La monarca de Poregrath

3

Rhea

—Cuando dijo eso de que eras pareja de un amante recordé una historia bastante antigua, pero dejó de serlo en estos días.

La voz de Reverie me llega desde la cocina, mientras prepara el almuerzo. Yo ayudo con el té, pero al escucharla casi tiro la tetera.

—¿Sí? —murmuro, llevando las tazas a la mesa—. ¿Sobre qué?

—Bueno, era un rumor más que una historia —coloca el plato de ensalada frente a mí, y la verdad se me hace raro comer algo así después de tantos días en el campamento. Se sienta frente a mí, comenzando a comer—. La princesa del reino tenía un amante.

La miro con desconcierto que pronto se convierte en una risa.

—¿Hablas del cuento del ladrón y la princesa?

—No, no. La princesa Asterin —replica, divertida—. ¿Nunca oíste hablar de ella? Se casó con un príncipe de otro reino, no recuerdo cuál. El caso es que incluso después de casarse seguía viéndose con un chico del pueblo.

Me quedo en silencio, recordando de golpe quién me había dicho ese nombre antes.

—¿Quién era ese chico? —murmuro, dejando de lado la taza de té luego de beber de ella—. Suena a alguien muy valiente.

—Oh, no estoy muy segura. Dicen que era amigo suyo, de cuando eran pequeños. ¿O era del príncipe? No lo sé. El hermano de Asterin, el príncipe heredero, era el mejor amigo de ese chico. Por eso se logró acercar tanto a ella. Dicen que hace un par de días llegó un nuevo capitán al palacio, y desde que salí del pueblo hasta llegar a aquí al menos una persona dice que podría ser su tal amante. Es decir, ¿quién entra al palacio así sin recomendación?

No puede ser lo que estoy pensando. Es ridículo.

Sonrío, negando.

—Ojalá alguien me quisiera tanto como para arriesgarse así por mí —Reverie suspira, jugando con una servilleta—. La última vez que tuve pareja se siente como hace una década.

—¿Eso por qué?

—Bueno, iba a casarme —murmura, claramente recordando con fastidio—. Pero él me quería por mi dinero, vaya sorpresa.

—No puedo creer que eso te ponga triste —replico, divertida—. Lo tienes todo, ¿qué más da?

—Hay cosas que el dinero no compra, después de todo. ¿Quién era tu pareja? Si es que lo que dijo Stelian es cierto, claro. Sí es cliente frecuente, pero no conocía su lado hablador.

Lo pienso.

Lo pienso de verdad.

—Es un hablador —termino por decir, recordando mi conversación con Viverette hace mucho tiempo.

Declan sabía un secreto de Cassander, igual que Viverette. Ambos no me contaron nada sobre eso, pero tampoco pregunté mucho.

La única pista que tengo es... la pelea que esos dos tuvieron al salir de la casa en Ciudad Carta.

Trato de recordar cómo fue exactamente que comenzó, pero los recuerdos que tengo siempre son después de que iniciaran a gritarse.

Estoy perdida.

—¿Qué pasó con el chico de tu historia? —pregunto, desviando la conversación con interés—. ¿Alguien supo algo más de él?

—Tuve una amiga hace mucho tiempo que lo conocía —admite, bebiendo con cuidado de la taza de porcelana—. Tiempo después se fue del pueblo, su padre era un comerciante. Tenían un grupo comercial, algo así. Al menos eso es lo que dicen.

—¿Un... grupo comercial? —repito con el corazón en un puño—. ¿Cómo se llamaba ese chico?

—No lo sé. Dudo que nadie sepa, Rhea. Es un secreto hasta hoy todo lo relacionado a él, la gente sólo conoce la historia por retazos. Algo que todo el mundo sabe es que la princesa lo engañó por completo. Mi amiga dijo una vez que envió guardias a su casa para avisarle que debía escapar porque la princesa había muerto y lo creerían culpable. No me preguntes por qué —añade con un gesto sombrío—. Pero sí fue algo injusto.

—¿Injusto por qué? —murmuro luchando contra la idea más ridícula que he tenido durante todo este tiempo.

—Porque era un par de años menor que ella. Ya sabes, se divirtió con él y ya.

Me quedo callada, tratando de unir hilos sueltos que no han hecho más que enredarse.

—La siguiente semana tenemos una parada justo ahí, en Poregrath —Reverie habla con emoción al tiempo que me sirve más té—. Si quieres ir, por supuesto. Llevaremos joyas y telas al proveedor del palacio. Y ya no tendrás que conducir, por supuesto. Ahora somos socias. Gracias a ti nadie más le comprará nada a Stelian y yo seré más confiable cuando se trate de joyas.

Choca su taza con la mía, y la imito. Tengo demasiado en que pensar y tan poco tiempo libre...

—¿Entonces es mentira? —insiste, intrigada—. ¿No tienes pareja?

Dejo la taza a un lado, sonriendo un poco.

—Tenía.

Tenía, porque me dejó una nota antes de irse por la princesa.




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