El pueblo de pescadores despertó con su habitual ritmo de motores de lancha y gritos de gaviotas, pero para mis sentidos, el aire tenía un peso distinto. Sentado en el porche, realizaba mi rutina de respiración profunda. A mis cuarenta y un años, mi cuerpo trigueño se sentía como un arco tensado; la visión en mi ojo izquierdo, ese pequeño milagro de luz que recuperé tras romper el filtro de Adrián, me permitía ver el mundo como a través de una gasa húmeda.
Fue entonces cuando la percibí. No era una frecuencia agresiva como la de los sicarios de Caracas, sino una energía cansada, cargada de un secreto que olía a antiséptico y a papel viejo. Una mujer de edad avanzada, vestida con un traje de lino beige que no encajaba con la humedad del trópico, subía lentamente la pendiente hacia la Fundación.
El Rostro del Pasado
Paulina salió a mi encuentro, secándose las manos en su delantal. Al ver a la mujer, se detuvo en seco. Su aura morena experimentó una fluctuación de sorpresa y un miedo infantil que creí haber desterrado en Toronto.
—¿Marta? —susurró Paulina.
La mujer se detuvo a pocos metros. Sus ojos eran pequeños y acuosos, rodeados de una red de arrugas que hablaban de décadas de observar el dolor ajeno.
—Paulina... niña mía. Te has hecho mujer bajo una sombra muy larga —dijo la mujer con una voz rasposa—. Me enteré de que habías vuelto. Me costó encontrar este lugar, pero el ruido que hicieron anoche al romper el Sello de Madera se escuchó hasta en mis sueños.
—Francisco, ella es Marta —dijo Paulina, buscándome con la mirada—. Era la jefa de enfermeras de la Academia en Caracas. Ella fue quien me curaba las manos cuando... cuando Adrián me obligaba a practicar hasta sangrar.
El Secreto de la Celda 402
Invitamos a Marta a pasar a la biblioteca. El Padre Mateo siempre decía que el diablo está en los detalles, y Marta traía consigo un maletín de cuero desgastado que parecía contener una vida entera de detalles prohibidos.
—Vine porque Elena ha roto el silencio en Italia —dijo Marta, aceptando el café que Paulina le ofrecía con manos temblorosas—. Ella cree que está protegida en ese convento, pero no entiende que Adrián no era el dueño de la corporación. Él solo era el administrador de una "entidad" más grande. Una que tiene nombres en las cuentas bancarias de media Europa.
—¿De qué estás hablando, Marta? —pregunté, mi voz resonando con la autoridad del centinela—. Adrián fue derrotado en Toronto. Su piano fue destruido.
—Destruyeron el brazo, no la cabeza —respondió la enfermera, abriendo su maletín y sacando una carpeta con el logo de la antigua Academia—. Paulina, cuando estabas en el hospital en Nueva York, en la celda 402, ¿alguna vez te preguntaste por qué los medicamentos que te daban no tenían etiqueta?
Paulina palideció.
—Eran vitaminas, decían ellos... para mantener mi piel perfecta.
—Eran sueros de "conducción" —sentenció Marta—. Querían convertir tu sistema nervioso en una fibra óptica para el espíritu. Adrián no quería solo tu alma; quería usar tu fama mundial para transmitir una frecuencia específica a través de las pantallas de televisión cada vez que salieras en un desfile. Una frecuencia que induce a la depresión y al consumo.
El Gran Diseño
Me puse de pie, sintiendo una furia fría. Mi barba plateada parecía vibrar. El plan de Adrián era más ambicioso de lo que imaginamos: no era solo un ataque personal a Paulina, era un experimento social a escala global usando la belleza como arma.
—Pero el vínculo se rompió —dije.
—Se rompió el vínculo con Adrián —corrigió Marta, señalando una foto en la carpeta—. Pero la "Entidad" ha enviado a alguien más. Alguien que no usa pianos, sino tecnología. Mientras hablamos, hay una nueva agencia de modelos abriéndose en Caracas, financiada por los mismos fondos que alimentaban tu hospital. Se llama Lux Nova. Y su nueva "estrella" es una chica que encontraron en un orfanato... una chica que tiene tu misma configuración espiritual, Paulina.
La Decisión de la Modelo
Paulina miró por la ventana hacia el mar. La paz que habíamos construido en el Capítulo 18 se sentía ahora como un castillo de arena frente a una marea negra que volvía.
—Quieren repetirlo —murmuró ella—. Quieren destruir a otra niña para alimentar su maquinaria.
—No lo permitiremos —dije, poniendo mi mano trigueña sobre su hombro—. Ya no somos dos fugitivos. Somos el exorcista y la modelo que conocen el sistema desde adentro.