La Modelo y el Exorcista: Una Promesa de Mil Años

Capítulo 13: La Sinfonía del Abismo contra el Cántico de la Luz

El antiguo Conservatorio Real de Toronto se erigía ante nosotros como un mausoleo de arte olvidado. Sus columnas de piedra, desgastadas por el tiempo y el desprecio, parecían absorber la poca luz que las farolas de la calle proyectaban. El aire alrededor del edificio vibraba con una frecuencia disonante, un zumbido que hacía que mis dientes castañearan, no por el frío, sino por la carga estática de la maldad pura que Adrián había desplegado.

A mis cuarenta años, mis ojos físicos estaban sumidos en una penumbra casi total, pero mi visión espiritual me mostraba el conservatorio como una estructura envuelta en llamas negras. Podía ver los hilos de energía oscura serpenteando por las ventanas, esperando nuestra entrada. Paulina caminaba a mi lado, su mano morena aferrada a mi brazo trigueño con una fuerza que delataba su terror, pero también su decisión.

—El espíritu manda, Paulina —le susurré mientras cruzábamos el umbral—. No escuches con tus oídos, escucha con tu sangre.

El Escenario de la Traición

Entramos en la gran sala de conciertos. El techo abovedado amplificaba cada uno de nuestros pasos, convirtiéndolos en ecos de una marcha fúnebre. En el centro del escenario, bajo un único foco de luz cenital, estaba sentado Adrián. No vestía como un monstruo; llevaba un traje de seda italiana que brillaba como el petróleo, y su cabello oscuro estaba perfectamente peinado. A su lado, un piano de cola negro, pulido hasta parecer un espejo de obsidiana, esperaba su toque.

Adrián se puso de pie con una elegancia depredadora. Su aura era un torbellino de ambición y poder corrompido.

—Francisco Gonzalez... el músico que prefirió el ayuno a la fama —dijo su voz, proyectada por la acústica del lugar sin necesidad de micrófonos—. Has traído a mi activo de vuelta. Debería agradecerte el haberla limpiado; ahora su luz es más pura, y por lo tanto, más valiosa.

—Ella no es un activo, Adrián. Es una hija del Creador —respondí, soltando el brazo de Paulina para dar un paso al frente. Mi barba plateada parecía captar la poca luz del lugar—. El contrato que firmó su madre no tiene validez en este recinto.

—¿En este recinto? —Adrián soltó una carcajada seca—. Este edificio fue construido sobre leyes armónicas que yo domino desde antes de que tú nacieras. Aquí, el sonido es ley. Y mi sonido ha dominado las pasarelas, los medios y las mentes de millones.

El Duelo de Frecuencias

Adrián se sentó al piano y comenzó a tocar. No eran notas al azar; era una composición diseñada para quebrar la estructura de la realidad. Eran acordes menores, disonancias que buscaban los puntos débiles en el sistema nervioso. Paulina se llevó las manos a los oídos, cayendo de rodillas. Sentí cómo mi propio cuerpo trigueño empezaba a flaquear; mis músculos, aunque fuertes por la calistenia, vibraban con una frecuencia que amenazaba con deshacer mis huesos.

—¡Francisco! —gritó Paulina, su voz ahogada por el estruendo espiritual.

Me dirigí hacia el otro extremo del escenario, donde un viejo piano vertical, el mismo que Mateo solía usar, había sido colocado por sus instrucciones previas. Me senté. Mis ojos completamente blancos no veían las teclas, pero mi espíritu conocía cada milímetro de la madera.

—Tú tocas para el mundo, Adrián —dije, mis dedos rozando las teclas—. Yo toco para Aquel que hizo el sonido.

Comencé mi contraataque. Mis manos se movían con una velocidad que desafiaba la física. Respondí a sus disonancias con una progresión armónica de quintas perfectas, frecuencias de 432Hz que buscaban estabilizar el aire. La sala se convirtió en un campo de batalla invisible donde las ondas de sonido chocaban como espadas de luz contra muros de sombra.

Cada vez que Adrián intentaba "cerrar" el portal del alma de Paulina con sus notas oscuras, yo abría una brecha con un acorde mayor. Mis dedos sangraban, la piel trigueña de mis yemas rasgándose contra el marfil de las teclas, pero no sentía dolor. El ayuno me había vaciado de mí mismo para que la música fuera pura autoridad.

El Espejo Roto

La batalla alcanzó su clímax. Adrián, frustrado por mi resistencia, comenzó a cantar una invocación en una lengua muerta. Las sombras en las esquinas del conservatorio cobraron vida, arremolinándose alrededor de Paulina para arrastrarla de nuevo al abismo.

—¡Francisco, no puedo más! —gritó ella, y vi cómo su aura morena empezaba a parpadear, perdiendo su brillo.

En ese momento, dejé de tocar música. Me puse de pie, mis manos extendidas hacia el piano de Adrián. Invoqué toda la energía acumulada en mis siete años de soledad, de oración y de entrenamiento.

—¡SILENCIO! —grité, y mi voz no fue humana. Fue una frecuencia de choque que hizo que todas las cuerdas del piano de cola de Adrián estallaran al mismo tiempo.

El estruendo fue ensordecedor. Adrián fue lanzado hacia atrás por la onda expansiva, golpeando la pared del escenario. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier ruido. El foco de luz sobre él se apagó, dejándolo en la verdadera oscuridad.

La Caída del Arquitecto

Me acerqué a Paulina y la levanté. Ella temblaba, pero su luz estaba intacta. Adrián, herido y con su traje destrozado, nos miraba con un odio infinito. Su poder, basado en la manipulación de la imagen y el sonido, se había quebrado ante la verdad de un hombre que no necesitaba ver para creer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.