Cassander
La junta está por comenzar, pero no puedo dejar de pensar en lo que se tratará.
He descubierto un par de cosas que podrían interesar al rey, pero no quiero comentarlas frente al príncipe. Es como si se interesara en asuntos selectos y eso me inquieta.
Estoy apoyado cerca de la repisa de la chimenea, mientras el consejo no deja de hablar. Están preocupados por el rey, cosa que no se comenta cuando él está presente. Parece que Declan no para de cometer errores, pero nadie se lo cuenta.
Me quedo escuchando el crepitar de las llamas, todavía no muy seguro de si debería mencionar mi cometido.
—Hagan una reverencia ante el rey Declan Trelbeth y su prometida, la señorita Rhea Winkler.
¿Winkler? ¿Ese es su apellido? Es patético.
No sé cómo no lo sabía, así que aguanto la carcajada. Las puertas se abren y ambos entran. Rhea parece preocupada, y no quiero ni imaginar de qué se hablará en esta reunión. Declan está indiferente, pero eso no es muy nuevo.
Se dirige a su escritorio, y Rhea comienza a hablar una vez el rey se sienta.
—Antes de comenzar, caballeros —empieza con calma—. Me gustaría compartir un suceso con ustedes.
Se toma su tiempo, nos deja expectantes. Debo interpretar después esa mirada fugaz que me dedica, porque no la entiendo.
—Hemos detenido a un grupo comercial en la frontera —murmura, y Declan parece atento a lo que dice a pesar de saberlo ya—. Que comerciaba joyas falsas.
Me quedo observándola y pronto continúa.
—El Grupo Escarlata tiene una trayectoria excelente —Rhea se ajusta los guantes de encaje blanco con calma y suspira—. Lástima que sean unos farsantes.
No puedo creerlo. ¿De verdad tuvo que hacer esto?
Estuve a punto de intervenir cuando noté que Declan me observaba. Está esperando lo siguiente que diga.
Los tratos que tiene mi padre en otras ciudades, las deudas que tenemos con otros grupos... ¿Qué ha hecho Rhea?
—Se confiscó unas cajas de joyas falsas, y una será examinada —la prometida del rey parece inmutable mientras habla, y termina con una sonrisa de suficiencia—. Espero proceda pronto, y se analice.
El consejo asiente y murmura sobre los infames del Grupo Escarlata.
No puedo respirar. ¿Qué joyas? ¿Eran rubíes? No pueden serlo, en eso se invirtió lo último que me pagaron aquí.
—Por cosas como estas deberíamos redoblar la vigilancia —murmura el rey, por fin hablando—. Rhea, hiciste un trabajo excelente.
—Gracias, majestad —responde ella y pronto se tocan los asuntos de la frontera, que parece encantada de tocar.
No puede hacerme esto.
Por eso cuando termina la reunión la alcanzo pasillos arriba, donde suele no haber tantos guardias.
—¿A qué estás jugando? —pregunto, pero por eso no deja de caminar.
Rhea apenas me mira, parece irritada con mi presencia.
—¿Por qué tuviste que hacer esto? ¿Por qué? ¿No te contó Viverette por lo que estamos pasando?
No me responde. Pierdo la paciencia.
—Rhea, deja de jugar.
—Capitán, ¿puedo pedirle un favor? No vuelva a dirigirme la palabra y mucho menos para discutir asuntos de su vida personal.
—¿Por qué hiciste eso? —replico, tomándola del brazo sin poder evitarlo. Estoy desesperado—. ¿No lo entiendes? Podrías destruir al grupo, esa venta era importante.
Se ríe.
—Es un alivio no ser parte de ese campamento, entonces.
Lo dice con saña. Lo dice porque hace mucho tiempo se lo dije de la misma manera.
—No puedes hacerlo —repito como un loco—. Por favor, diles que se detengan con esto, sabes que no vendemos imitaciones, tú...
—Son asuntos de la corona y todavía no llevo una sobre la cabeza —dice, pero hay un dejo de culpa en su voz. Sé que puedo arreglar esto, no le soy del todo indiferente.
—Rhea, por favor. Koren tiene demasiados asuntos, además de los que ya teníamos en el este, y...
—Y será mejor que los resuelva. No me moleste con asuntos de un pueblo que todavía no gobierno.
—¿Estás haciendo esto por nosotros? ¿Es para que te odie? Ya te detesto ahora, déjalos en paz.
—¿Quién dice que yo estoy moviendo esto? —replica, girándose para mirarme por fin—. ¿Por qué la culpa es mía, capitán?
—Te detesto. Te desprecio porque quieres ser igual que ellos, y tú no eres así.
—Pues será mejor que dejes de despreciarme porque entonces revelaré que tienes relaciones comerciales con ellos, ese mismo grupo al que se le quitará la licencia comercial.
—Déjalos en paz, Rhea. No tienen la culpa de lo que nos pasó, tienes que verlo.
—No se trata de nosotros, yo tengo cuentas pendientes. No te metas en esto.
—Te lo voy a suplicar si quieres, pero deja que las cosas sigan como antes, porque lo inventaste —mi voz tiembla por la desesperación, e incluso mi agarre en su brazo se ha vuelto débil—. ¿Por qué decidiste hacerlo?
—No quiero hacer esto para lastimarte, así que déjalo estar —suelta, sus ojos son la frustración misma—. No estés cerca del fuego cuando lo desate porque te aseguro que eres el último al que quiero hacer daño.
—Por eso esta mañana no los acompañé, porque harías esto. Lo pediste tú, ¿no es así?
—¡Sí! Lo hice yo. Voy a hundir al grupo, ¿estás contento? Eso quiero hacer, ya te lo dije.
—Pero tú no eres así...
—Tu padre se merece lo que se le va a ir entre los dedos, cada una de las cifras que va a pagar. Si no es que una estancia en la cárcel, por ser un asqueroso estafador.
—¿Por qué dices esas cosas?
—Porque lastimó a todas las personas que una vez quise, tú entre ellas. Quítate de mi camino de ahora en más, o consideraré añadirte por cómplice, espero comprendas.
Se aparta con brusquedad, avanzando por el pasillo.
—Si haces esto, Rhea... —empiezo, sin pensar—. Si haces esto, te vas a tener que olvidar de mí.
—No. No funciona así —replica, su voz es melosa—. Tú te vas a olvidar de ellos o te olvidarás de mí. Elige, te estoy dando la oportunidad ahora.