El primer impacto no fue visual, sino sensorial. Al abrirse las puertas del avión en Maiquetía, el aire denso, cargado de salitre y de ese calor húmedo que solo Venezuela posee, me envolvió como un abrazo largamente esperado. A mis cuarenta años, mi cuerpo trigueño reaccionó con una oleada de vitalidad; mis poros, cerrados por el frío gélido de Toronto, se abrieron para beber la humedad del Caribe.
Paulina me guiaba del brazo con una delicadeza que ya no era de enfermera, sino de compañera de armas. Caminábamos por el pasillo del aeropuerto y, aunque mis ojos seguían ocultos tras las gafas oscuras y sumidos en esa penumbra blanca, sentía que la tierra misma me reconocía. El "don" vibraba de forma distinta aquí: menos defensivo, más conectado con la vida que bulle en cada rincón de este valle.
—Francisco, el cielo está de un azul que duele —susurró Paulina, y sentí la vibración de su emoción en mi brazo—. Las montañas están tan verdes que parecen brillar. Desearía que pudieras verlo.
—Lo veo a través de ti, tontica —respondí, apretando su mano—. Tu voz tiene el tono exacto de ese azul.
El Refugio de la Costa
No nos quedamos en Caracas. El ruido de la capital y los ecos de la ambición de Adrián todavía flotaban en el ambiente como cenizas radioactivas. Tomamos un vehículo hacia la costa de Aragua, hacia un pequeño pueblo de pescadores donde la montaña cae directamente al mar. Allí, en una casa de piedra y madera que Paulina había adquirido bajo un nombre anónimo, el centinela y su musa buscarían el descanso definitivo.
La casa olía a madera de cedro y a flores de malabar. Al entrar, sentí cómo el peso de los siete años de guerra espiritual finalmente se deslizaba de mis hombros. Paulina me llevó hasta una terraza que daba al océano. El rugido rítmico de las olas era la frecuencia más pura que había escuchado en mi vida; una música compuesta por el Creador que no necesitaba afinación ni piano.
—Siéntate aquí —me dijo, acomodándome en una hamaca de hilos gruesos—. El sol va a empezar a bajar. Mateo dijo que la luz de este lugar tiene propiedades que el norte no conoce.
El Primer Milagro de la Luz
Me quedé solo en la terraza mientras Paulina preparaba algo de comer. Comencé mi meditación, pero esta vez no busqué combatir sombras ni elevar muros de protección. Simplemente me abrí al entorno. Dejé que el calor del sol poniente golpeara mis párpados cerrados.
De repente, una punzada de dolor agudo atravesó mis orbes blancos. Fue como si una aguja de fuego rozara mis nervios ópticos. Instintivamente, me quité las gafas.
—Cuerpo, aguanta —murmuré, apretando los puños.
Abrí los ojos. Al principio, solo hubo el blanco cegador de siempre. Pero entonces, una mancha de color naranja intenso empezó a filtrarse por la periferia de mi visión derecha. Luego, una línea de azul cobalto que se movía rítmicamente. Mis pupilas, que habían permanecido dilatadas y estáticas durante semanas, reaccionaron con un espasmo doloroso.
No veía con nitidez, pero veía la luz. Veía el contorno de la barandilla de madera y la masa infinita del mar.
—¡Paulina! —grité, y mi voz se quebró por la emoción.
Ella salió corriendo a la terraza, con las manos todavía húmedas. Al verme sin gafas, con los ojos llorosos y fijos en el horizonte, se quedó paralizada.
—Francisco... tus ojos... están cambiando de color otra vez —dijo, acercándose lentamente.
—No veo tu rostro todavía, tontica... pero veo el sol —sollocé, dejándola abrazarme—. Veo la luz que me prometiste que volvería.
El Último Residuo del Pasado
La paz, sin embargo, fue interrumpida por una sensación familiar. En la entrada de la propiedad, un coche se detuvo. El "don" me advirtió de una presencia, pero no era la oscuridad de Adrián ni la histeria de Elena. Era algo más pesado, algo burocrático y frío.
Paulina se puso de pie, su aura tornándose protectora de inmediato. Un hombre vestido con un traje gris, demasiado formal para la costa, caminó hacia nosotros sosteniendo un maletín de cuero. Era el abogado de la familia, el último eslabón de la antigua vida de Paulina.
—Señorita Paulina, lamento interrumpir su retiro —dijo el hombre con una voz monótona—. Pero hay documentos que requieren su firma definitiva. Su madre ha renunciado legalmente a todas sus propiedades y derechos en Venezuela. Usted es ahora la única dueña de la corporación.
Paulina miró los papeles y luego me miró a mí. Yo, todavía con la vista nublada por el milagro de la luz, sentí que este era el momento final del Capítulo 15.
—No quiero la corporación —dijo ella con una autoridad que no dejaba lugar a réplicas—. Liquide todo. Cree un fondo para la escuela de música que Francisco y yo vamos a fundar aquí, en la costa. Mi imagen ya no vende perfumes ni ropa; ahora mi imagen le pertenece a la libertad.
El abogado asintió, visiblemente sorprendido, y se retiró. El último hilo legal se había cortado.
La Promesa Consumada
Esa noche, bajo un cielo estrellado que yo podía percibir como pequeños puntos de energía pura, nos sentamos frente al mar. Mis manos trigueñas ya no temblaban; estaban listas para volver a tocar, no para la guerra, sino para la celebración.