Cassander
Regreso al castillo hasta que las primeras luces del alba me alumbran la cara, cabalgando con todo el viento haciendo que me escuezan las cortadas, una en la cara, otra en el brazo y una más en el pecho.
Todavía no sé exactamente qué pasó con el resto del grupo, pero dudo que estén mejor que yo.
Nos tomó por sorpresa, completamente por sorpresa.
—¡Capitán! —Dewell cabalga a mi lado ahora, y solo de verle la expresión sé que ha cesado todo. Suelto el aire con discreción, aliviado—. Cedieron. Retrocedieron apenas lanzamos las flechas.
Le gotea sangre de la mejilla derecha y no es para menos para el golpe que le dieron con la espada. Evité que lo atravesaran cuando aparté a ese tipo con la mía.
No sé de dónde salieron ni cómo ocurrió, pero apenas terminó el baile y el último carruaje salió de las tierras del castillo, unos hombres atacaron el perímetro tratando de tirar la seguridad y avanzar hacia la estructura.
Hubiera hecho cualquier cosa por detener el caos que se desató en la guardia cuando nos tomaron por sorpresa, a varios sin armas.
Hoy me pesa saber que hubieron bajas.
El castillo era el centro de atención esta noche, no esperaba tener que blandir ninguna espada fuera de él.
Incluso estábamos a punto de hacer el cambio de turno cuando todo empezó.
Exactamente en donde estábamos, logramos mantenerlos a raya cuando Dewell comenzó a arrojar flechas desde detrás de un árbol, distrayéndolos de dónde nos encontrábamos en realidad.
Tiene compromiso, y no entiendo cómo no lo noté cuando estábamos en el campamento.
En cuanto fue seguro, alguien avisó a los guardias que quedaron en el castillo para que hicieran refuerzos y de paso trajeran flechas y carcajes, de sobra incluso.
Tendimos una emboscada no sin antes habernos quedado sin tiempo. Los alejamos lo posible del castillo, como todos estábamos a caballo cuando esto comenzó, fue sencillo. Pero esta es la primera vez que estuve seguro de que no lo lograríamos.
No sé qué fue lo que falló. No estaba distraído, como otras veces pudo ser excusa.
Me debato pensando en ello cuando corro por los pasillos del castillo, pensando en qué explicación será suficientemente buena por parte de nuestros monarcas. Atravieso las puertas del estudio del rey luego de que soy anunciado. Está dentro con el príncipe Hael, según me informaron.
—Majestad —hago una reverencia rápida, con cuidado de no desvelar demasiado frente a su cuñado.
Mantener la calma era una cualidad que antes poseía, pero ahora no es tan sencillo.
Mantenía la vista clavada en la alfombra hasta que noté el silencio pesado y apenas pude contenerme decidí averiguar por mi cuenta qué sucedía.
Declan y Hael estaban discutiendo en voz baja antes de que llegara, lo veo por cómo se mutilan al otro con la mirada.
¿De qué se trata?
—No vamos a desperdiciar guardias para esto —el príncipe se levanta tirando la silla atrás, furioso—. No vamos a jugar a lo que tú quieres.
—No estoy jugando a nada —Declan suena desesperado, y ahora que lo noto su aspecto es pesaroso—. ¡No sé en dónde está!
—Es una vergüenza que te trate así si apenas le pediste matrimonio.
El mundo se detiene. Siento que las fuerzas se me van entre los dedos.
No dijo lo que pienso, ¿verdad?
—¿Qué sucedió? —el príncipe Hael se vuelve hacia mí, notándome por primera vez en medio de su discusión. O tal vez pretendían que me fuera, pero los avisos eran más relevantes. Sus ojos verdes esmeralda me escrutan con nerviosismo—. ¿Por qué está lleno de sangre, capitán?
Declan se vuelve hacia mí al escucharlo y el dejo de su expresión antes de parecer inmutable bien podría ser la misma que tenía yo cuando salí del campamento la vez antes de llegar al castillo como capitán.
Está preocupado. Demasiado, y creo que ya sabe lo del ataque.
—¿Las fronteras no tienen vigilancia, majestad? —espeto, furioso—. Porque si es así, has estado cometiendo una imprudencia llenando tus muros con guardias y dejándoles el paso libre a los que lleguen en barco o cualquier cosa que esté por ahí.
Hael no se inmuta. Sabe de mi amistad con el rey, o al menos la que teníamos.
—¿De qué demonios hablas? —suelta Declan, desconcertado e irritado a partes iguales—. Ordené vigilancia, y...
—Y no sabes cómo hacerlo bien. No deberías encargarte de cosas que no conoces, y mucho menos cuando no es sólo tu vida la que está en riesgo.
De repente, el rey palidece. Estoy seguro de que se desmayará, pero se aferra al borde del escritorio.
—¿La viste ahí...? —susurra, y me es complicado escucharlo.
—¿Qué? ¿Quién?
—¿Viste a Rhea? —por fin me mira y veo que pierde la paciencia—. ¡Habla ya!
—No he visto a Rhea, estaba contigo en el castillo...
No, no lo estaba. Hael suelta una carcajada de pura incredulidad.
—¿Escuchó la noticia, capitán? —dice, divertido—. El rey no tiene idea de en dónde podría estar su prometida, un día después de que se comprometieran.
No. No, no, no, no.
No, por favor. Ella tiene que esperar más, no puede hacerme esto.
—Pudo haberle pasado algo en el ataque —Declan tiene la respiración entrecortada cuando termino la historia de lo ocurrido. Niega, desesperado—. No sé cómo pude dejar que se marchara, estaba enojada, estaba muy enojada conmigo, ella... Es todo mi culpa.
Exactamente. Porque si algo le pasara, yo no conocería a otro responsable más que el hombre que la hizo escapar.
No me molesto en cruzar palabra con él, más enojado esta vez que cuando afirmó con su cinismo habitual en la corte que no tuvo nada que ver en la desorganización ridícula de seguridad.
Este asunto lo voy a resolver yo mismo.
—¿A dónde vas? —murmura, todavía nervioso.
—A buscar a la futura reina antes de que ese sea su título para pasar a la eternidad.
La verdad no me importa la forma en que me grita que regrese a la oficina, y entiendo por qué el rey no quiere que vaya.