La monarca de Poregrath

28

Rhea

La luz del sol me da en la cara cuando me despierto y decido tardarme más de lo normal cuando me levanto. Si no tuviera hambre, de verdad no iría al comedor.

No quiero encontrarme a ese montón de idiotas.

Le digo a Nadira y Eva que se retiren cuando piden pasar para ayudarme a elegir el vestido de hoy, porque no tengo intención de usar ninguno tan llamativo como los que ellas eligen.

Me decido por uno de seda color menta que es sencillo antes de terminar de arreglarme.

Cuando salgo de la habitación hacia el comedor, me encuentro con la última persona que esperaba al final del corredor antes de las escaleras.

—¿Qué pasa? —murmuro, mirando a Hael mientras me observa.

Parece divertido, pero no dice nada.

—¿Por qué estás aquí? —repito, bajando la voz.

—¿Tienes urgencia de llegar al comedor esta mañana?

—Yo no, pero el té que tomé anoche como única cena, probablemente.

—No creo que no pueda esperar, tengo algo que decirte.

—Dilo mientras caminamos, entonces —replico, empezando a bajar los escalones de piedra.

—¿Qué hay entre el capitán y tú?

Me detengo, incapaz de hacer otra cosa. Su voz es curiosa, y no lo comprendo.

¿Lo dice porque piensa en contárselo a la corte? ¿A su hermana?

No entiendo por qué me hace esto, antes de delatar a nadie no se tiene que avisar.

Poco después rio cuando decido ignorarlo. Mentir es de mis mejores cartas en este palacio.

—¿El capitán? ¿Qué dices?

—Sí, ¿qué hay entre ustedes? —repite, y cuando me vuelvo a mirarlo lo encuentro apoyado en la pared del lado de mi habitación.

No respondo, porque no sé qué hacer.

—Si seremos aliados, al menos esperaría que no tengamos secretos entre nosotros —añade, esperando mi respuesta.

—¿Aliados? ¿Cuándo accedí?

—Me pediste ayuda y te la di. ¿Eso no nos convierte en aliados? —suelto el aire con discreción cuando creo que por fin ha dejado el tema, pero pronto sonríe—. ¿Qué hay entre ustedes?

—No sé de qué estás hablando —repito con la misma sonrisa que me ofrece.

—Te daré una pista. Vals, y... algo sobre irte de aquí.

Se me cae el alma a los pies. Lo sabe. No puede ser.

—No lo digas tan fuerte, estamos cerca de la habitación de Declan —murmuro, instándolo a bajar hasta el escalón en el que estoy.

—Entonces es cierto. ¿Estás engañando al rey?

—Declan no tiene nada conmigo —replico, harta de ese dilema moral—. El capitán tampoco.

Se pasa una mano por el cabello negro, bastante divertido. Yo también lo estaría.

—Eres la prometida del rey, ¿cómo no hay nada?

—Digo, sí lo tiene. Pero con el capitán no hay nada.

—Puedes dejar de mentir, no pienso contárselo a nadie.

—¿Por qué me ayudarías? —suelto, incapaz de quedarme esa pregunta de días.

—Porque el capitán es especial para mi esposa —responde con cansancio y por primera vez tiene mi atención al completo—. Es algo que todos piensan que ignoro, pero ahora por fin veo la razón por la que ella todavía me tiene lealtad, porque él la ha rechazado muchas veces.

—¿A qué te refieres?

—Asterin le ha propuesto verse un par de veces cuando salí de las reuniones, pero nunca le ha dicho que sí. Te lo debo, es porque él te quiere a ti.

—Él no me quiere. Yo tampoco a él, así que no lo menciones.

Asiente, para nada convencido. Avanzamos con cuidado, y no me agrada mucho la idea de hablar sobre esto en los pasillos.

—Como sea, sólo por eso no soy la burla del castillo todavía —murmura, irritado—. No es un secreto que Asterin no siente nada por mí, pero cree que yo no lo noto.

No quiero contarle lo que tengo en la punta de la lengua. Si le cuento que antes Cassander estuvo con ella hace tiempo me voy a hacer pedazos.

—Si no quieres hablar sobre el capitán —empieza en voz baja—, está bien. Sólo espero que no estropee tus brillantes planes de mejora, es todo.

—Es el menor de los problemas, así que no te preocupes.

—Acabas de responder la pregunta que te hice al inicio —dice, y una sonrisa le asoma a los labios. Tiene la altivez de un príncipe, pero no parece presumido a la vez.

No parece ir en broma, y no es como si tuviera muchas más opciones aparte de confiar en él.

—No lo creo, pero dejaré que lo pienses.

...

Las clases de etiqueta terminan a punto de caer la tarde, y pronto salgo al jardín para encontrarme con Declan, quien a menudo reemplaza a mi tutor de equitación a propósito.

Es su manera de estar juntos, y no me quejo, porque es el menor tiempo posible.

Las cosas entre nosotros ya no son tan tensas, pero lo que ocurrió ayer las empeoró un poco más.

Me corrige una que otra vez la postura y la forma de tomar las riendas, pero dentro de poco estamos cabalgando como siempre. Así pasamos al menos una hora, porque noto el cansancio en las manos de tanto apretar el cuero.

—¿Crees que podamos ir cerca del lago? —pregunto, tratando de hacer esto algo menos incómodo—. Hace días que quiero ir, me lo han mencionado varias veces.

—Lo que quieras —murmura con una media sonrisa antes de que ambos cabalguemos rumbo al bosque algo fuera de las tierras del castillo.

Suspiro cuando los árboles nos cubren, recordándome mi vida anterior. Me fascina estar aquí, es impresionante lo tranquilizante que resulta.

Avanzo hasta llegar al lago cristalino, y cuando estoy cerca no puedo evitar asombrarme.

Parece un auténtico cristal, sus aguas son preciosas.

Me bajo de la montura para acercarme a la orilla y pronto el rey hace lo mismo. Me vuelvo hacia él e intercambiamos una sonrisa.

Se me ocurre algo, pero dudo poder hacerlo hoy... o en un futuro cercano.

O eso creía hasta que el rey se deshace del chaleco gris que llevaba sobre la camisa blanca junto con las botas de cuero y se adentra en el agua como si fuera algo de todos los días. Me quedo mirándolo, incrédula.




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