Cassander
Esta tarde comienza mi nuevo trabajo de verdad y todo lo que implica.
Estoy caminando hacia el pasillo de las celdas que muchos llaman las últimas. Porque quien está aquí no vuelve.
No puedo evitar preguntarme si estoy haciendo lo correcto conforme avanzo, pero una vez que entro encuentro a dos soldados y a una chica en el piso. Ella parece haberse caído, pero no trata de levantarse.
—Capitán —me saluda uno de los soldados, mirándome con cautela—. ¿Cómo llevaremos esto a cabo?
Tardo varios minutos en hablar, pero termino por hacerlo.
—Como lo haya indicado su majestad.
El mismo desenfunda su espada, trazando un arco que corta el aire.
La chica levanta la vista, suplicante, y nos encontramos directamente.
Todo se detiene.
—¡Alto! —grito, para sorpresa de ambos custodios. Me agacho junto a ella a toda prisa, ayudándola a sentarse—. ¿Qué haces aquí?
Viverette me mira con lágrimas en los ojos y comienza a llorar. No es para menos.
—¿De qué se le acusa? —exijo saber a los soldados y el que no tiene nada entre manos responde.
—Es una ladrona, capitán.
Viverette niega, y trata de hablar.
—No… No los escuche, capitán… Y-yo… lo hice por nuestro bien, porque así se nos había…
Le pido que calle con una mirada, porque eso la podría meter en más problemas.
—Se acabó el espectáculo, regresen a sus puestos —suelto, y ayudo a la chica a ponerse en pie.
En la pequeña habitación de piedra somos solo nosotros ahora y cuando sus sollozos cortan el aire decido hablar con cuidado.
—¿Él les pidió hacer esto?
—N-no… pero no sabía… —se gira hacia mí para abrazarme y me quedo demasiado quieto ante el gesto—. Gracias, capitán…. O-otra vez me salva d-de… morir…
—No… —replico, tratando de comprender lo que sucede. Se separa de mí, y no puedo estar más confundido—. ¿Trabajas aquí otra vez?
Asiente, todavía asustada.
—Trataba de ayudar al grupo.
—¿Cómo pudiste pensar en algo tan estúpido? Es una locura… —bajo la voz—. Declan te ayudó a salir de aquí una vez, no podrá de nuevo ahora que está lejos.
Hay una condena de la que me han estado hablando en estos días para completar el entrenamiento, y es que el prisionero se convierte en justo eso trabajando para el castillo… para siempre. No quiero mencionarlo justo ahora, pero parece ser la mejor opción. No se me ocurre absolutamente nada más.
—¿Qué piensa hacer cuando esto termine? —murmura, y logra tranquilizarse sólo cuando habla de ella—. Rhea está aquí, capitán.
—Eso… —empiezo, abriendo la puerta para que ambos salgamos al corredor—. Eso ya lo sabía.
No he pensado en otra cosa desde entonces, pero no quiero levantar sospechas con el resto de la guardia.
Todavía no escucho toda la historia, pero ella y Viverette están aquí por situaciones parecidas. Las sacaré a ambas, aunque todavía no sepa cómo.
Avanzamos por el corredor y cuando tenemos en frente la puerta del calabozo me detengo unos instantes.
No puedo ver a Rhea. No tenía intención de hacerlo de nuevo, pero fue inevitable cuando anoche tuve que conocer a las prisioneras que engañaron a los herederos cuando trajeron unas joyas.
No pude evitar sonreír cuando lo pensé más tarde. La llamaron una comerciante lista, que además quería ganarse el favor de su jefa sacando rápido la cuenta.
Siempre ha sido mejor que nadie con los números.
Viverette me mira y recuerdo que no tengo derecho a recordar a esa chica.
La llevo escaleras arriba hacia la zona de entrenamiento, al aire libre en los terrenos del palacio.
—Esta noche tengo una audiencia con el príncipe y su esposa —digo, mirando alrededor con cautela—. Trata de no llamar tanto la atención hasta entonces, pero si alguien pregunta di que fui yo quien te liberó. Veré qué hacer por ambas.
Parece que quiere preguntarme algo más, pero no presto mucha atención. Tengo que formar cuatro líneas de vigilancia bien hechas si quiero salir esta noche de mi puesto.
…
Para cuando cruzo los salones del castillo a toda prisa, es más de la medianoche. Hacer este recorrido hacia la oficina del príncipe tiene demasiadas expectativas para lo que todo este tiempo he querido borrar de mi memoria.
Una vez frente a la puerta de roble encuentro a dos guardias apostados a los costados que me permiten entrar luego de anunciarme.
Capitán de la Guardia Real.
Ese es mi nuevo título. No hay un Grupo Escarlata. Tampoco seré el próximo líder. No, ahora lo único que soy es esto.
Me aproximo al interior de la habitación. Detrás del escritorio está el príncipe Hael, mirando unos papeles con nerviosismo.
Hay cuadros con marcos de oro, todos enmarcando pinturas de lo más finas. En las repisas, candelabros y libros que prometen el conocimiento del reino. Todo se ve bastante lujoso, y este lugar en concreto jamás lo visité.
La princesa Asterin se pasea por la habitación con calma y al verme intercambiamos una mirada que dura más de lo que me gustaría.
Porque me hubiera gustado nunca más volver a verla.
—Capitán —me saluda el príncipe, notando mi presencia—. Cuénteme las novedades.
—Cinco tropas buscan por el reino la tienda de la estafadora —comunico con aburrimiento, pero por deber—. He enviado vigilancia a los alrededores para supervisar el cambio de turno de los soldados en la frontera y quedan dos grupos más para vigilar la frontera con Valkrety.
—Excelente —me interrumpe, aunque se vuelve hacia su esposa con altanería—. Fue una gran elección, amor. Hice un gran trabajo al elegirlo. No me decepciona para nada, tiene potencial.
—No ha sido todo, su alteza —sigo, sacando el informe que se encargó de redactar la última patrulla a lo largo del perímetro—. Tenemos seguridad escasa por las salidas de servicio, y no es de menos añadir que sería una posible vía de entrada para intrusos y comerciantes.