La monarca de Poregrath

22

Rhea

—Es... una tontería. Lleva dos semanas aquí y ya la ha elegido para ser su esposa.

—No lleva dos semanas aquí. Tiene más.

No he abierto los ojos, pero gracias a la sensación bajo mi cuerpo sé que estoy en una cama. La mía, en particular. No tengo idea de cómo llegué hasta aquí y menos de si puedo moverme.

Me duele todo el cuerpo.

La voz de Asterin resuena otra vez, provocándome dolor de cabeza.

—Es demasiado ingenua para ser nuestra reina, Hael. Tenemos que hacer algo con ella.

Silencio. Se calla de forma tan abrupta que tengo tentación de abrir los ojos, pero al cerrar la puerta escucho la voz de Declan, que parece haber estado aquí antes.

—Aquí estás —murmura el príncipe Hael, que parece alejarse hasta la puerta—. Les daré privacidad, tienen cosas de las que hablar.

—¿Le trajiste el té? —Declan suena preocupado, pero no escucho una respuesta.

—Está en su mesa de noche.

Es bueno saberlo.

En ese instante, me siento en el colchón con todo el cansancio posible, quizá una parte fingida y otra real. Alargo los brazos para estirarme, tirando accidentalmente la taza de porcelana junto a mí en la mesa de noche.

Me aclaro la voz, y en cuanto resuena la porcelana romperse en pedacitos Declan se vuelve hacia mí. El rey corre a mi encuentro, sentándose a la orilla de la cama.

—¿Cómo estás? —pregunta, y rápidamente trato de pararme solo para regresar a mi sitio por el dolor insoportable en el costado

—No puede ser... —murmuro, sintiendo puntos bajo la mano cuando trato de tantear el problema—. ¿Cuándo me hicieron esto?

—No lo sé, Trilaah salió, no pregunté —Declan me toma las manos, y por primera vez parece reparar en Asterin. Ve la expresión de su hermano y no se molesta en fingir el desagrado. La princesa sale de la habitación dando un portazo—. ¿Cómo ocurrió?

—Y-yo... no lo sé. No recuerdo nada.

Mientras estaba en el bosque, cerca del tablero con la daga en él, sentí que alguien me enterró algo en el costado, pero no tuve tiempo de ver de quién se trataba. La sensación fue extraña después de eso, porque sólo noté una tela sobre mi nariz.

Se lo cuento todo al rey y parecía esperárselo.

—Apenas di el anuncio de que eres mi prometida esa noche —dice, pero hay algo más. Se pasa una mano por el cabello castaño, pensativo—. No puede ser posible.

Una imagen me viene de golpe.

El capitán, él estaba herido. Tenía sangre por la cara y los brazos cuando me encontré con él.

—¿Qué pasó antes de que me encontraran? —pregunto, porque no podría preguntar por el capitán, pero la urgencia en mi voz provoca el interés de Declan. No puedo evitarlo—. Pasó algo, ¿no es así?

—Hubo un ataque por la frontera —murmura, mirando nuestros nudillos unidos. Ni siquiera me acordaba de eso—. Creo que uno de ellos se encontró contigo, pudo serlo.

—¿Ataque? ¿Valkrety no está en alianza contigo por el príncipe Hael?

—No vino de la frontera de Valkrety, así que no estoy seguro de qué pudo ser.

—-Creo que debí hablar antes —digo, esperando captar su atención.

—¿Por qué? ¿Qué sabes sobre eso?

—No es que sepa nada. Es que tenía planes para las rutas de comercio que precisamente implicaban cerrar una de las fronteras. Quizá hablamos de la misma, no lo sé.

Ahora tengo una bata de seda color menta atada a la cintura, cosa de la que no me acordaba.

—Quería presentársela al consejo, si no te importa —tiento a la suerte de forma falsa porque conozco la respuesta a mi pregunta—. Igual... igual y es buena idea para que...

—Ellos te consideran, de verdad que sí —replica, retomando nuestra última conversación. Suspira, contrariado—. Lo siento, Rhea. No debí hablar así de lo que me contaste, y no trato de excusarme por ello. Creí que sabiéndolo tendrían algo más de paciencia, pero ahora comprendo que no tuve por qué tomarlos en cuenta. Soy el rey. Yo quiero estar contigo, nadie más que yo puede elegir eso.

—Lamento haber perdido la cabeza —murmuro, pero no lo digo de verdad. Tengo que mentirle, eso es parte del trato. Finjo un arrepentimiento que no siento, porque no tenían derecho a llamarme salvaje—. Realmente somos distintos, Declan... Majestad —me corrijo, pero sonríe ante ello.

—Sabes que no tienes que decir esas cosas. Estamos juntos en esto, ¿sí?

Asiento, pero evito mirarlo.

Me deja sola para que descanse un rato después, pero no puedo hacerlo.

No fue Declan ni nadie de la guardia. Yo decidí volver, no sé por qué estoy tan preocupada por lo que pase ahora.

Recuerdo quién me recibió y me entran ganas de sonreír. Estaba preocupado por mí.

Y tuve que desmayarme frente a él, o eso creo.

La escena parece de lo más memorable, pero el dolor me nublaba. Desearía haber estado despierta cuando estuve en sus brazos otra vez, cuando dijo...

La respiración se me acelera igual que el corazón mientras doy vueltas por la habitación, tratando de armar la frase completa con su voz, tratando de descifrar si mi mente no me jugó una broma por el dolor.

Claro que no. Me lo dijo, estoy segura.

—¿Qué estás haciendo? —la voz de Trilaah me saca de mis ideas, por fin cerrando tras ella la puerta.

La sonrisa que tengo en la cara desaparece, remplazándose por una confusión enorme.

—¿Aquí en el palacio recogen flores con dagas? —murmuro, desconcertada.

La chica lleva una daga en la mano, una adornada con hilo gris en la empuñadura, distinta a la mía. La chica está vestida con una blusa blanca, pantalones negros igual que sus botas. Y parece cansada.

—¿No te piensas educar en defensa? —pregunta, aburrida—. Digo, porque está bien querer saber usar cubiertos y todo eso, pero deberías...

—Sé defensa... —replico, buscando por la habitación.

No puede ser.

Comienzo a buscar como obsesionada por todas partes y Trilaah lo nota.

—¿Qué se te perdió? ¿La dignidad otra vez?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.