El regreso a Caracas no fue la entrada triunfal de dos sobrevivientes, sino la infiltración silenciosa de dos espectros. El aire de la capital, cargado de humo y del rugido constante de las autopistas, chocaba violentamente con la paz que habíamos cultivado en la costa. Nos alojamos en un hotel discreto bajo nombres falsos, preparando el terreno para la gala de inauguración de Lux Nova.
A mis cuarenta y un años, mi cuerpo trigueño se sentía más ágil que nunca, pero mi relación con el mundo físico era cada vez más etérea. Mi ojo izquierdo me devolvía una visión de contornos suaves, como si viviera en una pintura impresionista, mientras que mi ojo derecho seguía sumergido en el blanco absoluto del espíritu. Para el mundo, yo era Luis Gonzalez, un acaudalado mecenas de las artes que había perdido la vista en un trágico accidente; para Paulina, yo era el centinela que podía oler la mentira antes de que se pronunciara.
La Armadura de Seda
—¿Estás lista, tontica? —pregunté, ajustando mi corbata negra. Mi traje de gala, cortado a medida para ocultar la potencia de mis hombros forjados en calistenia, se sentía como una piel extraña.
Paulina salió del vestidor. No era la mujer desaliñada de la playa. Llevaba un vestido de terciopelo azul noche que envolvía su figura morena con una elegancia que recordaba sus días de gloria en París. Pero había una diferencia: sus ojos ya no proyectaban la vacuidad de la modelo-objeto, sino la chispa de una guerrera.
—Me siento como si estuviera entrando de nuevo en el psiquiátrico, Francisco —dijo ella, su voz vibrando en la habitación—. El perfume de esta gente... huele a la misma ambición que nos destruyó.
—Hoy el perfume lo ponemos nosotros —respondí, dándole mi brazo—. Recuerda lo que dijo Marta: Lux Nova no es solo una agencia. Es una antena. Vamos a buscar la fuente de la transmisión.
El Escenario del Engaño
La gala se celebraba en una quinta colonial restaurada en el Country Club. El lujo era asfixiante: lámparas de cristal, mármol italiano y una seguridad privada que nos escaneó con una eficiencia que me recordó al hospital de Nueva York. Al entrar, el "don" me golpeó como un mazo. El salón no estaba iluminado solo por bombillas; había una red de frecuencias infrasónicas que hacían que el vello de mi nuca se erizara.
—No mires directamente a las cámaras, Paulina —susurré mientras caminábamos por la alfombra roja—. Están usando tecnología de reconocimiento de aura, no solo de rostro. Mantén tu frecuencia en el tono de la "indiferencia".
Caminamos entre la élite caraqueña, gente que sonreía con dientes de porcelana mientras sus almas emitían un tono grisáceo de aburrimiento y envidia. Entonces, en el centro del salón, lo vimos. O mejor dicho, lo sentí.
La Sombra de la Estrella
Un grupo de hombres con trajes oscuros rodeaba a una joven. Era la chica de la que Marta nos había hablado. Se llamaba Aranza. Al verla a través de mi neblina dorada, sentí un escalofrío. Era el vivo retrato de Paulina a los dieciocho años: la misma piel morena, la misma estatura, pero su mirada estaba "vaciada". No había nadie al volante en esos ojos.
—Es ella —murmuró Paulina, apretando mi brazo hasta hacerme daño—. Francisco... tiene mi marca. Siento el mismo frío en mi pecho que sentía cuando Adrián me tocaba.
A pocos metros de Aranza, un hombre alto, de unos cincuenta años, con una barba perfectamente recortada y ojos que brillaban con una inteligencia técnica fría, observaba la escena. No era un místico como Adrián; era un ingeniero de la percepción. Su nombre, según la invitación, era Julian Vane.
El Primer Contacto
—Señor Gonzalez, qué honor tener a un mecenas de su talla aquí —la voz de Vane era suave, modulada para generar confianza instantánea. Se acercó a nosotros, ignorando momentáneamente a los demás—. Y usted debe ser su acompañante. Me resulta extrañamente familiar, aunque no logro ubicarla.
—El arte tiene muchas caras, señor Vane —respondí, mis ojos blancos ocultos tras unas gafas de sol ligeras—. Mi asistente y yo estamos interesados en proyectos que trasciendan lo visual. Nos han dicho que Lux Nova busca algo... profundo.
Vane sonrió, pero su aura no cambió de tono. Era un bloque de hielo.
—Buscamos la perfección de la señal, señor Gonzalez. La belleza es el vehículo, pero el mensaje es la estabilidad. Aranza es nuestro prototipo más avanzado.
En ese momento, Aranza nos miró. Sus ojos conectaron con los de Paulina por un microsegundo. Vi cómo una chispa de luz roja, la misma que yo emanaba durante mis exorcismos, saltaba entre ambas. Paulina tambaleó.
La Grieta en la Gala
Un sonido agudo, como el de una copa rompiéndose pero en una frecuencia ultrasónica, resonó en el salón. Las luces parpadearon. Vane se tensó, mirando hacia los paneles técnicos ocultos tras las cortinas.
—Parece que tenemos una interferencia —dijo Vane, su voz perdiendo un poco de su modulación—. Si me disculpan.
Se alejó rápidamente hacia Aranza. Paulina respiraba con dificultad.
—Francisco... ella me pidió ayuda. No con palabras... me lo gritó con su espíritu. Está conectada a algo bajo el suelo de esta casa.