La monarca de Poregrath

26

Rhea

La música de los violines llega hasta mí conforme el rey y yo nos movemos al ritmo lento del vals. Esa canción está grabada a fuego en mi mente ahora, ya no la soporto.

Hemos repetido la pieza al menos diez veces porque a su madre no le gusta cómo le sigo el paso a su hijo.

¿Cómo voy a saber cómo se hace esto sin equivocarme? Nunca había bailado vals hasta hace poco. Tengo lecciones de todo menos de lo que de verdad necesito.

El salón de mármol en el que se celebró la fiesta de coronación está vacío, sólo con la chica que toca el violín con decisión y la anterior reina supervisando nuestros pasos.

Detesto todo.

Me puse un vestido por debajo de las rodillas a propósito, porque ya sabía que esto sería tardado y tendría que estar cómoda.

Sólo no imaginé cuánto.

El rey me mira todo el tiempo, sonriendo algunas veces cuando casi se me va el paso que me indica. Él es perfecto en esto, a mí ya se me olvidaron las lecciones que tomé para la coronación. Me da la impresión de que este vals es más complicado, porque en algunos momentos se separa de mí y giramos en torno al otro manteniendo la mano apoyada en el aire a la altura de la cintura.

Quizá sea algo tradicional o algo así, pero definitivamente me estoy ganando las risas de Asterin y Hael, que bailan sin problemas lejos de nosotros ahora que llegan.

—Levanta la mirada —me corrige la madre del rey y la escucho.

Esto no se me dará jamás.

—Esas botas, ¿por qué botas? Te dije que bailarías, no irás a ninguna frontera.

Parece que todavía no me perdonan por eso, aunque no me sorprende. El rey me hace girar y pronto me adecúo de nuevo al ritmo y coloco una mano en su hombro para con la otra sostenerle la mano.

La música no para, yo sólo quiero que termine.

Por fin se escucha la nota final cuando hago una reverencia frente al rey y él hace lo mismo conmigo. Se terminó esta tortura.

—Te veré en el estudio en un par de horas, ¿de acuerdo? —Declan se despide de mí dejando un beso corto en mi mano, que me sorprende más de lo que debería tomando en cuenta que es mi prometido.

Al fin siento las consecuencias con plenitud.

Me despido de él y pronto los músicos se retiran, dejándome con mi futura familia política.

—El día de la boda nadie estará para corregirte —la madre del rey se acerca a mí, como siempre mirándome como si fuera una amenaza—. Deberías aprender lo que de verdad importa y no malgastar el tiempo, para eso está el rey.

Estoy a punto de responder cuando Asterin se adelanta del brazo de Hael.

—Yo te corregiré, no te preocupes —me suelta la princesa, con una sonrisa venenosa—. Dudo que en el bosque te enseñaran a bailar, tu gracia no existe.

Miro hacia la ventana, hoy no tengo ganas de discutir con ellos. El entrenamiento de los soldados está llevándose a cabo, y veo el turno de Dewell de pelear contra otro chico, Viverette mirando con otras chicas de la lavandería el espectáculo.

Sonrío cuando Dewell comienza a maldecir cuando Viv lo ve perder el duelo.

—¿Me escuchas, niña? —la ex reina llama mi atención y definitivamente me perdí de algo importante—. ¿Dónde está tu anillo?

El anillo. Debí quitármelo para ducharme anoche, olvidé ponérmelo.

Estoy a punto de hablar cuando me interrumpe.

—Si mi hijo viera lo poco que valoras su aprecio, ya te habría... Es una lástima que no fuera así.

Más risas de Asterin y más ganas de lanzar puñetazos. Creo que ayer desquité mi enojo con la persona equivocada.

—Deberías dejarle margen, Asterin —el príncipe Hael interviene por primera vez, incómodo—. Es nuevo para ella.

—También para mí que te pongas de su parte —replica esta, enojada—. ¿No viste cuántas veces fueron necesarias para que lo hiciera bien?

—Pero lo hizo —me sorprende que siga—. Concédele eso, amor.

Asterin cambia el tema por el clima, pero yo sólo me centro en el príncipe, que trata de mirarme con complicidad. No se lo concedo, porque no sé de qué se trata. Trilaah llegó muy tarde anoche y me dijo que el príncipe había preguntado por mí cuando se cruzó con ella.

—Salgamos a tomar el té —murmura la madre de la princesa, altiva—. No puedo respirar aquí con tanta incompetencia.

Agradezco que se vayan, porque de verdad no quiero acompañarlos.

Cierran las puertas del salón, dejándome sola.

Sólo hasta que pasan unos segundos comienzo a pensar en la melodía de los violines, tratando de llevar el paso yo sola.

Me muevo como si todavía estuviera con el rey, siguiendo el patrón de pasos que me enseñaron. Una, dos, quince veces. Así la próxima vez nadie me reclamará nada.

Termino por aburrirme cuando me descubro tarareando la canción, humillada. Los gritos del jardín de entrenamiento llaman mi atención de nuevo, y esta vez alcanzo a ver qué pasa.

Viverette empuña una espada mientras se enfrente a Dewell, causando las risas de todos cuando este tira la espada a un lado para levantar a mi amiga sobre su hombro y dar vueltas con ella.

Me rio un poco, parecen divertirse de verdad.

Pronto Viverette me nota y le pide al chico que la baje, comenzando a saludarme como una loca. Él también lo hace, y les devuelvo el gesto.

Veo que el capitán se encuentra bajando unas cajas de armamento, dejándolas a los pies de los soldados cerca de la mesa. No puede hacer eso, al menos durante un tiempo, ayer le sangraba la nariz.

Viv sigue mi mirada por accidente y... lo llama. Claro. Por supuesto.

Cassander me mira desde donde está, y pronto aparta la vista con resignación. Desearía que al menos me hubiera mirado con menos sentido de traición, pero no quiero ni verlo a la vez. Me alejo de la ventana para salir al pasillo, que recorro mientras trato de hallar algún sentido a otros asuntos.

Apenas me acerco al corredor que lleva a las escaleras de mi alcoba, las dudas crecen todavía más.

—¿Por qué Hael me ayudaría? —pregunto a Trilaah una vez que entro en la enfermería, que parece tranquila. O eso pensaba, hasta que veo un par de pañuelos doblados sin usar... sobre la cama. Los dejé ahí ayer.




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