Rhea
Bajo los arcos de piedra miramos las patrullas volver de la frontera, ambas escondidas.
Contengo la respiración con cada ruido fuerte, pero he estado practicando algo nuevo que aprendí en este castillo, fingir es un arte que tenía oculto.
Una vez los soldados entran al edificio, ambas corremos en dirección contraria hacia la caballeriza.
—De acuerdo, este es el plan —Trilaah me mira con diversión al tiempo que libera de su sitio a un caballo negro—. Vas a ir en su busca y volverás antes del amanecer, ¿está claro?
—Está más que claro —murmuro, colocándole la montura. El recuerdo de la última vez que cabalgué me asalta, pero no lo dejo apoderarse de mi mente—. Tomo las riendas una vez que consigo subirme, mirando alrededor—. ¿Cuál es la zona con menor vigilancia en el perímetro?
—Oh, no funcionará así —replica, y antes de que lo note también ha ensillado otro caballo blanco—. Yo los distraeré y tú te adentrarás. Diré que fui por hierbas y si acaso podrías fingir por lo mismo, si es que quieres suplicar perdón a tu… capitán, por haber roto las condiciones de tu condena.
—Burlarse no estaba en el trato —digo, apretando las riendas de cuero. No puedo evitar la irritación antes de que ambas nos asomemos a la entrada.
Trilaah tarda unos segundos en salir a toda velocidad y llama la atención de las patrullas. Todos van tras ella cabalgando y es justo entonces cuando debo actuar.
Agito las riendas con fuerza y me adentro en el bosque, rozando los pinos por accidente con los brazos. Llevo puesta una capucha azul oscuro, cortesía de la enfermera. Estoy segura de que llegaré antes de lo que pienso si no me detengo.
Respiro hondo una vez que no se nota la fortaleza de piedra a mi espalda, respiro la libertad que perdí.
Esta es mi vida, la que estaba destinada a vivir. Pronto la voy a recuperar.
Demasiados árboles se cruzan en el sendero que recorro, y dentro de poco llego a un claro que nunca había visto. Considero la posibilidad de estar perdida pero apenas y me llega el sonido atronador de una cascada.
Estoy cerca. Al menos sé eso.
A medida que avanzo trato de aceptar el plan un poco más, y recuerdo con un sobresalto que no voy directamente al campamento.
Recuerdo en dónde estaba la línea de vigilancia. Ahí solía verlo cuando recogía hierbas, estoy segura de que es un poco más hacia la derecha…
El caballo relincha cuando llegamos a un lugar lleno de robles y es cuando contengo la respiración.
Declan está montando guardia junto a un árbol, igual que siempre. Y como ya era costumbre, está solo.
—Declan… —empiezo en voz baja, bajando del caballo.
Aparta la vista de la frontera y cuando me ve es como si nos encontráramos por primera vez. El muchacho castaño corre a mi encuentro casi con desesperación y una vez que escasos centímetros nos separan no duda en abrazarme.
Le devuelvo el abrazo, sin poder evitar que un par de sollozos se me escapen.
—Creí que jamás te volvería a ver… —empieza, estrechándome más contra su pecho. La voz le tiembla y una vez que nos separamos puedo ver las lágrimas que se esfuerza por contener—. Eres tú, de verdad. No estás…
—No… —replico, y de inmediato el plan toma forma no sin antes darme una punzada de culpa. Le acaricio la mejilla todavía con los dedos temblorosos—. De verdad volví a encontrarte…
Se queda quieto bajo mi contacto, pero no duda en atraerme hacia él de nuevo. Lloro contra su camisa, pero desconoce el motivo.
—Lamento no haberte seguido —murmura mientras me acaricia el cabello—. Estaba… Estaba muy molesto contigo, y no pensé… El incendio…
—Ya no importa —lo tranquilizo, tomándole ambas manos con delicadeza—. Estoy aquí, Declan. Pero dejé que Viverette se quedara en el castillo.
Sus facciones se ensombrecen por el pánico, pero yo sigo con mi actuación.
—S-se quedó porque estamos condenadas. El trabajo debe ser en el castillo, y yo… yo estaba…
Con esas últimas palabras se me caen más lágrimas y el chico vuelve a abrazarme. Me siento como si le clavara una daga por la espalda, pero él no parece notarlo.
—No sé qué hacer —sollozo, mirándolo con auténtica tristeza—. Sólo quiero que todo sea como antes, pero es imposible…
—No vas a volver ahí, Rhea. Te… te lo prometo, no voy a dejarlo así.
—Una auténtica actuación, prisionera. Del todo.
Esa voz hace que me tense. Miro a mi alrededor y una vez que lo veo entre las sombras del bosque me aferro a Declan como nunca antes.
—¡Quiere llevarme de vuelta! —grito, escondiendo la cara en el cuello del príncipe—. ¡No quiero que me encierre!
Cassander pronto se acerca a la escena, mirándonos a los dos abrazados. No puedo evitar contener la satisfacción: esto lo afecta.
El capitán se acerca un par de pasos, pero se detiene.
—Dijiste que la amabas —Declan habla, pero yo no me giro a ver la reacción de nadie. Su voz está teñida de molestia—. Mentiste y ahora quieres lastimarla.
—Estos son asuntos de la corona, y yo he venido por algo así… —empieza el capitán, pero Declan corta el aire con una risa sarcástica.
—No hace falta que expliques nada. Quiero que te alejes de Rhea de ahora en adelante, ¿está claro?
—Yo no quiero hacerle daño, ni siquiera vine por ella —replica con irritación, pero yo intervengo.
—Viniste por mí —digo, mirándolo esta vez—. Porque no quieres que sea libre, por eso sugeriste el castigo.
Cassander me mira confundido y poco a poco su mirada refleja dolor que trata de ocultar. De no ser porque lo conozco sería algo de lo que podría dudar. Como se trata de lo contrario, disfruto de la situación.
—¿Qué haces aquí? —le pregunta Declan sin rodeos y el capitán lo mira con furia.
—Vine para advertirte, pero ya veo que no es necesario.
—¿Advertirme de qué? ¿De la mujer que amas? Ya sabía que todo era una farsa.
—Se acabó —suelta, y pronto su tono se vuelve cruel—. Rhea, nos vamos al castillo. Ahora. Eres prisionera y por lo tanto estás a mi cargo.