Rhea
—No puedes fingir que no te importa mientras se ve con ella —Viverette deja a un lado la blusa que lavaba, azotándola con violencia contra la piedra—. Porque sí importa.
—No se ve con ella —replico con más irritación de la que pretendía.
—Tienes derecho a reclamarle.
—¡Es el rey! —siseo, sin molestarme en disimular la incredulidad—. ¿Qué más da si se ve con alguna de ellas? Mientras no sea la reina, puede hacer lo que quiera.
Viv tuvo algo importante que decirme por lo que fue hasta mi alcoba para que la acompañara en su turno. Mi definición de importancia carece del nombre de Declan. Algo que nadie entiende.
—¿Entonces es cierto? —baja más la voz, sorprendida—. ¿Ya te pidió matrimonio?
La saco de la lavandería para que ambas quedemos en el jardín, y por fin digo todo lo que quería.
—Nos conocemos de un tiempo miserable —suelto, impaciente—. No va a pedirme nada.
—En el castillo todos piensan lo contrario y en su fiesta de coronación, entonces te lo pedirá.
—¿Quién dice?
—Yo lo digo —replica, cruzándose de brazos con diversión—. Eres la prometida del rey.
—¿Qué tanto has hablado con Dewell? —pregunto para que termine—. Porque si me casaré, entonces debo saber si irá contigo a la boda.
—Le envié un par de cartas y le conté lo que nos pasó. De verdad pensé que el capitán le diría algo sobre eso, lo que sea. Pero de verdad parecía no saber que estábamos aquí.
—Quizá sólo no se ha acercado al campamento.
Lo digo, pero sé que es mentira. Él estuvo ahí el mismo día que fui por Declan. ¿Por qué no mencionó que estábamos aquí?
De repente, eso parece muy importante.
Miro hacia el otro lado del jardín, en el que entrenan los soldados y me sorprendo al ver quién está entre ellos.
—Ustedes dos no pueden ser más molestos —murmuro, tratando de asimilarlo.
Saque a colación el tema de Dewell porque me pareció ver a un soldado que se parecía a él. No que fuera exactamente él.
Tiene sentido, tomando en cuenta quién supervisó las pruebas de admisión. Lo raro es que ni siquiera lo noté ayer.
Viverette sigue mi mirada y sólo de notarlo corre hacia el chico que ya venía hacia ella. Se abrazan, totalmente locos el uno por el otro.
Ha sido un tiempo sin que se vieran, supongo.
Luego de un buen rato Dewell se acerca con mi amiga de la mano, y sonríe al verme.
—Ha pasado un tiempo, Rhea —me saluda, tendiéndome la mano y la acepto.
—Lo ha sido, en verdad.
—Vengan a ver el entrenamiento, y a ti —se vuelve hacia mí y en menos de un parpadeo me deja una espada en la mano, la misma que había tirado al suelo cuando abrazó a Viv—, te va a encantar.
Nos adentramos en el jardín, y pronto el chico va a por otra espada.
Estamos parados en un círculo trazado por el césped corto, no puedo creerlo. No estoy de humor, pero a Viverette parece interesarle lo que haré.
—Se siente como un siglo desde que no toco una espada —murmuro, y es verdad. Sin embargo, adopto la postura adecuada antes de recibir el primer intento de golpe por parte de Dewell, que dice que estoy bastante oxidada.
Le planeo demostrar lo contrario.
Dirijo el golpe hacia su hombro, lo intercepta y el tronar del metal llama la atención del resto de los soldados que afilaban las armas en la mesa de la que las tomó el chico.
Gira el arma en torno a mi pecho, pero logro esquivarlo con un movimiento que parece ridículamente calculado cuando el metal pasa sobre mi cabeza al inclinarme sin dejar de lanzar golpes con la espada. Sólo he visto a una persona hacerlo en todos los combates de los que he sido testigo, y de algo tenía que servirme.
Los aplausos corren entre los soldados, pero todavía no termino.
Sé que en un enfrentamiento real podría moverme del círculo, y es justo lo que hago. Hay una pequeña línea baja de bloques que divide el jardín, y me paro sobre ella para sortear intentos de Dewell por acertarme con el metal en los costados.
Viv grita, aplaude, todo al mismo tiempo cuando por fin bajo hacia el círculo y culmino el enfrentamiento con un golpe al pecho que apenas y lo roza, pero cuenta como mi victoria.
No se me ha olvidado nada por completo, al parecer.
—Un espectáculo formidable —la voz de Cassander me sorprende, y ahora puedo ver que se acerca a nosotros. A su paso, los soldados continúan en sus labores y parece que ese fue su propósito—. Lástima que el entrenamiento de los novatos no consista en hablar con las damas, ¿cierto, Dewell?
Igual que cuando estábamos en el campamento, el chico no le responde.
—¿Le molesta que usted no tenga el tiempo para ello, capitán? —digo después de pensarlo un poco.
Los soldados fingen no prestar atención, e incluso noto la mirada de Viv. Pero la suya no es la que me importa.
—¿Por qué reñir a un soldado por distraerse cuando tiene a otros tantos a su cargo? —añado con una sonrisa apenas visible mientras él parece pensar las cosas.
Lo hice perder la paciencia.
—Tu disciplina en el palacio no es reflejo a la que tienes fuera de él —suelta, siguiendo mis pasos ahora que fui por la espada que sostiene Dewell. Él me la cede, pero sigue tenso—. Lástima que eso no lo sepa el rey, que te estima tanto. Aunque para mí... tú sólo eres una prisionera.
—Si los rumores no me fallan, podría llegar a ser tu reina.
—Jamás serás reina y mucho menos te consideraría como tal.
Estamos jugando así porque hoy no está de buen humor. O, mejor dicho, jamás lo está.
Sin embargo, me río. Me causa gracia lo patético que es.
—Si le gano en un duelo, capitán —empiezo, tendiéndole la espada—, usted dejará la tarde libre para sus soldados. Si pierdo... usted puede decidir.
—¿Estás tratando de negociar conmigo? —dice, pero se acerca al aceptar el arma. Una sonrisa le asoma a los labios, una digna de un traidor.
—A menos que temas perder... supongo que sí, estoy negociando contigo.