La monarca de Poregrath

5

Rhea

Dos horas de viaje se han convertido en una tortura. No tengo idea de cuánto tiempo he estado mirando por la ventana, pero ahora podría decir que ha sido la última hora desde que Reverie decidió ponerse a leer.

Me ofreció un libro, claro, pero cada vez que la carroza se golpea siento nauseas al mirar las letras.

Ya las tengo sin ni un solo libro, pero qué puedo decir al respecto.

Apenas dejamos el pueblo atrás se ve un largo camino lleno de baches que me hace reconsiderar la opción de ir a pie. La economía de Poregrath no es la mejor, y eso ya lo sabía. Pero extrañamente, no se molestaron nunca en hacer cosas tan sencillas como cubrir baches.

Hace mucho tiempo cuando vivía aquí, las calles no eran tan malas. Hoy, que rodeamos la zona en que vivía a propósito, puedo decir que la calle está completamente acabada.

Lo cual es una locura comparado con la fortaleza que es el castillo una vez que es visible.

Piedra labrada, una estructura de lo más antigua pero elegante. Docenas de reyes han gobernado el reino desde esas paredes, y ahora estamos cada vez más cerca.

Cuando la carroza se detiene por la entrada de servicio, descargan todas las telas y las joyas. Más adelante, en la entrada principal, nos dan la bienvenida.

Yo no puedo creer que esté pisando los escalones que llevan al castillo de la familia real, pero estoy justo ahí.

Llevo en las manos un par de cajas para enseñar joyas, igual que Reverie. El resto de las cosas está siendo transportada hasta el salón del trono.

Los sirvientes nos reciben y es una chica en particular la que nos guía a través de los salones de piedra, con paredes con cuadros y tapetes de terciopelo rojo.

De repente, Reverie me hace detenerme unos pasos detrás de ella.

Tenemos los tronos frente a nosotros y de haber sido hasta hace unos meses, para este momento tendría la vista clavada en el piso. Ahora miro a los monarcas frente a nosotros.

La princesa Asterin y su esposo el príncipe Hael.

Ella, un ángel en persona. Su vestido blanco de seda llega hasta el piso, con un escote de corazón y un chal sobre los hombros. El príncipe luce las medallas militares en una cinta roja sobre su traje gris, y su porte en verdad no es el de un militar. No sabría explicarlo.

Reverie da un paso al frente, ambas vistiendo los vestidos azules celeste que insistió en mandar a confeccionar para la ocasión.

—Sus majestades —Reverie se inclina, indicándome hacer lo mismo—. Soy Reverie Elsher, me pertenece a la tienda Seda Celeste, en la avenida principal. Es un honor.

—Es un honor —asiente la princesa, no sin dejar de escrutarla con sus ojos azules. El delineado negro le da un aspecto sofisticado, pero ella en sí lo es. Sonríe—. Acérquense, necesito sorprenderme.

Nos detenemos a unos pasos de los escalones hacia los tronos, en donde comienza la alfombra rojo vino.

Según lo que practicamos, yo enseñaré las turquesas después de que Reverie termine con los diamantes y rubíes, pero los primeros llaman la atención de la heredera.

—¿Son de calidad? —pregunta su esposo, hablando por primera vez desde que entramos.

Mi amiga asiente, enseñándoles por fin las piezas rojas.

La princesa se ve encantada con las joyas, y se prueba los pendientes rojos una y otra vez mientras se mira en el espejo que le sostengo de forma tradicional. Sólo se me ha permitido acercarme tanto a ella por eso.

—Necesito la cuenta —anuncia, mirando de repente a su esposo—. ¿No crees que es fascinante, amor mío?

Él asiente, mirando el collar de corazón que ha elegido. Lo sostiene de la cadena plata mientras mira la luz reflejada en él.

Reverie me pide los precios y saca un cuaderno.

Hasta que decido decir el total por absoluta costumbre.

Ahora sí miro hacia el piso, avergonzada.

—Eres una pequeña genio —la princesa tiene un brillo en sus ojos mientras me habla, sonriendo con la altivez de una princesa—. Lástima que no se viva nunca de serlo.

Me quedo mirándola un rato, pero logro modular mi expresión para que mi irritación parezca curiosidad.

Hasta que ella aparta la mirada. Y suelta un grito que nos hace girarnos, pues estábamos a punto de irnos.

—¡Eres una escoria! —le grita a Reverie, que está tan sorprendida como yo—. ¡Total incompetencia!

—En su caravana venden imitaciones, ¿señorita Reverie? —le pregunta el príncipe, divertido.

—¿Perdona?

La expresión de Reverie debe ser por la minimización de su tienda, claro, pero poco a poco cambia y no lo entiendo.

—¡Es todo culpa del proveedor! —dice, y de repente su voz suena a una súplica—. Por favor, majestad…

Un par de guardias caminan hacia ella siguiendo las órdenes del príncipe, y yo contengo la respiración. Esto está pasando de verdad, no estoy imaginándolo.

—¿Qué…? —empiezo, cuando de repente están sacando a mi amiga mientras grita por ayuda. Se dirigen pasillo abajo. Me vuelvo hacia el príncipe, desesperada—. Su alteza, le aseguro que no vendemos imitaciones, ella sólo…

—Tú también eres una sucia ladrona —la princesa se levanta del trono, apuntándome con un dedo—. No sólo querías mi dinero, cariño. No has dejado de mirar a mi esposo desde que entraste en el salón.

—Eso no es…

—¡Quítate de mi alfombra! —grita, y retrocedo por una única razón: un guardia me obliga a hacerlo. Forcejeo contra él, y pronto llama a otros más—. Más tarde me ocuparé de ti, ladrona.

—¡Es un error! —replico, tratando de quitarme las manos de encima de los hombros. Por fin miro a esta mujer a los ojos, está divirtiéndose bastante.

La furia que siento no es medible. No paro de forcejear, porque estoy harta de huir.

Hasta que me colocan un pañuelo contra la nariz, y sólo tengo una última visión del salón del trono: un muchacho pelirrojo vestido con el uniforme negro de un soldado que corre hacia mí desde donde montaba guardia al otro lado del lugar.




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