La mañana en Toronto nació envuelta en una neblina gélida que parecía querer imitar la oscuridad que ganaba terreno en mis ojos. Me encontraba en el jardín trasero de la casa del Padre Mateo, descalzo sobre la hierba congelada. El frío quemaba mis plantas, pero yo lo recibía como un recordatorio necesario de que aún habitaba este envase de carne y hueso. A mis cuarenta años, mi cuerpo trigueño se sentía como una cuerda de violín tensada hasta el punto de ruptura; mis músculos estaban definidos, duros como el roble, gracias a la calistenia ininterrumpida, pero mis ojos... mis ojos ya no veían el mundo como los demás.
El ritual de desconexión del capítulo anterior había dejado una secuela permanente. Lo que antes era una mirada "apagada", ahora era casi una penumbra total en el plano físico. Veía las formas como manchas borrosas, pero a cambio, el plano espiritual se había vuelto nítido, casi cegador. No necesitaba ver la puerta de la casa para saber que Paulina estaba allí, observándome; sentía su aura, una luz morena y vibrante que ahora, libre de los hilos de Adrián, iluminaba el jardín mejor que el sol de invierno.
—Francisco, vas a enfermarte si sigues ahí fuera sin zapatos —dijo ella, acercándose. Su voz era ahora una melodía clara, sin las interferencias del miedo.
—El frío me mantiene despierto, tontica —respondí, girándome hacia donde sentía su calor. Estiré mi mano y, con una precisión que desafiaba mi falta de vista, acaricié su mejilla—. Además, el espíritu manda. Si mi cuerpo siente el frío, es porque todavía tiene algo que proteger.
El Entrenamiento en las Sombras
Paulina me tomó de la mano y me guio hacia el interior, donde el Padre Mateo nos esperaba con un mapa extendido que yo ya no podía leer con los ojos, pero que podía "sentir" con los dedos.
—Él ya aterrizó, Francisco —sentenció Mateo. Su voz cargada de gravedad rompió la paz momentánea—. Un jet privado de la corporación de Adrián llegó al aeropuerto de Pearson hace dos horas. No viene solo. Ha traído a su "círculo de hierro", hombres que, al igual que tú, han sometido su carne, pero para servir al abismo.
Sentí una punzada de adrenalina. El exnovio de Caracas, el hombre que había usado la belleza de Paulina como una mina de oro espiritual, estaba en la misma ciudad. El aire de Toronto empezó a sentirse pesado, como si una tormenta de azufre se acercara desde el aeropuerto.
—Necesito que me enseñes a pelear sin ver, Mateo —dije, poniéndome de pie. Mi barba plateada se tensó con el movimiento de mi mandíbula—. Mis manos todavía pueden golpear y mis dedos todavía pueden tocar el piano, pero necesito que mi espíritu sea mis ojos.
Mateo asintió y nos llevó al sótano. Durante las siguientes seis horas, el entrenamiento fue brutal. No se trataba de calistenia convencional; era una danza de combate espiritual. Mateo lanzaba ataques energéticos desde ángulos impredecibles, y yo debía sentirlos, esquivarlos y contraatacar usando solo la vibración del aire y la intención del atacante.
—¡Más rápido, Francisco! —gritaba el anciano—. ¡Adrián no te atacará con los puños, te atacará con la culpa, con el recuerdo y con la distorsión de lo que amas!
El Sacrificio de la Modelo
Mientras yo me hundía en el entrenamiento, Paulina observaba desde las sombras de la escalera. Ella veía cómo mi cuerpo trigueño se cubría de sudor y cómo mis ojos, completamente blancos por el esfuerzo, buscaban una luz que ya no pertenecía a este mundo.
—Padre Mateo —dijo ella cuando hicimos un descanso—, no puedo dejar que él pierda la vista por mí. Si Adrián me quiere a mí, quizás debería entregarme y terminar con esto.
Me acerqué a ella de inmediato, mis oídos captando el más mínimo quiebre en su voz.
—Ni se te ocurra, Paulina —dije, tomándola por los hombros con una firmeza que rozaba la rudeza—. Siete años de ayuno y oración no fueron para que te rindieras en la meta. Tu belleza ya no es un portal para él, ahora es un faro para el mundo. Si te entregas, no solo pierdes tú, perdemos todos los que creemos que el amor es más fuerte que el contrato de un ocultista.
—Pero te estás quedando ciego, Francisco... —sollozó ella, enterrando su rostro en mi pecho.
—No estoy perdiendo la vista, la estoy intercambiando —susurré, acariciando su cabello oscuro—. Veo cosas que ningún hombre debería ver. Veo el hilo de oro que nos une desde que tocábamos en aquella pequeña iglesia en Venezuela. Y ese hilo, tontica, es lo único que necesito seguir para encontrarte, incluso en la oscuridad más profunda.
El Mensaje de Caracas
De pronto, el ambiente en el sótano cambió. El piano vertical comenzó a emitir un sonido sordo, una sola nota baja que vibraba con una intención maligna. No era música; era un mensaje.
—"Francisco..." —la voz de Adrián resonó a través de las cuerdas del piano, amplificada por el ritual que él mismo estaba realizando desde su hotel de lujo en el centro de la ciudad—. "Has jugado bien tu papel de mártir. Pero el contrato de Paulina tiene cláusulas que ni tú ni tu viejo cura conocen. Esta noche, en el conservatorio abandonado, cerraremos el trato. Ven con ella, o empezaré a apagar las luces de este país una por una, empezando por las de tu amada".
El piano emitió un estruendo y una de las cuerdas de acero saltó, cortando el aire. El mensaje había sido entregado.