Rhea
Declan desenfunda su espada, que hasta ahora se encontraba atada a la montura de cuero de su caballo.
No me quito la flecha, apenas está incrustada en mi brazo, prefiero correr antes que pararme a ver los daños.
Hay personas ocultas en el bosque, las escucho, pero no puedo verlas y quizá el culpable sea el dolor. Pronto escucho los susurros del rey que me dicen que vaya por ayuda, y es justo lo que hago.
Lentamente, logro alcanzar mi caballo e indefensa por falta de armas sin contar la que me causa un sangrado por la piel, agito las riendas y otras flechas pasan silbando junto a mí.
Suelto las riendas por unos segundos para romper un buen pedazo de tela de mi blusa. Contengo la respiración cuando aparto de un jalón la madera de la flecha de mi piel. El dolor casi me ciega, pero antes de tener tiempo comienzo a atar alrededor del sitio la tela con una precisión espeluznante.
Tengo que llegar al castillo, tengo que llegar.
Agito el cuero de las riendas con fuerza, aunque eso me provoque un latigazo de dolor en el brazo izquierdo.
Declan morirá. No puedo permitirlo, no puede morir.
Se escucha el tronar de espadas incluso al encontrarme lejos y no es difícil adivinar lo que sucede.
Mi respiración podría dejarme inconsciente por lo desbocada que va, y sólo se calma cuando me encuentro cerca de la línea de vigilancia de los terrenos del castillo.
—Rhea... —murmura Dewell, incrédulo, el único que se queda al verme llegar. El resto corre de vuelta al jardín de entrenamiento, probablemente escucharon lo mismo que yo.
—Tienen que ayudarlo —suelto, temblando—. El rey está solo, pueden ser varias personas.
—Doble línea de vigilancia a las entradas del castillo, otra línea para entrar en el bosque y cinco personas hacia los alrededores, quien llegue primero al rey tiene la responsabilidad de mantenerlo a salvo —la voz de Cassander me llega desde el jardín, grita las instrucciones a los soldados. Pronto un par de jinetes pasan cabalgando a toda velocidad junto a mí y el capitán logra colocarse a mi lado en su propio caballo negro.
El capitán me pasa un carcaj que recibo en el aire después del arco de madera, de los pies a la cabeza el soldado que conozco.
—Quédate cerca por si necesitamos otra línea, los enviarás entonces —dice por encima del hombro, pero da una repasada rápida a mi herida.
—Tengo que ir de regreso —replico, y él pierde la paciencia.
—Rhea, no tengo tiempo. Regresa al castillo y mantente...
No termino de escucharlo. Agito las riendas para comenzar el viaje de vuelta al lado.
—¡Rhea, tienes que regresar! —grita, colocándose pronto en mi campo de visión.
—¡Yo provoqué esto, me toca arreglarlo! —suelto también, y eso le cambia la expresión.
Lo presiente. Sabe qué hice.
No me lastima lo que pienso hacer. Me lastima pensar que voy a dañarlo a él.
Me alejo de él evadiéndolo entre los arbustos, tal y como lo hice el día en que nos conocimos.
No sé en dónde está una vez que nos acercamos a la batalla, ya está todo bastante oscuro además de que sería imposible escuchar la voz de nadie entre tanto tronar de espadas.
Busco a alguien en particular. Sería un cobarde si envió a otros para librar sus problemas.
No me decepciona.
De hecho, parece haberme estado buscando.
Qué imbécil si creyó que iba a matarme sin que yo le clavara una espada primero.
Koren no está sobre un caballo, el líder del Grupo Escarlata mira en todas direcciones justo después de enterrarle un puñal a uno de los miembros de la Guardia Real.
—No me decepcionaste —me hago oír, sobre los gritos de los soldados. Estamos relativamente lejos de ellos—. Después de todo sabes dar la cara después de asesinar a alguien. O más bien, a dos personas.
Su risa me causa repulsión. Este hombre es despreciable. Su uniforme es igual a los que usan los miembros del grupo de vigilancia, igual que esos días en los que lo creí inocente. Estaba equivocada.
Apenas puedo ver bien su silueta gracias a la oscuridad de la noche y la oscuridad que me provoca el dolor latente, pero me mantengo con la cabeza en alto.
Quiero destruirlo.
—Tú tampoco decepcionaste a nadie —suelta, desenfundando una espada—. Te convertiste en reina, ¿eh? Qué mujer más peculiar.
—Mataste a Darcie. ¡Tú la mataste!
—El que tú dañes a la persona que amas no hace a los otros tus iguales, asquerosa traidora. ¿Cuánto tiempo vas a seguir jugando a tener la corona, niña? Trataste de ensartarme deudas, me quitaste la licencia. Pero lo pienso arreglar, no te preocupes. Mi grupo no caerá, ¿me escuchaste? ¡Menos por alguien como tú!
—Engañaste a todos en el grupo. Hiciste parecer que incendié la tienda para deshacerme de ti —mi voz tiembla por la rabia al recordar por qué hice eso en primer lugar—. ¡Tú querías terminar conmigo!
—Alguien tenía que hacer compañía a Lyrielle.
Mi respiración falla. Lo sabía. Lo sabía.
—Eres un maldito.
Todavía sobre el caballo, coloco una flecha en el arco de madera, aunque me destruya el intento de parecer firme.
—No me harás daño, Rhea —murmura, y es con mucho esfuerzo que lo escucho, los gritos son ensordecedores—. No podrías dañar al padre del hombre al que más amas, destrozarías a Cassander.
—Él no sabe lo que has hecho —replico, y las lágrimas de furia me caen por las mejillas sin control—. Se lo diré, no tienes que preocuparte.
—Él tiene muchos motivos para odiarme, pero jamás lo hará. Y te apuesto que, si le cuentas un poco más sobre la muerte de Lorine, ni siquiera entonces me tendrá rencor. Es perfecto para conseguir lo que quiero en este reino estúpido, lleno de preferencias.
El Grupo Mercantil. Él tiene contactos con el Grupo Mercantil.
Ellos buscaban a Declan, por eso el día del ataque en el campamento Cass estaba desesperado por comprobar que estuviera a salvo.