Rhea
—Por favor, Viv… —repito por enésima vez mientras corro tras ella en el jardín—. Por favor…
—¡No! —se detiene frente a mí, molesta—. Estamos metidas en este lío por tu culpa y no me harás cambiar de opinión sobre eso.
Desde que salimos del calabozo las cosas no han estado del todo bien entre nosotras y conocer la sentencia sólo logró empeorarlas. Suspiro con cansancio.
—Estamos metidas juntas —coincido, desesperada—, sería peor estar solas. Además, te dije antes que no fue mi culpa, yo no robé nada.
—Como digas, traidora.
—Viv, yo…
Veo cómo se aleja a grandes zancadas a lo que yo creo debe ser la lavandería. Al parecer los puestos vacantes están ahí.
Miro a mi espalda hacia el bosque más allá de los terrenos del castillo. Daría cualquier cosa por estar ahí otra vez, por ser libre.
Porque ahora mi vida le pertenece a la corona.
—¿Qué tenemos aquí?
Un grupo de soldados están frente a mí y no puedo evitar soltar un respingo. No los vi acercarse.
Se ríen, pero el primero en hablarme se acerca.
—No trabajas en el palacio, ¿verdad? —pregunta, mirándome con curiosidad—. Eres demasiado bonita para ser una sirvienta.
—Aléjense de mí, no tengo ánimo para lidiar con idiotas —suelto sin pensar, pasando por su lado.
Pero para mi sorpresa, este idiota me tomó del brazo y ahora me sonríe. Veo a mi alrededor en el jardín, pero cada soldado parece prestarnos atención como si se tratara de un espectáculo.
—¿Qué es eso que llevas en la mano? —murmura mientras observa mi daga, divertido—. ¿Es tu juguetito?
—Quítame las manos de encima.
—¿Por qué lo haría?
Apunto la daga hacia él, y sus amigos sueltan respingos fingidos de sorpresa que sólo contribuyen a mi enojo.
Doy un par de pasos atrás, pero me choco la espalda con una fuente de piedra que no había notado.
El soldado me contempla con desdén.
—Te vas a lastimar la mano, linda.
—No más que tú, imbécil.
—Te arrepentirás de hablarle así a un soldado —escupe y yo acerco más el metal a su pecho.
Estoy harta de esta gente. Estoy harta de este castillo, de este reino.
No hay una sola persona en este lugar que merezca mi clemencia.
Quiero que lo sepan y por eso no pienso en retroceder.
—¿Quién te crees para apuntar con una daga a uno de mis soldados?
La voz hace que todos se alejen de mí al instante, y antes de que pueda reaccionar un muchacho pelirrojo vestido de uniforme negro parecido al del resto se acerca a mí con arrogancia.
Pronto quedamos tan cerca que la daga lo apunta ahora.
Cassander me mira con indiferencia en las facciones de ese rostro que pasé días deseando volver a ver. Me quedo sin respiración.
—Te hice una pregunta —dice, y no logro articular palabras. Suspira—. Baja el arma.
—¿Quién te crees tú para darme órdenes? —replico y de nuevo se corren los murmullos.
Se queda en silencio un buen rato hasta que habla por encima del hombro de la misma forma que cuando lo conocí. Con crueldad.
—Quiero que todos vuelvan a sus tareas. ¡Ahora mismo!
Poco a poco los soldados se dispersan por el jardín, pero el capitán no aparta su mirada penetrante de mí. Y estoy encantada de devolvérsela.
—Baja el arma —repite, perdiendo la paciencia.
—No voy a bajar nada.
—¡Te digo que la apartes!
—¡Te repito que no lo haré!
No hace falta más para que se adelante hacia mí y tome la punta de la daga entre los dedos. Cierra el puño sobre el metal y yo forcejeo con él.
—Te lo pedí amablemente —murmura mientras logra bajar el metal por la fuerza, pero no he soltado la empuñadura—. Eres sólo una prisionera, reconoce tu lugar.
—Yo no soy una prisionera —replico, comenzando a forcejear otra vez para apuntarle con la daga—. Y si lo fuera, sería más que tú, que sólo eres un farsante.
—No tienes derecho a hablar así de mí porque no me conoces.
—¡Idiota!
Muevo la daga hacia adelante y sólo entonces caigo en cuenta de que estoy hiriéndole la mano. Dejo de forcejear al instante. De su puño gotea sangre, pero él no se molesta en mirarla.
—¿Cómo me llamaste? —pregunta con una risa falsa antes de acercarse unos pasos más a mí.
—Idiota. Porque no eres más que eso. Ni siquiera mereces que te llame capitán.
Se lleva una mano al costado y desenfunda una espada más rápido de lo que lo he visto hacer nunca.
Me quedo mirándolo mientras, despacio, la acerca de manera que entre mi cuello y el metal hay poco más de un par de centímetros.
Espera mi reacción, pero no dejo de mirarlo con odio.
—¿Quién eres? —me pregunta sin dejar de sonreír—. ¿Quién eres y por qué hablas conmigo?
—Eres un imbécil… —digo, pero eso provoca que acerque el metal más a mí. Esta vez la deja a un costado, acariciando el aire sobre mi hombro.
La simetría con la imagen que alguna vez vi es tan grande que me cuesta creerlo. Es peor, porque se trata de la realidad.
—Guarda silencio, prisionera.
—No soy uno de tus soldados, no puedes callarme —reúno el valor para verlo a los ojos después de que pronunciara las últimas palabras—. Era verdad. Eres el amante de la princesa, por eso estás aquí.
—No te concierne a ti averiguar mi proceso de admisión en el castillo. Resérvate tus opiniones… y resígnate si hace falta.
Sin pensar, sin acordarme de la espada a centímetros de acabar conmigo, le doy una bofetada con todo el enojo que he estado conteniendo. Igual que cuando nos conocimos.
Él no retrocede. Poco a poco esboza una media sonrisa.
El cielo nublado por fin deja caer la lluvia, pero ninguno de nosotros se mueve incluso cuando la ropa se nos ha empapado. El sonido de la fuente junto con las gotas es lo único que llena el silencio.
El capitán espera que yo continúe porque lo divierto.
No hay más verdad que esa. Está haciendo de mi corazón lo que quiera en estos instantes porque le pertenece.