Rhea
El bosque está de acuerdo con el mundo en estos días, porque parece que ambos me detestan.
No he salido para nada del bosque sin compañía en unos buenos meses, y ahora que el sol está en lo alto es de lo más complicado ubicarse.
Veo borroso y creo que se debe a la falta de sueño. Ayer pasé recorriendo el bosque entero sin éxito, pero apenas amaneció hoy me he vuelto a poner en marcha. Todavía no sé hacia dónde me dirijo, pero no es tan irracional decir que hacia mi fin.
Me dirijo al este, pero es un gran problema considerando el tiempo que nos tomó llegar hasta ahí la última vez.
No tengo mucho problema con los viajes, ni los tuve en su momento, pero ahora es frustrante pensar que es lo único que puedo hacer.
Después de mediodía a caballo, puedo decir que me he vuelto una jinete más decente que al principio. Esas lecciones nunca las tomé, y nunca se vieron necesarias.
El bosque se mueve a su ritmo como siempre, y los pinos se ven cada vez más juntos, creo yo a causa del cansancio que llevo conmigo. Es como si hubiera estado caminando en círculos, pero sé que no es verdad. El campamento quedó terriblemente atrás porque ya ni siquiera veo la cascada ni la escucho.
No tengo idea de en dónde estoy.
La luz del sol ilumina el rocío de las hojas, y poco a poco me devuelve las fuerzas de seguir avanzando.
Me detengo cuando veo un arroyo, y el caballo blanco bebe agua de ahí. Yo prefiero lavarme un poco, atenta a cualquier ruido en el sitio.
Una vez que me ato el vestido de nuevo sobre la bata de lino, me dispongo a continuar hasta que un grito llega de cerca y casi me hace resbalar del caballo.
No suena a una voz conocida, así que decido caminar con una mano sujetando las riendas del caballo para no hacer tanto ruido al cabalgar.
Me asomo junto a un pino, tratando de enfocar la vista.
—¡No es posible que se comporten así! —hay una chica, una chica de cabello azabache recogido en un moño bajo. Suspira con frustración—. ¡Tenemos que llegar en medio día!
Una carroza bastante distinta a las que alguna vez he visto está detrás de ella mientras se pelea con quien supongo debe ser su conductor. Parece lujosa. Una rueda se ha salido de su sitio y el hombre trata de recolocarla al tiempo que tranquiliza a la señorita. Inútilmente, por supuesto.
—¡¿Qué harás para enmendar esto?! ¡¿Eh?! —sigue, histérica. Su fino vestido rosa está empapado de fango en la parte inferior mientras toma las riendas de un caballo. La carroza sólo tiene uno y hay un sitio vacío donde supongo antes había otro.
Miro a mi espalda, sopesando las posibilidades. No sé a dónde se dirija esta chica, pero cualquier sitio parece una buena opción para estos momentos.
Desde que conocí al Grupo Escarlata el orgullo se me ha escapado entre las manos cada dos días, así que este no podría ser excepción. Me aliso el cabello sobre los hombros, avanzando entre los árboles con cautela.
—Hola... —empiezo, tratando de sonar tranquila al tiempo que me acerco—. Señorita, permítame ayudarle.
Al verla de cerca contemplo su rostro fino, y veo que tiene más o menos un par de años más que yo. Ato bien las riendas con las que había estado peleando, y noto que me mira con admiración. Me inclino junto a su ayudante y de algún modo recuerdo cómo deberían ir las ruedas, Nevyan la cambió junto a Dewell en nuestra parada en Ciudad Carta. La ajusto, y pronto la madera oscura hace un sonido que indica el éxito. Me olvido de las astillas, poniéndome en pie.
—Impresionante —dice la señorita, sorprendida. Uno de sus guantes de encaje se posa en el cuero de las riendas—. He estado peleando contra esta bestia toda la mañana y ni hablar de su igual.
—No es una bestia —murmuro, acariciando al caballo café cuando llego a su lado. Sonrío al ver que mi nudo es perfecto. Me vuelvo hacia la chica, avergonzada—. Un placer. Me llamo Rhea.
—Reverie Elsher —me tiende la mano, y la aprieto controlando la fuerza. Suspira, mirándome con curiosidad—. ¿De dónde vienes, chica?
—Eh... Trataba de hallar el camino al este. Desde hace un par de días.
—Coincidencia, porque me dirijo al este. Si es que Dexter no me mata primero, claro.
—Señorita, las ruedas no estaban del todo ajustadas... —empieza, pero ella lo calla al levantar un poco la mano con fastidio.
—Ella la ajustó en dos segundos, no seas ridículo. Y tampoco voy a permitir que me lleves de vuelta, conduces fatal.
—Podría llevarte —ofrezco, comenzando a atar mi propio caballo a su carroza—. Te hacía falta uno, ¿verdad? Sólo guíame y llegaremos más pronto de lo que piensas.
—¿Por qué te ayudaría? —murmura, pero dentro de poco se ríe de forma sincera—. Adelante, me hacía falta compañía.
Esbozo una sonrisa mientras me pongo en el asiento del conductor al tiempo que el anterior se sitúa en una tabla para llevar cargamento, detrás de donde viajan los pasajeros.
Hay una ventana con cortinas a mi espalda para ver ese sitio, y dentro de poco Reverie se asoma para darme instrucciones.
—¿Qué harás cuando llegues al este? —pregunta un buen rato después, intrigada—. Yo pienso reabrir una tienda de telas, la dejé hace bastante.
—¿Una tienda? —repito, sorprendida sin apartar la mirada del camino—. ¿Quieres decir que es tuya?
—Bueno, algo así. Es de mi familia, pero yo estoy al mando. Mi hermano es un tonto para los negocios, así que yo soy la que administra.
El bosque se extiende ante mí evocando recuerdos conforme avanzamos, y no puedo evitar pensar en ese primer viaje en el que recién me unía al campamento.
—¿Tú a qué vas? —repite.
—Yo... supongo que encontraré un trabajo —digo, sin saber por qué no parece importante decir la verdad—. Después de todo es más sencillo que en los demás alrededores. Ciudad Carta, por ejemplo.
—¿Has estado por ahí? —la emoción se trasluce en su voz cuando se acomoda en la ventanilla para apoyar los codos—. Vivo en esa ciudad y jamás te había visto.