La monarca de Poregrath

25

Cassander

Hoy nos acercamos hacia la frontera a las afueras del reino, por primera vez desde que me mudé del este hasta Poregrath. Es una tontería, pero incluso cuando era parte del grupo comercial no pisaba la tierra de por aquí.

Voy cabalgando al frente después del rey, que va junto a su prometida. Rhea no ha hablado conmigo desde hace dos días e incluso uno de ellos desayunaba sola mientras no dejaba de leer libros, no me prestó atención mientras le di las novedades y por ello no encontré más motivo a quedarme al terminar.

No fue a mi encuentro junto al lago, tampoco. Desde ese día se ha estado portando distinto, pero realmente no tengo ocasión para mencionarlo.

Es una tontería, pero esperaba hablar con ella junto al lago sobre que no podíamos seguir el juego que ella pretendía cuando nos encontramos en el jardín.

Ahora pienso en que faltó a un encuentro que no era precisamente con esos fines.

Le agradezco, porque no tenía idea de cómo decirle que no era buena idea.

Su indiferencia es clara ahora, pero no es sólo conmigo. Parece decidida mientras cabalga, sin mirar a nadie en especial. Se ha puesto unos pantalones similares a los que se usaban para el uniforme del grupo de vigilancia en el campamento. Su blusa blanca me termina por decir que no ha sido intencional, porque el uniforme debía ser completamente negro.

Su cabello café se le revuelve por el viento mientras aumentamos la velocidad, acercándonos cada vez más al próximo plan de la corona.

Llegamos y el rey no tarda en dar discurso sobre los posibles cambios en ello y en las revisiones que están a punto de ser cesadas en el terreno cerca del palacio.

Una vez pasamos por ahí cuando comerciábamos, cuando Rhea recién se unía a nosotros en el campamento.

Recuerdo que en esa época podía hablar con ella siempre que quisiera y ahora me arrepiento un poco de no haberlo hecho entonces tanto como deseaba.

Porque pensé que habría más tiempo para nosotros después.

Otros miembros de la Guardia Real van a mi espalda, pero nos quedamos todos escuchando la estrategia que propone el rey.

Sólo cuando es turno de Rhea el rey parece inspeccionar la frontera, como si no le interesara mucho escuchar a su futura esposa.

Es un error, porque se expresa incluso con más claridad que él.

Debe saberlo y por eso le da envidia.

Con esa idea la observo terminar sus planes con mapas de por medio, que saca de la montura de su caballo, mostrándoles a los soldados y a mí cómo piensa que sería prudente dividir las horas de vigilancia.

Su plan tiene coherencia, dirección y visión. Perfecto y sin cabos para atar.

Algunos soldados le hacen preguntas, pero ella las responde sin problema.

Y me hace prestarle una atención tremendamente injusta cuando se pone a divagar sobre costos de armamento. Esta mujer me fascina y dudo que en algún momento eso cambiara.

Hay comentarios despectivos a su plan, pero ahora no parece importarle mucho.

El príncipe Hael se adelanta hacia nosotros, dijo que nos alcanzaría luego de unas lecciones de baile con Asterin. Al parecer quieren estar listos para cuando sea la boda real o algo así.

—No creo que debamos tomar riesgos por aquí —murmura el príncipe, llamando la atención de todos sin bajarse del caballo. Sonríe, divertido—. No es del todo la mejor la idea quedarse cerca de las caravanas, y creo que será mejor poner en marcha el plan de vigilancia el mismo día, sin pruebas que den tiempo a inconformidades.

No comprendo bastante, pero de algún modo hace sentido.

El rey asiente, y pronto Rhea también, aunque no parece convencida.

Volvemos hacia las tierras del castillo, y pronto llevamos los caballos a su sitio para continuar las tareas del día. O eso pensaba.

—Hay un par de inconvenientes, alteza —escucho una voz a mi espalda que me hace volverme.

Aldren es el mismo hombre del que defendí a Rhea la primera vez que la vi en el castillo luego de que saliera de la celda. Quizá ella no lo recuerde igual, porque ese día le pedí a ella que no se metiera con los soldados.

Ahora mismo él le habla a Rhea, y aunque se nota a millas que las intenciones no son buenas, Declan se limita a dejar su caballo en el establo para luego comenzar su camino hacia el castillo por el empedrado.

—Te escucho —murmura Rhea, sin bajarse del caballo todavía. Justo mientras pensaba eso baja de la montura casi de un salto, demostrando que su habilidad ha mejorado desde la última vez.

Los soldados se agrupan con discreción para escuchar, y yo no soy excepción. Finjo que llevaré dentro el caballo del que se ha bajado, mientras todavía presto algo de atención a lo que se dice fuera del sitio de madera.

—Su desempeño militar es impresionante —sigue Aldren, pero la risa se escucha en su voz—. ¿Está segura de que desea dejar en manos del rey un asunto tan delicado?

Se corrió el rumor de que Declan afirmó frente a todos que el plan había sido suyo y este hombre quiere molestar a Rhea.

Ella, en cambio, permanece en silencio. Apenas termino de encerrar al caballo salgo de nuevo al jardín, sólo para encontrármela cruzada de brazos, esperando a que el soldado termine.

—No debería —añade, sin dejar de observarla—. Usted sabe mucho sobre este reino.

—Son asuntos que conciernen al rey y a mí —replica ella, causando murmullos de sorpresa fingida entre los soldados. Sin embargo, se vuelve hacia ellos—. ¿Ustedes ya terminaron su trabajo, inútiles? Porque eso se me hicieron durante el viaje, unos inútiles. Sus formaciones fueron trazadas y ustedes no dejaban de romperlas, incompetentes.

Su tono es frío, su mirada, calculada.

Los soldados fingen no mirar, pero ella continúa.

—Usted no tiene un solo derecho a meterse en lo que el rey decida o no hacer —murmura, mirando a Aldren con irritación—. Un mediocre soldado no puede meterse en los asuntos de la corona, entiéndalo bien.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.