Rhea
Desde la noche anterior no he hecho demasiado para encontrar a Viverette y sólo decidí entrar por la misma puerta que ella cuando estuve segura de que lo resistiría.
El pasillo de la lavandería está lleno de personas, pero sólo cuando veo a mi amiga me siento tranquila al completo.
—¿En dónde estuviste? —pregunta, dejando su labor para mirarme. Esto me recuerda al campamento, cuando ese trabajo no era más que ayudar a otros.
No respondo, porque no pienso contarle a nadie de mi encuentro con el capitán. Viverette me contempla unos instantes antes de suspirar.
—Debes ser la chica nueva —la voz de una mujer me distrae de Viv, que se acerca hacia nosotras con un canasto de ropa—. ¿No encuentras el camino hacia la enfermería?
¿Enfermería?
—¿Disculpa?
—Había dos vacantes —murmura mientras se acomoda el mandil manchado de barro—. Una para lavandería y otra con la curandera. No sé en qué podrías serle útil, pero tendrás que ir. Viverette ya ha estado aquí antes, no creo que fuera tan difícil para ella cederte el otro lugar.
La miro para confirmarlo y ella sólo asiente con una media sonrisa. Al menos ya no parece querer ahorcarme por lo que nos pasó.
—¿En dónde está la enfermería? —pregunto, tratando de hacerme a la idea de que trabajaré justo donde antes.
—En la torre antes de las alcobas reales —me cuenta Viv y mira a la mujer con súplica.
Esta suspira, pero sonríe.
—Está bien, ve con ella —accede, dejándonos pasar por su lado hacia otra puerta de madera.
Esta conduce a un corredor, pero no es ni por asomo parte del edificio principal del castillo. Debemos estar por las entradas de servicio o algo así.
—Su majestad fue muy amable al colocarnos trabajos decentes, ¿no crees? —murmuro mientras avanzamos por el pasillo—. La princesa no se veía… comprensiva.
—Normalmente se encarga de esto, pero el capitán tuvo algo que ver esta vez —abre una puerta y veo unas escaleras de caracol que me niego a subir al principio, pero parecen la única opción. Se aclara la voz sin mirarme, distraída—. ¿Ya se… encontraron?
—Aún no —miento, algo que no suelo hacer—. ¿Tú lo has visto?
—Estoy aquí gracias a él. Mi castigo era… Ya te podrás imaginar.
Así que con otros salva vidas y es empático, pero conmigo…
Gracias a la conversación de Viverette sobre cómo Cassander siempre ha querido el puesto de capitán en este castillo termino por aceptar algo que me negaba a pensar, pero es verdad: quiero que se arrepienta de lo que me hizo. No es justo que viva la vida que siempre deseó mientras la mía es una pesadilla.
Su ausencia no puede ser una falta grave en mi vida. Tengo que arruinar la suya, tengo que quitarle todo de lo que se cree merecedor, porque tengo el poder.
Sólo así se dará cuenta de que no soy una simple prisionera enamorada de él.
Por fin llegamos a la cima de la torre y nos encontramos con un corredor estrecho que lleva a una habitación entreabierta.
—Creo… que debería irme —murmura Viverette, mirándome con una media sonrisa—. Vuelve conmigo cuando termines, así podremos almorzar juntas.
Asiento, pero me quedo mirando más tiempo de la cuenta mientras se aleja de nuevo escaleras abajo. Este es el inicio de un nuevo camino. Uno que no tiene forma de revertir.
Y todo es culpa de él. Porque decidí buscarlo, porque me permití amarlo.
Siento tanta impotencia que podría hacer cualquier cosa para cambiar lo que hice.
Miro las ventanas al final del pasillo, que muestran el bosque tan ajeno a mí ahora. Es como si me lo presumieran, todo lo que pudo hacer mío, pero no lo fue por una estupidez.
—¿Qué hace una prisionera caminando por mi castillo?
Esa voz. Podría decir que casi la odio tanto como al capitán.
Se pasea cerca vestida de seda morada, con la calma absoluta de una princesa.
La princesa Asterin me mira con diversión mal fingida mientras pasa por mi lado con cautela.
Y no puedo evitar mirarla con el mismo desdén.
—Llegarás tarde, prisionera —sigue, estudiándome con sus ojos azules—. Lástima que sólo seas eso en este lugar.
—Debo agradecerle por su clemencia, majestad —digo a la mujer, fingiendo una reverencia. La odio. La odio muchísimo—. De no ser por usted no podría servir a la corona, para lo que planeo esforzarme de ahora en más.
—No pienses en robarte nada, porque los guardias te escoltarán de vuelta al calabozo —me grita una vez que comienzo a andar hacia la enfermería.
No respondo. No le debo una explicación. Ni a ella ni a nadie.
Me detengo en la entrada, y retrocedo hacia afuera ya que la mujer en el interior todavía no me ve. Está atendiendo al capitán.
—Debería tener más cuidado —murmura, y calculo que debe tener más o menos la edad de Reverie—. ¿Cómo sucedió?
—Una espada, no hay más que eso —explica él. Sé a qué se refiere.
La cortada que le hice con la daga era enorme.
—¿Cómo ha estado? —sigue la enfermera, divertida—. Ha pasado mucho desde que visitó la enfermería con el príncipe Declan.
Se quedan en silencio por un buen rato mientras contengo la respiración.
Eso era lo que no entendía. Declan es el príncipe heredero. Lo supo durante todo este tiempo.
No logro escuchar la respuesta del capitán porque tengo una nueva idea en mente. Asterin no es la monarca de Poregrath. Él y su esposo, el príncipe Hael, sólo son una fachada para el pueblo porque el verdadero heredero está perdido e incluso se le cree muerto. Las historias de Darcie de repente cobran sentido: los reyes anteriores dedicaron todo el tiempo hasta el momento para buscar a su hijo, recorriendo todo el reino sin éxito, incluyendo los alrededores.
Sé en dónde está. Si Declan vuelve para reclamar el trono no les quedará más que aceptarlo y dejar de lado sus vidas cómodas fingiendo ser reyes.
Y cuando Declan sea rey, podrá hacer todo lo que él quiera. Incluyendo revocar decretos de los príncipes.