La monarca de Poregrath

15

Rhea

Elegir un vestido para esta tarde fue simple, porque Nadira lo eligió por mí.

En realidad, dejé que lo hiciera. Después de lo que ocurrió esta mañana no he hecho más que pensar una y otra vez en lo insensato que es tratar de denigrar al capitán cada vez que nos cruzamos en este lugar.

Lo odio, por supuesto, pero no creo que así funcionen las cosas.

—¿Cuál, señorita?

—De la izquierda... —murmuro, sin prestar nada de atención mientras me cepillo el cabello frente al espejo.

En realidad, no sé de qué habla, pero si no es la decisión correcta me corregirán.

—Los tacones plateados irán mejor con azul —la respuesta llega esperando aprobación y la concedo.

¿Qué fue lo que hizo Cassander para que esto se volviera tan complicado?

Se suponía que arruinarle la vida era mi trabajo, no al revés.

—¿Estás nerviosa? —pregunta Eva mientras comienza a guardar todos los demás pares de zapatos.

—Mucho —digo, y no es mentira—. Lo vi esta mañana y... no lo sé, me confunde.

—Ha de ser normal. Cuando te gusta un muchacho, es complicado hasta el final.

—Sí, pero... —intento explicar, levantándome de la silla una vez que termino—. Con él es diferente. Digo, en realidad nunca antes me había gustado nadie, pero si lo hubiera hecho definitivamente calificaría como cautivador antes que cualquiera.

Sueltan murmullos de sorpresa y no entiendo qué sucede.

—Es la primera vez que escucho a una chica hablar así de un muchacho —murmura Eva, como si fuera una verdadera dama que ha desobedecido—. Del príncipe, además.

Casi me entran ganas de abofetearme cuando me doy cuenta de que no estoy hablando de Declan. De verdad estoy perdiendo la cabeza.

Una vez que termino de vestirme me despido de ellas y prometen dejar la cama en orden a pesar de que insisto en que la doblaré yo más tarde.

Recorro los pasillos del palacio casi con prisa, encontrando la enfermería cerrada en el proceso.

Es una locura.

No le debo nada a ese hombre, y por eso no tiene derecho a ocupar mi mente justo cuando estoy a punto de hacer una de las cosas más importantes en mi estancia aquí.

Me lo repito a medida que avanzo por el piso de mármol, pero una vez que llego al portón de madera enorme mis pensamientos se ordenan.

Es la salida a los jardines.

Los guardias a los costados me dejan pasar y el frío de la noche me recibe.

Miro a mi alrededor en el laberinto de flores que se extiende por doquier. Es impresionante.

Todo tipo de rosas y margaritas, muchas más lavandas de las que he visto jamás.

A medida que camino por el sendero encuentro más y más ramilletes de flores pequeñas por el césped y no puedo evitar reír de incredulidad mientras la luna ilumina sus pétalos.

Es precioso.

—Me alegra ver que te guste.

Declan no es el mismo de la última vez; hoy se ve algo más como mi mejor amigo y menos como el chico atormentado por sus responsabilidades. Viste un abrigo gris hasta las rodillas sobre una camisa blanca y pantalones del color de las cenizas.

Sonríe al verme y le devuelvo el gesto.

—Estás preciosa —comenta, y parece sincero.

—El vestido es precioso —replico, moviendo un poco la falda para demostrárselo—. Gracias, de verdad es un sueño.

—No es nada.

Pronto comenzamos a andar por los senderos de piedra, tomando las distancias. Por algún motivo prefiero que sea así.

Cuando tengo enfrente un rosal rosa pierdo la sofisticación que me transmitía el futuro rey.

—Jamás había visto de ese color —admito, fascinada—. ¿A que son hermosas?

Él se ríe y asiente al tiempo que se quita el abrigo con cuidado.

—¿Quién te dijo que salieras al jardín con un vestido sin mangas? —murmura mientras lo deja sobre mis hombros—. No te ofendas, Rhea, pero tu sentido común está intacto.

—Gracias por recordármelo, majestad.

Ambos reímos por ello y de repente es como antes. Él habla conmigo, los dos nos divertimos, y nada más importa.

Nos detenemos junto a una fuente más allá de los rosales y al ver mi reflejo no logro reconocerme del todo.

Estoy en el castillo. Vivo en el castillo, incluso cuando antes me daba miedo andar por el bosque sola.

Eso y muchas otras cosas.

—¿Qué tienes? —pregunta el príncipe y yo niego.

—Quizá sea... todo lo que me ofreces sin razón, o... no lo sé, tu amistad en sí.

—Esperaba que no lo vieras de ese modo después de hoy, si soy sincero.

El pulso se me acelera, pero no es el tipo de nervios que cualquier otra chica tendría de estar en mi situación con el heredero. Son nervios por lo que haré.

—Te di todo porque te lo mereces —dice en voz baja, tranquilo—. No hay más verdad que esa.

—Te lo agradezco por eso.

Mi voz suena apagada sin quererlo y eso ensombrece un poco su expresión. Se acerca a mí y me acaricia la mejilla con ternura.

—¿Sigues triste por lo que pasó en el campamento?

No quiero contarle nada al respecto porque la fuente de esa tristeza es detestable para mí. Miro hacia la fuente de nuevo, y en lugar de responder muevo el agua haciendo pequeñas ondas con el índice.

No sé cuántas veces los recuerdos me han atormentado desde que llegué al este, pero esta noche no será excepción. Extraño ser una persona más y no una prisionera.

No del palacio. Soy prisionera de mis propios sentimientos, que cada vez desconozco más y más. Extraño saber qué era lo que quería hacer con mi vida y con quién iba a pasarla.

No quiero quedarme sola al final. Sé que es inminente, porque no quiero que nadie más se atreva a abandonarme, pero pospongo la idea cada vez que llega a mí.

Es mi destino.

De repente, la mano de Declan envuelve la mía y sin importarle mojarse la saca del agua que yo había comenzado a acariciar.

La última vez que estuve con Declan derramé lágrimas falsas, pero ahora retengo unas de verdad.

—Sigues ahí, ¿verdad? —pregunta, buscando mi mirada en vano. Escucho la sonrisa en su voz, una sonrisa triste—. No planeas irte pronto, o al menos eso espero.




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