Cassander
Lo que la futura reina diga, lo que la futura reina ordene. Es exactamente lo que Declan nos dijo que hiciéramos esta mañana, cuando nos reunió a mí y a toda la guardia para hablar del ataque de la noche anterior.
No hay que ser un genio para entender cuánto le importa Rhea, e incluso se ha vuelto un tema de conversación durante los entrenamientos.
Discuto con Dewell en el jardín sobre las formaciones que se harán mañana cuando visitemos la frontera para analizar lo que se hará con el asunto acordado mientras afilo un par de cuchillos, igual que él.
—Es una preciosidad —escucho que dice uno de los soldados mientras deja un carcaj junto a Dewell, quiere que afile las puntas. Habla con otros soldados, mientras avanzan hacia la sombra de un árbol—. Será más que un placer verla cuando sea reina, más con ese temperamento que tiene.
—Y el rey está loco por ella —añade otro, divertido—. ¿No es peligroso dejarla tomar el mando así? Sé que el amor te hace ciego, pero el rey Declan no puede dejar que maneje los asuntos militares, para eso nos tienen a nosotros.
—Y nosotros seguiremos lo que el rey ordene —murmuro, pero suena bastante a orden por cómo asienten todos sólo porque lo digo yo. Continúo en mi tarea mientras sopeso las opciones—. Hablar sobre su prometida podría considerarse injuriarlo, ¿no lo creen? Al menos eso me parece.
—Lo sentimos, capitán.
—No lo sientan, cállense un rato —replico, aunque he notado el tono de sarcasmo que usan conmigo.
La verdad estoy harto de escuchar sobre Rhea, y más de que otros la describan como formidable y demás. No es que no sea cierto, pero no soporto que nadie más lo diga.
Dewell se ríe y levanto la vista.
—¿Qué te pasa?
—¿Usted todavía la quiere, capitán? —pregunta y le pido que baje la voz.
—¿A qué viene eso?
—A que eso pienso, pero los demás jamás lo harían, no lo conocen.
—Esperaría que tú tampoco, pero me sorprendes.
—Sí, es que... de tratarse de otro asunto, como la princesa Asterin, por ejemplo..., a usted no le importaría lo que digan y mucho menos si hablan sobre sus cualidades.
—Quizá porque todo lo que dicen es mentira y quién soy yo para quitarles a todos la felicidad de esparcir rumores. Qué puedo decirte, Dewell, la gente ingenua es mi favorita después de la manipulable.
—Rhea no es ninguna de ambas —dice y asiento.
—Es bueno que alguien más lo piense —murmuro, dejando a un lado los cuchillos listos. Me quedo en silencio al notar su mirada sobre mí y lo pienso un poco más, irritado—. Es decir, que piense que no es inútil, igual que los soldados. Dicen a veces que es decoración y eso no se dice de una mujer.
—Menos una en la que ha puesto sus atenciones, ¿cierto, capitán?
—Puedes decirlo porque quizá confundas mis gestos con ello. No te culparía, tú sí tienes pareja.
—Yo creo que Rhea y usted no dejaron de serlo nunca. Sólo piénselo y llegará a lo mismo que yo.
Es todo lo que dice antes de dirigirse al subterráneo por las escaleras para guardar el armamento.
Está diciendo mentiras.
O al menos eso creo. No, claro que lo creo, dice mentiras.
Es la prometida del rey, estoy delirando.
Niego, comenzando a lanzar los cuchillos que recién terminé de afilar hacia el tablero que hemos armado aquí en un árbol.
Los cuchillos los tomo de la mesa, uno a uno, son cuatro.
Se insertan en el centro por cada turno, hasta que me vuelvo para tomar el último y no lo encuentro.
Escucho el sonido de la madera al golpearse con el tronco al tiempo que me giro para verlo justo al centro que han provocado los tres anteriores.
—Parece que la práctica ayuda después de todo.
Rhea está frente a mí, mostrándome una expresión distinta a las de los últimos días.
Su vestido le llega por debajo de las rodillas, blanco de encaje.
Se ve preciosa.
—¿Cómo ha estado, capitán? —dice, y noto por fin que me quedé sin responderle.
Me aclaro la voz, fingiendo indiferencia, aunque la sonrisa me traiciona.
—Tan bien como me lo permite el oficio, majestad. ¿Usted se ha recuperado bien de su herida?
—No tenía idea de que a usted se le dieran bien los primeros auxilios.
En su voz hay un toque risueño y me río.
—Pensé que no lo notarías.
—Nadie más que usted sabría hacerlo tan mal —replica, riendo igual que yo ahora.
Después de tanto rato en silencio, escuchando la brisa mover los árboles ella por fin se aclara la voz.
—Me alegra saber que a alguien en el palacio le era preciso saber que sí seguiría con vida.
La sonrisa se borra de mis labios. No estaba pensando mientras la llevaba hacia el castillo, ni por un momento. Seguro se dio cuenta de todo, por cómo sonríe.
Esa sonrisa... Tenía días sin verla, es tan...
—Todavía es una persona atrevida, majestad —murmuro, tratando de sostenerle la mirada—. Nunca se molesta en ocultar lo que quiere.
—La verdad lo buscaba por una razón en específico, y espero me permita su atención.
—Siempre la posee, majestad...
Me quedo en blanco. Levanta el nudillo para acomodarse la peineta de plata que le recoge las ondas cafés, sólo para que yo centre la atención en una pieza que reluce en su dedo.
Su anillo. Es su anillo de compromiso.
No es una joya extravagante, tiene un solo diamante pequeño que lo hace parecer un anillo cualquiera.
Si ella fuera mi prometida, no le hubiera dado un anillo como ese. A ella no le gustan los diamantes, prefiere los rubíes.
—Quería preguntarle sobre una prisionera —dice, sin prestar mucha atención al cambio de mi semblante—. ¿Sabe usted algo sobre Reverie Elsher? Es la joven con la que llegué al palacio la primera vez.
—Elsher —repito, pero la verdad no sé nada al respecto—. No estoy seguro, pero creo que no he escuchado mucho sobre ella. El apellido lo debí leer el día de su registro, pero no sé si la condena se aplicó igual que la suya en su momento, majestad.