La monarca de Poregrath

2

Rhea

Reverie sigue alisando las telas nuevas que le han traído esta mañana al enterarse de su regreso, y yo me siento un poco mejor después de una semana aquí con ella.

Quizá sea porque he tenido que organizar joyas que van muy bien con las telas, son las que pronto estarán en el centro de broches de todo tipo, pero mi tarea es ordenarlas todas en cajones pequeños detrás del mostrador sobre el que están esparcidos muchos más botones.

—¿Cómo vas? —me pregunta Reverie, pasando por mi lado para ir por cintas para atar su nueva mercancía—. ¿Ya casi?

—Ya casi —coincido, cerrando un cajón lleno—. Te enviaron todo en desorden, de verdad.

La tienda es mucho más lujosa de lo que uno esperaría al verla por fuera. Hay demasiados estantes en los que puedes distraerte, pero el blanco no reina del todo en las paredes. Igual tiene uno que otro toque menta.

Hoy Reverie me ofreció un vestido rosa pálido, parecido al suyo, así que he tenido que usarlo. No es que no me guste, pero se siente fuera de lugar. Como sea, le agradezco todo lo que ha hecho por mí.

Incluso me dejó darle mi opinión sobre como debíamos colocar los tubos de tela cerca de la vitrina, y ha sido un completo éxito. La tienda está casi llena, y todos le hacen pedidos que atiende al instante. Mi lugar está cerca de la escalera hacia los distintos cajones. La pared los tiene hasta el techo.

Algunas personas sólo vienen a recoger encargos, que según Reverie me contó, le hicieron cuando estaba de viaje en el pueblo de Poregrath, comprando más telas. Nunca he estado ahí, pero se oye un buen lugar si tiene tanta variedad de piedras preciosas, que también compró junto con las telas.

La campana de la entrada suena otra vez y bajo al instante de la escalera con anteriores pedidos.

—Pero mira a quién tenemos aquí —un hombre me mira desde el otro lado del mostrador con diversión.

Lo reconozco al instante y no hace falta decir que es recíproco. Stelian.

—¿Qué desea? —murmuro, tratando de desviar la atención de mi cara.

—Oh, no puedo creerlo —sigue, llamando la atención de la chica que lo acompaña—. ¿La ves, cariño? Ella era la pareja del amante.

¿Amante?

—Le pediré que se retire si no piensa hacer más que insultarnos —pide Reverie al notar mi inquietud. Está junto a mí de repente, pero me niego a bajar la mirada.

—¿Ya se cansó de ti? —pregunta Stelian, sonriendo—. ¿Cómo terminaste aquí, linda? ¿Te cambió por un par de telas, es eso?

Se ríe de mí junto con esa chica.

Yo no tengo ánimos de escuchar reír a nadie.

Es como un sonido que dudo volver a oír salir de mí pronto, y detesto que eso les complazca.

Aun con la mano enguantada en encaje blanco, echo el puño hacia atrás y se lo estrello en la nariz.

Salgo de detrás del mostrador para encararlo, furiosa.

—¡¿Quién eres para burlarse de mí?! —exijo saber, empujándolo con ambas manos—. ¡Respóndeme, idiota!

—¡Eres una salvaje! —me grita su acompañante, pero eso me hace sonreír.

Nunca había sonreído por molestia.

—Te diré algo, farsante —escupo al comerciante, que se sostiene la nariz ahora amoratada—. Sé usar mejor una espada que tú la mano derecha, así que sal de aquí antes de que decida demostrártelo. Idiota de segunda.

—Rhea... —empieza Reverie, pero la voz de ese hombre resuena en toda la tienda primero.

—Tú eres una farsante —Stelian habla con voz nasal, lo que provoca mis risas—. ¡Farsante!

—¡Idiota de segunda! —repito con asco—. Sal de aquí ahora. ¡Ahora!

—No te haces un favor siendo...

—¡¿No me escuchaste?!

Termina por pasar por mi lado hacia la puerta, y la rubia que venía con él me da un codazo antes de seguirlo.

Idiotas.

Todos son idiotas.

Y todos quieren burlarse de mí. Siempre se ha tratado de eso. Porque no estaba al mando de nada.

—¿Estás bien? —Reverie me pone una mano en el hombro, riendo un poco—. ¿Rhea?

—Estoy bien —asiento, pero mi sonrisa es distinta a la suya.

Creo que tengo algo nuevo que hacer.




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