Rhea
—Señorita Rhea, buenos días…
Es como la cuarta vez que escucho esa voz tras la puerta y la cuarta vez que pido paciencia.
Sólo me falta lavarme la cara y una vez que termino me ato la bata alrededor de la cintura, corriendo para abrir la puerta.
Vivir en el palacio ha sido una experiencia de lo más formidable, pero lo que me espera al otro lado de la puerta es de otro nivel.
—Señorita, Rhea, no debió molestarse —una chica que viste uniforme de la servidumbre me mira con preocupación. Tiene el cabello atado en un moño bajo igual que su compañera, luciendo rubio y negro en contraste—. Sólo debe pedirnos pasar y no tardaremos.
—Por favor, adelante —replico, y eso parece apenarlas.
No sé nada sobre este lugar, pero creí que al menos era normal mostrar cortesía.
—El príncipe Declan pidió que trajéramos esto para usted, señorita.
Me quedo observando con lo que estoy segura es sorpresa de lo más pura cuando la chica rubia entra en la habitación de nuevo con tres vestidos sobre el brazo y los deja sobre la cama.
Cada uno parece hecho a mi medida, con holanes, encaje, seda y pedrería en uno de ellos. Me quedo sin respiración.
—¿Por qué dice que lo envía? —murmuro, sin apartar la mirada.
—Por su comodidad, señorita —añade, y es como si no pudiera disimular su entusiasmo.
Sonrío sin poder evitarlo y me aclaro la voz.
—Rhea está bien, no me agradan mucho las formalidades. ¿Ustedes son…?
—Nadira —se presenta la pelinegra y señala a su amiga—. Ella es Eva.
—Un placer —asiento, y pronto me dicen que debería probarme los vestidos.
No entiendo por qué hay tanta prisa hasta que mientras trato de atarme un corsé alguien toca la puerta. Miro mi reflejo en el espejo, la costura increíblemente costosa que llevo puesta.
Escucho la voz de un guardia, pero es con Eva con quien habla mientras Nadira me ayuda con los nudos finales. A pesar de que llevo las ropas blancas de lino para dormir, siento una incomodidad ridícula porque alguien me ayude a vestirme.
—Se lo envía el príncipe, señorita… —la rubia suspira, divertida—. Rhea.
Tomo el sobre blanco que tiene entre las manos cuando me lo ofrece sólo cuando ya estoy del todo vestida por un vestido de seda roja.
Estoy a punto de rasgar el sobre cuando levanto la mirada.
—¿No quieren ver qué es? —pregunto con una sonrisa. Al parecer, les emociona todo lo relacionado a Declan, y en cierto modo no podría culparlas.
El chico es apuesto, no lo niego. Aunque, cierto muchacho se me hace más o menos la fascinación con la que todos hablan de Declan.
O al menos se me hacía.
—Veamos qué dice —murmuro mientras nos sentamos las tres a la orilla de la cama.
La nota está escrita a la carrera, pero es la letra auténtica de un príncipe.
Para mi reciente inspiración:
Te espero en los jardines a las siete al terminar de revisar los informes. Espérame.
Tuyo, Declan.
—Se refiere a ti sin formalidades —Nadira me mira emocionada—. Parece que de verdad te quiere mucho.
—Él es demasiado… anticuado, para mi gusto —termino por decir mientras me ato las botas igualmente nuevas que me esperan dentro del clóset. Suspiro—. Él es así.
—Pero llevan bastante tiempo juntos, ¿no? Para que te haya traído con él de vuelta al palacio.
Casi se me olvida que debo fingir. Me aclaro la garganta, fingiendo estar distraída.
—Bueno, es que yo lo quiero con todos sus defectos.
—El príncipe es muy apuesto, debes sentirte afortunada —ella habla como en una ensoñación—. Cuando era más joven, incluso entonces era amable. Es un sueño, Rhea.
No es mi definición del todo, pero sigo escuchando.
—Sus ojos son como…
—No deberías decir eso —Eva reprende a su amiga, avergonzada—. ¿Qué dirá de ti Rhea si dices cosas así sobre su novio?
—Oh, no me molesta —la tranquilizo y creo que aclarar mi amistad con él haría las cosas sospechosas así que me trago las palabras que desearía expresar. En cambio, la amabilidad se trasluce en mi voz—. No soy ese tipo de persona, de verdad.
—Qué alivio —Nadira ignora a Eva, pensativa—. Eva está trastornada con todo ese asunto de callarnos por la última vez que hizo comentarios sobre el príncipe Hael.
Reprimo una risa para nada silenciosa antes de hablar.
—No me digas. ¿Asterin perdió la cabeza cuando llamaste apuesto al príncipe?
Quizá les sorprenda mi falta de respeto hacia la princesa, pero no tengo interés en darle el privilegio de tener títulos en mis labios, y mucho menos cuando no la tengo en frente.
Esa mujer es la persona más egocéntrica que he conocido y se merece mi desprecio.
—Algo así sucedió —murmura la chica, contrariada de repente—. En el comedor está servido el desayuno… —al final, ambas se ponen en pie—, la dejamos, su majestad.
La última palabra me deja algo mareada, y ella lo nota.
—Discúlpame, pero es que después de tratar tanto con la familia real… Aunque después de todo no es imposible. A lo mejor un día llevas una corona sobre la cabeza —añade con una risita.
—Crucemos los dedos para que suceda, entonces —digo y eso las hace reír.
Me gusta hablar otra vez con alguien que no quiere nada más que divertirse. Ese es el sentido de la vida y muy pocos lo saben.
…
Hallar el comedor sin ayuda fue más o menos una travesía. Entre mármol y ornamentados, casi olvido lo que debía encontrar.
Apenas entro en la habitación, descubro que no hay guardias que cuiden la estancia, solamente estamos los cuadros con lugares del reino y yo.
Me siento a la mesa para descubrir un tazón de avena todavía caliente con algo de fruta a un lado. Es extraño, pero recuerdo perfectamente lo que Declan dijo sobre los cubiertos.
Tomo la cuchara correcta y comienzo a comer sin prisas mientras observo la mesa impoluta.
Hasta que tocan la puerta de madera y ante nadie más que responda, soy yo quien pide que pasen.