Rhea
No puedo respirar.
Esta vez no se trata de humo.
Simplemente no puedo respirar, tengo que quitarme la tela que me ataron.
Sé que es una tela.
Cuando abro los ojos, estoy entre tres paredes de piedra de lo más desgastadas y barrotes gruesos y oxidados. Miro hacia todos lados, no puedo creerlo. Ni siquiera hay una ventana.
Forcejeo para quitarme la soga de las manos, por segunda vez en mi vida. Esta vez no hay nadie aquí para ayudarme.
Después de tanto tratar, logro bajar la tela y respiro de nuevo, jadeante.
Miro por todos lados en la celda, y noto un catre partido a la mitad. Realmente estoy en el calabozo del castillo.
—¡Rhea! —grita Reverie en la celda frente a mí, seguro lleva mucho más despierta que yo. Un sollozo la sacude cuando cruzamos miradas—. Lo siento mucho, Rhea. Yo no sabía que eran falsos, te lo prometo…
—Te creo —asiento, acercándome a los barrotes—. Te creo, Reverie.
—Por favor no te olvides de mí —suplica, y el sonido de la madera crujiendo no me hace apartar la mirada hacia el pasillo—. Eres una buena chica…
—¿Qué hacen? —grito al ver que abren su celda. La sacan de ahí y la chica me dedica una última mirada—. ¡Reverie, espera!
—¡Rhea, lo siento mucho!
—¡No te vayas! —sollozo esta vez, aferrándome al metal con pánico—. ¡No te puedes ir! No puedes dejarme también… —susurro, cerrando los ojos.
No sé qué planean hacer con ella, pero se ha despedido de mí.
Me duele el corazón, no quiero quedarme sola.
Pero después de todo, siempre lo he estado en cierto modo.
Pasan las horas, hasta que deduzco que es de noche. En este lugar tenían antorchas encendidas, pero llega un momento en el que las apagan y sólo queda la que está al final del corredor de piedra.
Tal vez esta sea mi última noche.
...
Apenas abro los ojos descubro un plato de comida cerca de los barrotes, pero no es que tenga mucha hambre. Alguna vez escuché que los guardias del palacio daban comida envenenada a los prisioneros, y prefiero no comprobarlo.
Apenas y puedo enfocar la vista, pero veo que de nuevo han encendido las luces.
Hay un destello frente a mí, bajo el catre que no me atreví a tocar. Me levanto para descubrir que he pasado la noche durmiendo contra la pared. Olvido el miedo y saco la punta de una daga al completo.
La miro, tomo la empuñadura y trato desesperadamente de cortar los hilos. No funciona, y decido ir a por lo siguiente: la cerradura de la celda.
Trato de encajarla, todavía con las manos temblorosas por los nervios.
—Yo no lo haría si fuera tú.
Suelto la daga al instante, pero me quedo en silencio al notar la celda frente a mí ocupada de nuevo.
—¿Viverette? —murmuro, mirándola con atención.
Mi amiga tiene un moretón en la mejilla, y ni siquiera me observa cuando habla. Tiene la vista clavada en la pared de su celda.
—¿Qué haces aquí? —me pregunta, volviéndose por fin.
—¿Yo? ¿Tú qué haces? —el corazón me va a toda velocidad, tenemos que hacer algo para salir de aquí—. Tenemos que escapar, no… no pasará nada. Estoy casi segura de que Cassander está aquí, nos ayudará a escapar.
—No lo hará —murmura, soltando una risa amarga—. Rhea, desde que te fuiste el campamento volvió a ser el de antes. Y el capitán necesita conservar su trabajo, no nos sacará.
—¿Qué? ¿Qué pasó en el campamento?
Se queda en silencio un buen rato, y es cuando siento que debo hablar más que nunca.
—Desde que robaste no es lo mismo —añade, y esta vez hay una nota hiriente en su voz.
—¿Robé? No, lo que pasó…
—El capitán confiaba en ti —dice, dándome la espalda mientras mira por una ventana a la que apenas y llega—. O eso les dijo a todos. Después, fue imposible sostener por más tiempo la farsa. Estamos quebrados y no podemos hacer ningún intercambio con caravanas. Por eso tuvimos que buscar trabajo por separado y yo… hice lo mismo que tú.
No puedo creer lo que Koren les contó a todos. Es un verdadero imbécil.
Me doy cuenta de que estoy apretando los barrotes con fuerza. Tengo que salir de aquí. No puedo dejar que mienta a todos así.
—¿Por qué robaste? —susurro apenas, confundida—. No le debes nada al campamento, podías escapar.
—A Declan le debo muchísimo igual que al capitán —replica, negando—. Al menos supe reconocerlo.
—Yo no robé nada, te lo prometo, sólo…
—No quiero escucharte —casi grita, y es cuando escucho pasos por el pasillo—. Al menos finge que te importaba estar con nosotros, no des la espalda a quien te tendió la mano.
—¡No lo hice!
Un par de guardias entran en el corredor y abren la celda de mi amiga. No puedo respirar.
—Viv, te lo prometo… —grito contra el metal, en un inútil intento de que me mire—. ¡Él les mintió a todos!
—Igual que tú —susurra, pero no se opone cuando es conducida hasta la puerta de madera.
¿Qué estoy haciendo aquí? Soy yo quien debe vivir lo que mi amiga. Nunca debí encontrarlos y mucho menos quedarme en el campamento.
La daga yace en el piso a mis pies y considero arrojarla fuera de la celda para quedarme sin posibilidad de escapar porque me lo merezco.
Hasta que al mirarla con atención la reconozco. Corté las cuerdas de un puente con ella. Y no pudo llegar a la celda de una prisionera por casualidad.
Una vez que la puerta de madera se cierra con fuerza, miro fuera de la celda hacia el pasillo.
Está aquí. Estoy segura de que fue él quien dejó su daga.