Rhea
—Así que fiebre —la voz de Trilaah es burlona, desde el armario en el que mira todos los vestidos nuevos. Suspira—. ¿No pudiste inventarte algo mejor, algo que no matara de nervios al rey, por ejemplo?
Esa parte todavía suena extraña. Hace apenas dos días que Declan se convirtió en rey, pero la fiesta para celebrarlo debe ser dentro de unos más a causa de la ausencia de sus padres.
Las historias no eran mentira, porque los entonces reyes de Poregrath se dedicaron a buscarlo desde que su hijo desapareció. Debe ser lindo.
Dejo de apoyarme en el dosel de la cama de esta alcoba tan impresionante que hasta hoy no había recorrido como se debe y la razón simplemente me da mareos.
—Me estás dejando hablando sola, señorita —Trilaah se burla de mí con un reciente chiste entre casi todas las personas que me conocen.
Es humillante, pero por alguna razón Declan decidió recompensarme luego de todo lo que hablamos al quedarnos un rato más en el jardín, y fue porque le comenté que no me sentía tan acorde a este lugar. Lo dije para que se dejara de formalidades, no para que se le ocurriera programarme lecciones de etiqueta.
Lo peor no es que absolutamente nada logra entrarme en la cabeza y quedarse, lo peor es que quien me las da las clases no es una persona que conozca, así que no puedo hacer ninguna clase de chistes mientras aprendo.
Es realmente mi forma de sobrellevar aprender cosas, porque cuando me equivoco me burlo de ello.
Aquí nadie se burla o al menos no como desearía.
La señorita... en realidad no recuerdo su nombre, pero mi maestra es demasiado exigente y creo que se debe al constante desagrado que no pasa desapercibido por parte de otros miembros de la servidumbre hacia mí. No es que me queje mucho de estar en el palacio, porque no es para nada una jaula ahora que lo miro bien.
No, es que ellos me detestan, o especialmente las chicas que trabajan con Viverette. No entiendo a qué se deba, pero por más que intento comprender no llego a nada.
A lo mejor soy un terrible contraste con Asterin, siempre tan digna y correcta. De hecho, quizá sea lo contrario.
Estarán algo confundidos porque yo no grite ni haga desplantes porque no me gustó la decoración del mantel o algo así. Porque eso fue algo que en serio ocurrió.
La misma noche que recorrí el jardín al lado de Declan, cenamos con su hermana y su cuñado.
Lo que nos recibió en el comedor fue ver a dos chicas del servicio siendo regañadas porque el mantel era blanco.
Y es estúpido, porque es un color muy bonito si está en encaje.
Suspiro al lado de la chica, ahora algo molesta por las cosas que debo hacer para que me visite, porque desde luego nuestra amistad no es bien vista para la señorita Asterin. Es una locura, pero Declan hace todo lo que le pide y creo que es su forma de compensar su tiempo alejados del otro.
Ya mejor no opinar.
—No había otra forma —murmuro, irritada—. Ya sabes lo que piensa esa... tonta sobre nuestra amistad.
Suelta un suspiro de incredulidad.
—Vaya insulto. Quizá te saque del palacio al oírlo. Hay algo en lo que deberíamos trabajar, y con esto no haces más que recordármelo. ¿Por qué te esmeras tanto en no lastimar a nadie cuando ese es precisamente nuestro objetivo con todo el... plan?
Realmente es algo que me he estado preguntando, pero finjo que no es así.
—No me esmero en nada —replico con una voz molesta—. Desearía que no trataras de estropear mis planes, que son distintos.
—Bueno, bueno. Su majestad, he estado al tanto de las novedades.
No puede ser eso, ¿verdad?
—¿Creíste que no me enteraría? —se recoge el cabello café con una mano mientras con la otra finge toser.
—No te atrevas a imitarme, tengo una daga en esta habitación.
Esas palabras me salieron a más advertencia a lo que pretendía.
No puedo negar que ese tono todavía me inquieta porque es mío, pero tampoco el hecho de que me agrada tener control.
Trilaah sonríe, como si hubiera logrado justo lo que quería.
No lo entiendo, pero tampoco tengo ganas de que explique nada.
Doy vueltas en la habitación, a falta de algo mejor que hacer.
Es una tontería, pero me he dedicado esta semana a idear mi propio papel en toda esta locura que hemos estado planeando desde que nos conocimos. Ahora lo tengo más claro que antes.
—¿Y? ¿Qué tal va? —murmura mientras juega con un alhajero en el tocador que ni siquiera me he atrevido a tocar—. ¿El príncipe besa bien?
—Si quieres averiguarlo, realmente no me molesta.
Me acomodo en la cama mientras ella se apoya en el dosel. Me mira con intriga y no puedo evitar sentirme igual.
—¿Qué?
—¿Realmente no pasó nada en los jardines? Incluso después de la estúpida nota, ¿no dejaste que te besara?
—Es demasiado anticuado, no hace las cosas precipitadas —replico con molestia. Niego—. Es más difícil tratar con él que conmigo, es decir mucho.
Las almohadas de esta cama son un insulto para las que solía tener en el campamento, y ni hablar del colchón. Cierro los ojos, pero una risa sarcástica me hace abrirlos.
—Te recuerdo que tu trabajo era convencerlo de dejar su papel de niño bueno.
—A nadie le hace gracia que intenten besarlo a la fuerza.
—Hubiera sido una gran movida —murmura, y por primera vez noto la taza de té que lleva entre los dedos—. Tómate esto o nadie te creerá lo de que estás enferma.
—Si todo este tiempo querías molestar a Asterin, ¿por qué no hiciste nada por tu cuenta? —una vez sentada sobre las sábanas, decido molestarla—. O todavía mejor, ¿por qué no vas y enamoras tú a Declan?
—Porque no soy la mujer que lo vuelve loco, y eso es una locura.
—¿No me crees tan irresistible como para que ni el heredero se contenga?
—Esas palabras no saldrían de tu boca hace dos días, señorita.
—Lástima que haya aprendido de la peor —suspiro, tomando el té con cuidado.