Mis ojos "apagados" estaban completamente blancos ahora; ya no veía el piano, veía la red de energía oscura que conectaba Toronto con Caracas.
De repente, una fuerza invisible golpeó el piano. Las cuerdas gemieron bajo la presión de un contraataque enviado desde el sur. Adrián lo sabía. Estaba intentando usar el vínculo para destruir a Paulina antes de que pudiéramos liberarla.
—¡Tú no tienes autoridad! —grité, golpeando un acorde de Do sostenido con tal fuerza que una de las cuerdas del piano se reventó con un latigazo metálico—. ¡El espíritu manda!
En ese instante, visualicé la luz roja de la redención fluyendo desde mi pecho, a través de mis brazos, hasta las teclas y de ahí a los hilos oscuros que rodeaban a Paulina. Fue un estallido de luz que no se vio con los ojos, sino con el alma. El grito de Paulina fue desgarrador, una nota pura que se elevó por encima del caos sonoro.
Los hilos de humo se rompieron. Vi cómo la conexión con Caracas se desintegraba en millones de fragmentos de ceniza espiritual. Paulina se desplomó hacia adelante y yo salté del taburete para atraparla antes de que golpeara el suelo.