Rhea
Ambos vamos rumbo al palacio, y sólo cuando estamos dentro de la caballeriza otra vez me encuentro con que Trilaah no nos espera. Incluso el caballo que usó está en su sitio.
—¿Cuál es el plan? —murmura Declan y una vez que quito la montura del caballo me vuelvo hacia él para descubrir que mira a su alrededor con ansiedad—. ¿Tienes un plan?
—Todo está en orden —replico en tono tranquilizador, divertida—. Eres el rey, nadie puede hacer nada para dañarte.
—No es por mí. Tú… eres prisionera todavía.
Es como si le hiciera sentido de repente. Niega, tomándome de la mano.
—Iremos al salón del trono y lo primero que haré después de la coronación será revocar tu sentencia.
Cruzamos el jardín de entrenamiento y todos los soldados nos observan al pasar. Le recuerdo a Declan que Viverette también necesita ayuda y él asiente.
No sé cómo no había notado que él era el mismísimo heredero: su porte es el de un príncipe en todas sus acciones.
Ahora no tengo tanta inseguridad mientras cruzamos la puerta de servicio, va de la mano conmigo.
Un par de guardias nos miran al entrar en el edificio principal del castillo, pero palidecen al ver al muchacho que observa nada más que su camino con decisión. Está claro que lo reconocen.
El vestido crema de encaje en los puños que Trilaah eligió para mí me resulta igual de práctico que como ella lo predijo y ahora mismo que nos adentramos al salón del trono me aliso la falda al tiempo que hago una reverencia frente a los monarcas junto a Declan.
Él mira a su hermana y de pronto esta se pone en pie para ir a su encuentro.
—No puede… —empieza, acercándose a él—. No puede ser…
Declan no dice nada, sólo la mira con la misma emoción.
Pienso en la cantidad de veces que uno y otro pensaron haber perdido a una persona que amaban y se me encoge un poco el corazón. Les doy espacio cuando se abrazan, encontrando de nuevo el hogar.
Asterin le repite que lo ha extrañado muchísimo, la primera vez que la veo expresar emociones de verdad. O al menos eso creía hasta que me nota al apartarse de él.
Su mirada se ensombrece un poco y yo no puedo evitar apartar la mía.
Luego de unos instantes ambos hermanos se dirigen escalones arriba hacia la segunda planta y es el príncipe Hael el que los guía. Hasta que Declan se detiene y vuelve por mí para tomarme de la mano.
Insiste en que debo estar presente cuando hablen con el consejo, pero yo no he dicho nada al respecto.
Parece que sólo quiere que esté ahí con él. No pienso romper mi promesa, después de todo. Yo lo quiero igual que siempre, es mi amigo.
En la junta se dicen millones de cosas que no entiendo, todas sobre política. Eso incomoda al consejo, puedo darme cuenta. No hablo en absoluto en al menos dos horas y cuando por fin los miembros comienzan a salir del salón de larga mesa se ha llegado a una conclusión.
El heredero ascenderá al trono. Tal y como debió ser.
Por fin salimos de la sala y a petición de la princesa, siguiendo peticiones de su hermano, recibo una alcoba en el mismo pasillo que crucé con la esperanza de ir hacia mi nuevo trabajo en la enfermería.
Trilaah me mira desde ahí cuando abro la puerta, y por cómo me observa sé que estamos haciendo las cosas bien.
Pronto estoy vistiéndome para ir al encuentro del príncipe y su cuñado, pues la princesa tiene asuntos que discutir con los sastres sobre su vestido para la coronación de su hermano.
Yo me coloco un vestido de corsé rojo y falda y blusa blanca antes de mirarme al espejo. Es largo, y mucho más fino que otros que he usado a lo largo de mi vida.
Recuerdo cierto vestido de pedrería hecha por rubíes del mismo color, pero decido que este es más bonito. Luego de atarme el cabello en una trenza café, salgo de mi habitación y comienzo a recorrer el castillo en busca del comedor junto al guardia que me escolta.
A partir de hoy, custodiarán mi puerta porque tengo una relación estrecha con el futuro rey.
Ahora sé que tengo una bonita jaula de oro.
Bajo las escaleras de caracol y pronto llego al destino. La mesa rectangular tiene un mantel blanco impoluto y ambos príncipes parecían hablar en voz baja antes de mi llegada.
Me acerco a la mesa y pronto Declan se levanta para sacar la silla por mí al lado de la suya. Una vez que estamos sentados, el príncipe Hael se aclara la voz.
—Si no es grosero preguntarte tan pronto, cuñado… —empieza, pero su mirada está puesta en mí con cautela—. ¿Cómo conociste a esta señorita?
¿Dirá la verdad? No mencionó el campamento en todo el tiempo que llevamos aquí dentro.
Sólo suspira, divertido.
—La conocí hace un par de años, en el pueblo —dice y eso me desconcierta—. Es mi mejor amiga.
Asiento, porque esa historia tiene algo de verdad.
El comedor es impecable y lujoso, lo que contrasta con el resto del castillo. Aquí el piso es de mármol y se usa vajilla de plata.
El príncipe asiente, pero comienza a beber de una copa de vino frente a él sin parecer tan convencido.
Yo tampoco lo estaría, así que no lo culpo.
—Caballeros —saluda la princesa Asterin y al verla no puedo evitar apretar un poco el puño. Lleva un vestido dorado algo transparente, y ocupa su sitio al lado de su esposo como si horas antes no hubiera tenido una actitud distinta con su hermano—. Me alegra ver que todavía recuerdas algo de etiqueta, hermanito.
Declan baja la copa que había estado bebiendo, asintiendo con diversión. Yo ni siquiera la he tocado y el motivo es de avergonzarse.
Miro alrededor en la habitación hasta que la princesa llama mi atención.
—Te adaptaste bien —comenta, entornando la mirada—. También me alegra.
El silencio es largo después de que le agradezco, pero pronto Declan comienza a hablar de los días anteriores a este, sobre cómo solía ganarse la vida. Dice que fue un comerciante, pero no más que eso.