Cassander
Ahora sé que puedes morir y seguir respirando, que es posible.
Ver que le pusiera las manos encima y ella no lo apartara fue mi experiencia más cercana a una tortura sin armas.
Me aterra pensar que todo pasa frente a mí porque inicié esta guerra entre nosotros.
Es como si hace una eternidad Rhea hubiera estado conmigo. Como si eso mismo fuera a tomar verla otra vez a mi lado en el bosque.
Nunca más pasará. Y ahora estoy seguro.
Cuando escucho el portazo que da en su habitación dejo de mirar hacia ahí. Ella tenía mi corazón. Es como si me lo hubiera entregado de vuelta riendo con el heredero. Cada sonrisa que comparte con él pudo ser a mi causa, pero prefiero amarla en secreto.
Me alejo pasillo abajo, hacia las escaleras. Tengo que dar cuenta de las novedades en el campamento.
Recorro el castillo como si fuera a salir de ahí para siempre, pero este es apenas el inicio de una muerte para mí. Rhea no ama a Declan. Lo sé porque la conozco bien.
Sólo está haciendo todo esto porque lo desea por venganza, no porque lo quiera de verdad. O eso me obligo a creer porque de ningún modo puedo estar perdiéndola.
Me niego a creerlo.
Recorro las formaciones a lo largo del exterior del castillo y una vez terminado preparo el mismo caballo que llevé la última vez.
Sólo cuando cabalgo en el bosque caigo en cuenta de lo rápido que se está escapando todo. Es como si hubiera deseado que todo esto sucediera y siento una impotencia enorme al recordar que lo hice.
Creí en lo que ella me dijo. Pedí un deseo cuando volvimos al campamento, frente al mismo lago estúpido que ella repitió miles de veces durante el camino.
Pedí, supliqué que Rhea fuera feliz después de la vida que ha llevado. Pero nunca dije que lo sería conmigo.
El destino es cruel conmigo una vez más. Yo sé que no merecía estar a su lado y amarla. Las palabras están en mis labios y solo queda que ella las escuche. Ahora es imposible. Sé qué es lo que planea, aunque intente ocultarlo y todos los posibles desenlaces, tan distintos, ninguno es ni remotamente favorable para nosotros.
Ya no existe esa palabra. Es la fuerza de una daga al desgarrar el aire. No existe. Pero corta algo, a fin de cuentas. Nadie puede ver cómo me destroza cuando lo elige a él.
Nadie sabe cómo deseo morir cada vez que está con él.
Pero logra de alguna manera retorcida su objetivo: la mujer que amo quiere hacerme sufrir.
Y en tan sólo cinco minutos estuve a punto de rogarle que se apartara de él. De decirle que no tengo un castillo ni nada que ofrecerle, sólo la promesa de que me quedaré con ella porque la amo.
Nunca pude decírselo y ahora sería ridículo.
Llego al campamento, ato las riendas del caballo a la valla. Tal y como solía hacer cuando Rhea me recibía en el claro.
Cuando al terminar de vigilar ella estaba esperándome y escuchaba las novedades.
Miro hacia la tienda que solía ocupar, el espacio que dejó después de hacerse cenizas tras el incendio. Todavía recuerdo ese día y al hacerlo también mi desesperación.
Ese día llegué del bosque después de abandonar la tienda del líder y él estaba con los demás frente al fuego, todos conmocionados en medio de la celebración mientras trataban de apagar las llamas que se expandían por todas partes.
Entonces vi la tienda hecha cenizas desde donde estoy parado hoy. El dolor jamás había sido tan increíble conmigo. Pensé que Rhea seguía dentro, que no había logrado salir.
Corrí para encontrarla vacía, con todas sus cosas por el piso.
Y después vi que me había dejado.
No como creí, y por eso descubrí que era posible llorar de alivio. En algún lugar ella estaba bien y fue, es todo lo que importa. Porque, aunque me odie vivirá haciéndolo, la mantendrá viva. Es todo lo que deseo.
Pero en cierto modo, acepto la idea de que soy egoísta. Los días eran mejores para mí cuando ella me necesitaba.
Atravieso el claro en lo que supongo es la hora de terminar las labores de rutina, hasta la tienda del líder. Al entrar, me encuentro con mi padre inspeccionando un par de papeles de aspecto importante. Me aclaro la voz, pero habla sin levantar la vista.
—¿Qué novedades tienes?
—Mi primer salario, por ejemplo —murmuro antes de jalar la silla que está junto a su escritorio y voltearla para sentarme. Apoyo los codos sobre el respaldo después de alcanzar la bolsa negra hasta la mesa—. Está completo.
Comienza a contar el dinero y no me molesto en ocultar mi incredulidad.
—Con las condiciones de nuestro trato no creí que llegaras a desconfiar de mí.
—No es por ti —replica, y advierto por primera vez la espada sobre la madera—. Sabes cómo puede ser la gente en ese lugar.
—Sí, ¿y por qué nos aliamos con ellos, entonces? No tiene sentido que me lo digas.
—No quieras pasarte de listo, porque todavía no termino de cerrar las condiciones del… trato —añade la palabra devaluándola, aunque para mí es una razón más de preocuparme.
Me obligué a no pensar en ello mientras estaba en el palacio, pero ahora es imposible, estando en la misma habitación que ocurrió.
—¿Y ella? —pregunta, y el corazón se me acelera sin poder evitarlo—. ¿Has sabido algo?
—Desapareció, eso está claro.
La risa ronca del líder me hace presionar el hierro de la silla sin quererlo.
—No creo que la dejaras ir tan fácil después de mi amenaza, hijo.
—Me prometiste que la dejarías en paz si recuperaba tu dinero, ¿no es así? —mi tono es frío, como muchas veces antes lo fue—. Cumplí lo que me corresponde, ahora no vuelvas a mencionarla.
—Creo que no eres nadie para poner condiciones.
Su tono iguala al mío, y el recuerdo de nuestra discusión frente a la fogata el mismo día que ocurrió lo de Darcie es demasiado claro.
Pero cuando menciona a Rhea… En realidad, cuando insinúa dañarla, es cuando no puedo concentrarme de todo en la actitud que mantengo en este lugar.